Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Cada vez más adultos reciben un diagnóstico de TDAH después de los 30, 40 o incluso 50 años. Y aunque para muchos pueda parecer simplemente una etiqueta clínica, quienes atraviesan esta experiencia suelen describirla de una manera muy diferente: como una explicación capaz de reorganizar toda una vida.
Porque cuando el diagnóstico llega en la adultez, no sólo responde preguntas sobre el presente. También ilumina décadas enteras de experiencias, dificultades y sufrimientos que hasta ese momento parecían no tener sentido.
De repente, los olvidos recurrentes, el agotamiento constante, la dificultad para sostener rutinas, la sensación de vivir siempre corriendo detrás de la vida o la intensidad emocional dejan de interpretarse como defectos personales y comienzan a comprenderse como parte de un funcionamiento neurológico diferente y esa comprensión suele traer alivio.
Pero también puede traernos dolor. Porque para llegar hasta allí, la mayoría de estos adultos pasaron años creyendo cosas sobre sí mismos que nunca fueron ciertas. Creímos: que éramos irresponsables, que éramos desorganizados, que éramos inmaduros, que nos faltaba voluntad, que no nos esforzábamos lo suficiente, que teníamos algo mal.
Y es justamente allí donde encontramos una de las consecuencias menos visibles y más profundas del TDAH adulto: el impacto sobre la autoestima.
Cuando pensamos en TDAH solemos imaginar dificultades para prestar atención, impulsividad o problemas para organizarse. Sin embargo, quienes conviven con esta condición saben que existe una consecuencia mucho más silenciosa de la que se habla poco: la forma en que afecta la construcción de la identidad.
Porque el verdadero sufrimiento no siempre está en olvidar una cita o perder las llaves. Muchas veces está en lo que una persona llega a creer sobre sí misma a causa de esos olvidos. Las dificultades asociadas al TDAH suelen ser visibles para los demás. Lo que no siempre se ve es la historia interna que se construye alrededor de ellas.
Una historia que comienza temprano: “Es inteligente, pero no se esfuerza”. “Siempre deja todo para último momento”. “Podría hacerlo mejor si quisiera”. “Es demasiado sensible”. “Vive en las nubes”. “Es desorganizada”.
Escuchar estas frases una vez no genera una herida. Escucharlas durante años, sí. Con el tiempo, la persona deja de pensar que tiene dificultades y comienza a creer que ella misma es el problema. Y esa diferencia cambia todo. No es lo mismo pensar: “Tengo problemas para organizarme” que creer: “Soy un desastre”. No es lo mismo decir: “Mi cerebro funciona de manera diferente” que concluir: “Hay algo malo en mí”.
Así se construye una autoestima basada en la comparación constante y en la sensación permanente de insuficiencia.
Cuando una persona recibe un diagnóstico durante la infancia, tiene la posibilidad de crecer comprendiendo que muchas de sus dificultades forman parte de una condición neurobiológica. Pero quienes reciben el diagnóstico décadas más tarde suelen haber construido toda una identidad alrededor de esas dificultades.
No llegan solamente con síntomas. Llegan con años de culpa. Con años de frustración. Con años de compararse con otros. Con años de preguntarse por qué todo parecía costarles más.
Por eso muchas veces el diagnóstico no genera únicamente alivio. También genera duelo. El duelo por la niña que creyó que nunca era suficiente. El duelo por el adolescente que se sintió incapaz. El duelo por el estudiante que se esforzaba el doble para obtener la mitad de los resultados. El duelo por el adulto que sostuvo responsabilidades familiares, laborales y personales sintiendo que siempre estaba llegando tarde a todo.
No es raro que aparezcan lágrimas. No son lágrimas por tener TDAH. Son lágrimas por comprender que durante años cargaron culpas que nunca les pertenecieron.
Existe una idea equivocada muy extendida acerca del TDAH: que quienes lo tienen simplemente no se esfuerzan lo suficiente. La realidad suele ser exactamente la contraria. Muchas personas con TDAH viven realizando un esfuerzo extraordinario para sostener tareas que para otros parecen naturales.
Ponen alarmas. Escriben listas. Compran agendas. Descargan aplicaciones. Intentan seguir sistemas de organización. Empiezan nuevamente cada lunes. Se prometen que esta vez sí podrán hacerlo. Sin embargo, los olvidos vuelven a aparecer. Las tareas se acumulan. Los objetos se pierden. La procrastinación regresa. Y entonces surge una conclusión dolorosa: “Si me esfuerzo tanto y aun así no puedo lograrlo, debe haber algo defectuoso en mí”.
Lo que muchas veces desconocen es que no están fallando por falta de voluntad. Están intentando funcionar bajo parámetros diseñados para cerebros que operan de otra manera. El problema no es la falta de esfuerzo. El problema es medir el propio valor con una vara que no contempla la diversidad neurológica.
Este fenómeno se observa especialmente en mujeres. Durante décadas, la imagen tradicional del TDAH estuvo asociada al niño inquieto que interrumpe la clase, se levanta constantemente o presenta conductas disruptivas. Pero muchas niñas crecieron manifestando síntomas diferentes.
Eran distraídas, soñadoras, olvidadizas, emocionalmente intensas. Ansiosas. Creativas. Aprendieron a compensar. A esforzarse más. A ocultar dificultades. A cumplir expectativas aunque eso significara vivir agotadas.
Muchas desarrollaron estrategias de supervivencia tan eficientes que nadie advirtió lo que ocurría detrás de escena. Y así llegaron a la adultez sosteniendo trabajos, maternidades, relaciones y responsabilidades mientras luchaban silenciosamente contra una sensación permanente de desborde.
Por eso hoy vemos cada vez más mujeres recibiendo diagnósticos a los 35, 40, 50 o incluso 60 años. No porque el TDAH haya aparecido de repente, sino porque finalmente alguien pudo ponerle nombre a algo que estuvo allí toda la vida. Y cuando eso sucede, muchas expresan la misma sensación: “Por primera vez mi historia tiene sentido”.
Las heridas emocionales no quedan únicamente en la mente. También se alojan en el cuerpo. Después de años de críticas, frustraciones y sensación de fracaso, muchas personas con TDAH desarrollan un estado casi permanente de alerta.
Viven anticipando errores. Temen olvidar algo importante. Revisan varias veces las mismas tareas. Se exigen más de lo necesario. Intentan compensar constantemente aquello que sienten que les falta. Su sistema nervioso aprende a mantenerse preparado.
Y cuando el cuerpo permanece demasiado tiempo en ese estado, comienzan a aparecer señales que suelen confundirse con otros problemas. Cansancio crónico. Ansiedad. Dificultades para descansar. Tensión muscular. Sensación de estar siempre corriendo. Problemas para desconectarse.
Muchas personas afirman que no saben relajarse. Pero quizás la realidad es otra. Quizás llevan tantos años intentando evitar equivocarse que el descanso ha dejado de sentirse seguro.
Romina Atencio
Quizás el trabajo más profundo comienza después del diagnóstico. Porque ya no se trata solamente de aprender herramientas de organización o gestión del tiempo. Se trata de reconstruir la manera en que una persona se mira a sí misma. De cuestionar años de etiquetas. De diferenciar quién es realmente de todo aquello que le dijeron que era. De aprender a reconocer fortalezas donde antes solo veía defectos. De descubrir que muchas de las características que la hicieron sufrir también están relacionadas con su creatividad, su sensibilidad, su intuición, su capacidad de adaptación y su manera única de percibir el mundo.
Aquí es donde el coaching, la terapia psicológica, las prácticas contemplativas, el trabajo corporal y las herramientas de autoconocimiento pueden convertirse en grandes aliados. No porque eliminen el TDAH. No porque sustituyan tratamientos médicos o psicológicos cuando son necesarios, sino porque ayudan a sanar la relación con uno mismo. Ayudan a construir estrategias compatibles con el funcionamiento propio. Ayudan a cuestionar creencias limitantes. Ayudan a desarrollar autocompasión. Y, sobre todo, ayudan a recuperar una voz interior que durante años quedó enterrada bajo la exigencia y la crítica.
Quizás la verdadera transformación no ocurre cuando una persona aprende a organizar mejor su agenda. Quizás ocurre cuando deja de definirse por aquello que le cuesta. Cuando comprende que no es perezosa. Que no es irresponsable. Que no es inmadura. Que no es un fracaso. Que no está rota. Que simplemente posee una forma diferente de procesar el mundo.
Y desde esa comprensión aparece algo que muchas veces estuvo ausente durante años: la autocompasión. No entendida como lástima, sino como la capacidad de mirarse con la misma amabilidad con la que miraríamos a alguien que amamos.
Porque la autoestima no se reconstruye a través de una exigencia mayor. No se sana acumulando más productividad. No se recupera intentando demostrar constantemente que uno vale. La autoestima comienza a sanar cuando dejamos de luchar contra quienes somos.
Y quizás ese sea uno de los aprendizajes más transformadores que trae el diagnóstico tardío: descubrir que la verdadera liberación no consiste en convertirse en otra persona, sino en comprender que nunca hubo nada defectuoso en nosotros. Que el problema no era quiénes éramos. El problema era haber pasado tantos años creyendo que lo éramos.
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