El atentado que dejó una de las heridas más profundas en el país generó desconcierto y cientos de comentarios impulsado por la negligencia de políticos, medios y agencias del Estado

Las imágenes del espeluznante atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) del 18 de julio de 1994 quedaron en la memoria. La explosión causó 86 muertes, más de un centenar de heridos y una profunda herida en la sociedad. Por la magnitud del hecho se vivió un enorme desconcierto en la ciudadanía que cometió errores y generó mitos que, con el correr del tiempo, fueron desmentidos. Muchas de esas versiones crecieron por dichos irresponsables de las clases políticas.

La solidaridad contraproducente

El impacto de la tragedia despertó dolor, pero automáticamente una irrefrenable solidaridad. Con el afán de ayudar, vecinos y trabajadores que estaban cerca de la Asociación Mutual Israelita se acercaron a Pasteur al 600 para sacar escombros. Más allá de su buena voluntad, varias decenas de hombres y mujeres caminaron por arriba de los escombros generando presión a los atrapados tras la explosión. Apenas arribaron al lugar, las fuerzas de seguridad tuvieron que despejar por completo la zona, los rescatistas hacerles entender que esa no era la forma de ayudar y recién ahí pudieron comenzar las operaciones.

El inmenso operativo de rescate incluyó un grupo especial: los perros. Hubo canes argentinos y otros israelitas que estuvieron trabajando desde el primer momento en la zona. Uno de ellos fue Lupo, un pastor alemán nacido en Italia pero criado en el país. Justamente este fue el primer perro rescatista argentino. Durante las primeras horas, este can rescató a tres personas con vida y, luego, colaboró señalando donde estaban los cuerpos de las personas fallecidas. Por otro lado, también llegaron al país un gran danés y un rottweiler con la comisión israelita para la búsqueda de personas.

En medio de la tragedia y con la misma energía de solidaridad, se acercaron varios vecinos para entregar todo lo que tenían. Uno de ellos fue Esteban Malkotsoglou que le insistió una y otra vez a las fuerzas de seguridad para que usen a sus perros. Los diarios del momento ratificaban: "Vi por los televisión a los perros que usan y no sirven. Los míos son mejores". Eran dos dogos argentinos de caza. Sin embargo, en ese momento, el oficial a cargo rechazó el ofrecimiento.

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El mito de la radiactividad

El contexto histórico en el que se dio el atentado dio lugar para varias versiones falsas y mitos que se dispararon en los primeros días, pero que con el correr del tiempo fueron desmentidos. El desconcierto que vivió la sociedad a partir del hecho fue alimentado por la imprudencia con la que muchos organismos se manejaron y por los dichos de varios referentes.

Dos días después de la explosión, una versión publicada por Télam -la agencia de noticias del Estado- informaba que había radioactividad en los restos de los cuerpos hallados tras la explosión. La noticia ese día fue que la Brigada de Material Radioactivo de la Policía Federal se encontraba en el lugar y que la cantidad de material encontrado hacía pensar que el artefacto explosivo "no era convencional". A partir de esa versión, en la zona se generó temor debido a que la información provenía de la agencia estatal, pero no había voces oficiales.

El día siguiente, la Comisión Nacional de Energía Atómica sacó un fuerte comunicado en el que negaba esta versión. A raíz de eso, el 21 de julio de 1994, POPULAR publicó. "El organismo aseguró que las versiones periodísticas carecen de fundamento. Las mediciones de los niveles de radiación en la zona del atentado son normales, por lo que no se puede suponer que el atentado se haya efectuado con un explosivo nuclear".

La versión del taxista y la pista neonazi

Otra versión que se generó a partir de la explosión de la AMIA estuvo ligada a la declaración de un taxista. En diversos medios, circuló la declaración de Jorge –de quien no se conoció nunca el apellido-, un taxista que se presentó a declarar ante la justicia.

Este conductor sostenía que, el sábado previo, había transportado a una pareja de alemanes hacia la zona. Según los relatos de la época, el taxista indicó: "Al llegar a Pasteur y Tucumán me hacen doblar y me dicen que redujera sensiblemente la velocidad, en la puerta de la AMIA. Yo me paro porque entendí que allí se bajaban, pero me dicen que 'apago apago'".

Luego, Jorge, indicó: "los alemanes observaron toda la zona, la mujer miraba hacia el frente, el hombre miraba el edificio de la AMIA y al cruzar Viamonte me hacen detener. Ahí se baja la mujer, me hace seguir y la actitud del hombre era la de alguien que está buscando una dirección que no sabe donde es. Pasamos muy despacio por la puerta de AMIA, el hombre me tocaba el hombro y me decía 'despacio'. Ella miraba y señalaba los edificios".

Toda esta declaración publicada en diversos medios dio lugar a diferentes teorías. Una de ellas estuvo ligada, directamente, a los irresponsables señalamientos del gobierno de Carlos Menem cuando, tras el atentado a la embajada en 1992, culparon a "nazis y fundamentalistas" de ese hecho. Con ese recuerdo, sumado a la inverosímil historia del taxista y a la falta de negativa por parte de la embajada israelí en Argentina sobre esa explicación, llevó a que la versión de una ayuda "neonazi" crezca. Sin embargo, con el correr del tiempo y apoyado en una investigación seria, el mito desapareció.

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El pedido de la pena de muerte

Sin conocerse en qué iba a quedar el juicio y sin conocerse las razones de lo que había pasado, desde diversos sectores de la clase política comenzó a conocerse un pedido a raíz de la explosión. En una de las primeras apariciones tras el atentado, el presidente Menem comenzó a motorizar la necesidad de la pena de muerte.

En conferencia de prensa aseguró: "Los autores de estos hechos son bestias que no merecen vivir en nuestra comunidad" y a raíz del atentado aprovechó para intentar relanzar un proyecto que había presentado en 1990 sobre la implementación de la pena capital. De hecho sostuvo: "¿Qué otra pena merecen los que realizaron esto?"

En ese sentido, el mandatario también había recibido diferentes apoyos por parte de la iglesia católica. Incluso, el arzobispo de Paraná, Estanislao Karlic, había dijo: "La posibilidad de aplicar la pena de muerte no está excluida" de la iglesia. Sin embargo, también hubo varias voces en contra. Por ejemplo, Rodolfo Barra, ministro de Justicia, quien explicaba que era "imposible implantar la pena de muerte porque lo impide el Pacto de San José de Costa Rica".

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