Aquel domingo 30 de octubre de 1960, un pibe bautizado Pelusa, salió a una cancha imaginaria para recorrer el mundo. Y lo recorrió atrapando la perfección del fútbol y las imperfecciones de la vida que siempre todos tenemos presentes. Ese hombre cumple 54 años. Y la memoria colectiva no lo abandona. Porque su magia aún perdura.
   Nunca se reconciliaron Diego Maradona y Daniel Passarella. Existieron personajes más o menos influyentes que pretendieron acercarlos para compartir un café, pero nunca prosperaron. Ese viejo distanciamiento que ya atraviesa casi tres décadas, sin embargo no le quitó perspectiva ni análisis a Passarella. Hace un par de años, no demasiados, el capitán de la Selección en el Mundial 78, no tiró la pelota afuera cuando le preguntamos por Diego: "Nunca más va a aparecer alguien que juegue al fútbol como Maradona. Nunca más. Yo vi todo lo que él hizo en Italia. No me la contaron. Lo ví. Fue impresionante. Por eso siempre que se me presenta la oportunidad repito que Diego en fútbol fue inalcanzable".

   Esas palabras de un enemigo declarado de Maradona (los egos y disputas por el poder dentro y fuera de una cancha quebraron una relación que había nacido desde la admiración mutua) quizás sirvan como un presente desinteresado para el hombre que este 30 de octubre cumple 54 años.

   Desde los lugares comunes que nunca están ausentes podría ratificarse que ese jugador
"inalcanzable" que fue y es Maradona, arribó a las cumbres porque vulneró largamente la medida del fútbol convencional. Del fútbol que juegan casi todos en todos los escenarios. Pero la realidad es que Diego trascendió los límites del fútbol y fue un antihéroe consagrado desde el mismo momento en que debutó en Primera con la camiseta de Argentinos Juniors el 20 de octubre de 1976, frente a Talleres de Córdoba.

   La historia oficial dirá que aquel amanecer del domingo 30 de octubre de 1960, la enfermera del hospital Eva Perón de Lanús, le dijo a Dalma Salvadora Franco con la calidez y contención que requieren estos momentos: "Señora, quédese tranquila. Va a tener una nena, seguro. Esta madrugada ya atendimos once partos y todas fueron nenas".

   El anticipo de la enfermera había fallado. Pasados 5 minutos de las 7 de la mañana, nacía Diego Armando Maradona, bautizado al instante por doña Tota como Pelusa. Once nenas en hilera y un varón para romper la hegemonía de las chancletas. Pelusa ya daba su primera señal políticamente incorrecta: desmentía un presagio.

   Ahora, con 54 años sobre sus espaldas, queda claro que no iba a ser la única fuga misteriosa que le iba a proponer a las leyes no escritas de la lógica. El nunca fue lógico. Al igual que todos los genios, fue la más pura expresión de la ilógica. Así se fue construyendo desde pibe en el suburbio de Villa Fiorito, con su viejo Chitoro como sostén de una familia muy numerosa y muy humilde.

   Si Pelé siempre fue un hombre complaciente con los poderes, Maradona representó la contratara del profesional sumiso, obsecuente y funcional a los eslabones del establishment. Si jugó más y mejor que el Negro Pelé o si Pelé lo superó en el área del jugador total, es una cuestión extra que hoy no define nada. Maradona sintetizó algo  que Pelé no logró atrapar nunca: la dimensión de la épica que acompañó a su talento. Porque desbordó perfección y épica el fútbol de Diego. Como si en la gran urgencia y en la adversidad extrema, ese hombre rehén de los excesos, superara los límites propios y los ajenos. Es cierto, no siempre lo logró. Los distintos capítulos de su vida privada y profesional lo demuestran. Pero en ese territorio de sumas y restas, Maradona fue invencible.

   Es muy probable que en más de una oportunidad sobreactuó con el propósito de erigirse en un rebelde del sistema, aunque sin el sistema su arte y su figura de alcance planetario no hubiera podido trascender en la dimensión que lo hizo. Ese estupendo paisajista de la vida que es Alejandro Dolina supo comentar: "Lo admirable y sorprendente de Diego es su sentido de la inoportunidad. Teniendo todo servido para ser oportunista y servil con los más poderosos, él, sin embargo, siempre fue por el otro lado. Privilegió lo inoportuno, aunque los costos hayan sido muy altos".

   Dolina tuvo la sensibilidad para reflejar en un puñado de palabras esa incorrección que históricamente distinguió a Maradona. Y que sigue expresando con sutilezas o desmesuras que la sociedad rechaza y a la vez imita con el descaro que siempre denuncia la hipocresía.

   Si a Diego se lo comió el personaje o si el personaje camina a la par de su naturaleza impetuosa, ardiente y vibrante, es una cuestión que debería tratarse en otros cenáculos más específicos. Acusarlo de contradictorio, de decir "una cosa y hacer otra", de entregarse a los bordes o de ubicarse a la izquierda o a la derecha del espacio político, no perfila ninguna característica esencial. En todo caso son las versiones de un Maradona abarcador de todas las fortalezas y todas las debilidades.

   En esa carrera vertiginosa que emprendió desde el día que nació, fue sin proponérselo ángel y demonio, santo y antihéroe, sueño y pesadilla, milagrero y estafador, artista supremo y fetiche sinuoso, gloria eterna y pelota manchada, objeto de culto y objeto de consumo...

   Lo innegable es que cuando tuvo que jugar adentro y afuera de la cancha, jugó siempre. Con aciertos y con errores. Sin reglas de cálculo. Sin asesores de imagen. Sin mensajes ambiguos. Sin caretas. No especuló. No fingió. Ganó y perdió, como todo el mundo. Y cuando cayó, volvió a levantarse una y otra vez con las contradicciones que nunca abandonó y que siempre reivindicó.

   Su legado permanece inmutable en todas las canchas del mundo. Es un legado intransferible. Diego lo sabe porque el secreto es de él. Para jugar así, tuvo que ser así. Volcánico, inclasificable, incorregible. Lejos de la medianía. De los tonos grises. Del diseño justo. Del equilibrio. Maradona nunca tuvo equilibrio. Ni le interesó tenerlo. Porque ese equilibrio que los medios siempre le reclamaron es la formalidad, la genuflexión, la obediencia, la claudicación, la mentira.

   El jugador inmenso que fue es el que siempre perdura. El que nunca se borró. El que vive en la memoria colectiva de los hinchas de todos los colores y todas las pasiones. El que este 30 de octubre cumple 54 años.