Nunca tanta expectativa. Y nunca tanta defraudación. Nunca tanto show en las vísperas y nunca tanto lobby y tantos lobbystas agitando las banderas de la manipulación desembozada. La final de la Copa Libertadores que tenían que protagonizar River y Boca como un hecho excepcional, quedó herida de muerte.
Suspensiones y más suspensiones. Por una razón o por otra. Un fiasco que dejó al desnudo una vez más el estado de descomposición que naturalizó el fútbol argentino. Porque los distintos episodios que envolvieron a Boca y River no son nuevos. Nada es nuevo. Todo es tan viejo como el viento.
¿Quién quedó a salvo? Cuando quedó programado que River y Boca tenían que jugar la final de la Copa después de sortear obstáculos por derecha y por zurda (no habría que olvidarse los arbitrajes que favorecieron a los dos clubes en las instancias previas a los partidos que tendrían que consagrar a un ganador), se elevaba en el ambiente del fútbol argentino una sensación inocultable: iban a ocurrir sucesos que extenderían sospechas en amplias direcciones.
Ese perfume a catástrofe anunciada se instaló con una prepotencia notable en el universo mediático. Aquel que perdiera la final sería atrapado por sus grandes debilidades. Y criticado a mansalva. En cambio, aquel que conquistara la Copa sería ubicado en el altar de las consagraciones eternas. Y los elogios lo protegerían como se protegen a las deidades.
Este escenario sobreactuado y maniqueísta del triunfo y la derrota actuando como dos viejos impostores, no le pasa por alto a nadie. Es la lógica de hierro de la sociedad de consumo, donde todo se compra y todo se vende. El fútbol, como fenómeno de masas, también revela ese perfil. La alienación que gana por goleada la batalla cultural.
Cómo retrataron los medios internacionales el papelón monumental
¿Qué habían dicho Mauricio Macri y Patricia Bullrich sobre la Seguridad?
Todo podía suceder. Faltaba que algo provocara el caos. Algo casual. O algo premeditado. River y Boca se la sirvieron en bandeja. Los dirigentes de ambos clubes, la AFA del inefable Chiqui Tapia, la Conmebol que va y viene sin convicción con sus fallos y medidas y las fuerzas de seguridad que no terminan de darle seguridad a nadie, fueron el combustible que avivó el fuego.
El saldo no debería causar sorpresa: la defraudación cometida no tiene demasiadas equivalencias. Si se logró armar algo fue una farsa. Se pretendía vender la final al mundo. Se vendieron los retazos de la final más degradada de la historia del fútbol sudamericano. Acusaciones cruzadas, sospechas pegando fuerte, jugadores victimizados, otros que quisieron victimizarse aún más, responsables de la seguridad que se lavaron las manos y búsquedas desesperadas de algunos protagonistas para sacar ventajas en medio del colapso, pidiendo en los medios con la autoridad que no tienen que le den los puntos a Fulano o Mengano.
Este circo sin atenuantes que somete al fútbol argentino no puede evadirse de la realidad en nombre de las claudicaciones reconocidas de la Conmebol. Daniel Angelici, Rodolfo D’Onofrio y sus pares no son ajenos a los estruendos de ayer y hoy. Forman parte de esos estruendos. Con mayor o menor influencia. Pero son partícipes necesarios de ese statu quo.
¿Quién ganó? ¿Quién perdió? Abarcar ese análisis parece una tarea ideal para los grandes reduccionistas de la historia. Se dinamitó algo esencial: la credibilidad organizada. Y quedó en pie la estafa que el sistema naturaliza.
comentar