El recuerdo de aquel 7-0 de la Selección a Hong Kong en 2014, pareció reeditarse en el 6-0 frente a Singapur. La pregunta que se formuló antes vuelve a formularse ahora: ¿para qué le sirven a Argentina estos simulacros de partidos? La respuesta es simple: no le sirven para nada. Aunque quizás se sobreactué alguna conclusión que no puede ser seria teniendo en cuenta el nivel primitivo del rival.

El martes 14 de octubre de 2014, Argentina visitaba Hong Kong y derrotaba a su selección por 7-0, lo que exime de cualquier comentario y análisis sobre lo que fue el desarrollo del encuentro. Era el tercer partido como técnico de Argentina de Gerardo Martino. En los dos anteriores había vencido 4-2 a Alemania y caído 2-0 ante Brasil. ¿De qué le sirvió al Tata Martino la goleada 7-0 frente a Hong Kong? La respuesta es obvia: de nada. Salvo para compartir un par de días con los jugadores, entre los que se encontraba Messi, quien jugó la última media hora y convirtió 2 goles.

Casi tres años después, Argentina (en el segundo partido de Jorge Sampaoli como entrenador de la Selección, después del 1-0 a Brasil) visitó a Singapur el martes 13 de junio de 2017 y ganó 6-0. La pregunta es la misma que formulamos en el párrafo anterior: ¿de qué le servirá a Sampaoli este compromiso? La respuesta es obvia: de nada. Salvo para compartir un par de días con los jugadores, en esta oportunidad sin la presencia de Messi, desafectado del plantel junto a Higuaín y Otamendi luego de la victoria sobre Brasil.

¿Qué observaciones valiosas pudieron obtener antes Martino y ahora Sampaoli sobre la producción de los jugadores ante adversarios que parecieron ser invitados a participar de un entrenamiento fuera de cualquier registro profesional? Ninguna conclusión seria. Porque estos partiditos sin exigencias mínimas no son serios. Y no le sirven a la Selección, por más que una goleada se inscriba en las estadísticas. Y que las goleadas fortalezcan la autoestima.

Se comentaba antes del cruce ante Singapur que Sampaoli iba a probar con solo dos defensores: Mammana y Fazio y que el resto serían volantes de ataque (menos Biglia) y delanteros. Se repetía con un tono impostado que era una auténtica curiosidad táctica y que el ensayo podía ser útil para el futuro. Nada más alejado de la realidad. La Selección podría haber jugado sin arquero y sin ningún defensor, que no habría cambiado nada. O casi nada.

La Selección podría haber jugado sin arquero y sin ningún defensor, que no habría cambiado nada. O casi nada.

Singapur miró el partido. Y lo miró tanto que Argentina se aburrió de manejar y controlar la pelota durante los 90 minutos sin ninguna oposición. Analizar algo en particular frente a este bochorno organizado del que ni Sampaoli ni los jugadores tienen responsabilidad, sería una teatralización innecesaria. La única expectativa (absolutamente menor) pasó por ver cuántos goles iba a convertir la Selección. Hizo 6, pudieron ser 8, 10, 12 o 14. Las cifras, en estas circunstancias, no expresan nada. Y el 6-0 de la chapa final no expresó nada. Salvo que se quieran vender espejitos de colores. No es el caso.

Singapur miró el partido. Y lo miró tanto que Argentina se aburrió de manejar y controlar la pelota durante los 90 minutos sin ninguna oposición.

“El rival nos sirve para instalar una idea. Porque más allá de los adversarios, tenemos que apuntalar la idea”, declaró Sampaoli en las horas previas al encuentro. Habría que señalar que si los adversarios tienen la densidad inexistente de Singapur, “la idea” de ninguna manera puede calibrarse. Y no tiene sentido radiografiar algo en especial. Aunque quizás Sampaoli desde su rigor y su mirada lo haga en privado o en público. No importa.

Quedará apenas como una anécdota irrelevante la visita de la Selección a Singapur. Como fue aquella de 2014 a Hong Kong. Simples experiencias de viajes para contarlas entre familiares y amigos. De competencia, nada. Aunque en el plano formal se exprese que hubo un partido. Cuando cualquiera que lo vio sabe que fue un simulacro.

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