Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.

La gratitud no consiste en tener más motivos para sonreír. Consiste en descubrir que, aun en los días difíciles, siempre existen motivos que habían pasado inadvertidos.

Vivimos convencidos de que la gratitud es la consecuencia natural de una vida feliz. Creemos que primero deben llegar las buenas noticias, los sueños cumplidos, la salud, el amor o la tranquilidad económica para recién entonces agradecer. Sin embargo, la experiencia suele enseñarnos algo muy distinto: no siempre agradecemos porque la vida es buena; muchas veces la vida comienza a sentirse diferente cuando aprendemos a mirarla con gratitud. Y esa diferencia no es menor.

La gratitud no cambia los hechos. No borra una pérdida, no evita una enfermedad, no resuelve un conflicto familiar ni hace desaparecer las preocupaciones que nos quitan el sueño. Sería ingenuo pensar que agradecer tiene el poder de eliminar el dolor. Lo que sí puede hacer es cambiar el lugar desde el cual transitamos ese dolor.

Hay una enorme diferencia entre vivir pensando únicamente en aquello que nos falta y comenzar a reconocer también todo aquello que todavía permanece.

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En los últimos años, la gratitud se convirtió en una palabra de moda. Se la menciona en libros, conferencias y redes sociales como si fuera una fórmula mágica para atraer una vida perfecta. Pero reducirla a una receta simplista es perder de vista su verdadero valor. La gratitud no consiste en obligarnos a sonreír cuando por dentro estamos rotos, ni en negar las emociones difíciles para aparentar optimismo. Muy por el contrario, agradecer implica mirar la realidad completa: aceptar el sufrimiento sin dejar que eclipse todo lo demás.

La vida rara vez es completamente buena o completamente mala. Casi siempre conviven ambas cosas. Mientras atravesamos una preocupación, alguien nos ofrece un abrazo. Mientras enfrentamos una pérdida, seguimos teniendo personas que nos sostienen. Mientras sentimos miedo por el futuro, el sol vuelve a salir cada mañana sin pedirnos permiso.

El problema es que nuestra atención tiene una tendencia natural a enfocarse en aquello que amenaza nuestro bienestar. Es un mecanismo de supervivencia que nos ayudó durante miles de años a detectar peligros antes que oportunidades. Sin embargo, en el mundo actual, esa misma predisposición puede hacernos vivir atrapados en una sensación permanente de carencia. Nuestra mente registra con facilidad lo que salió mal, pero necesita un esfuerzo consciente para detenerse en lo que sí funciona.

Por eso la gratitud es, antes que una emoción, una práctica de atención. Es decidir mirar también aquello que la costumbre volvió invisible.

"Agradecer implica mirar la realidad completa: aceptar el sufrimiento sin dejar que eclipse todo lo demás", escribe la autora.

"Agradecer implica mirar la realidad completa: aceptar el sufrimiento sin dejar que eclipse todo lo demás", escribe la autora.

Porque la costumbre tiene un efecto curioso: convierte los milagros cotidianos en paisaje. Dejamos de agradecer poder caminar hasta que una lesión nos obliga a detenernos. Respiramos sin pensar en el inmenso privilegio que representa hacerlo con facilidad. Damos por sentado el abrazo de un hijo, la llamada de un amigo, una comida compartida o la posibilidad de regresar a casa al final del día.

No es que esas cosas hayan perdido valor. Somos nosotros quienes dejamos de verlas.

Tal vez por eso muchas personas descubren el verdadero significado de la gratitud después de atravesar una crisis. Una enfermedad, una separación, una pérdida o un cambio inesperado suelen recordarnos cuánto habíamos naturalizado aquello que parecía eterno.

De pronto comprendemos que la felicidad no siempre estaba escondida en un gran acontecimiento futuro; muchas veces habitaba silenciosamente en los pequeños detalles que nunca mirábamos con suficiente atención.

También ocurre en nuestras relaciones. Con frecuencia ponemos el foco en los defectos del otro, en aquello que falta o en las expectativas incumplidas. Poco a poco dejamos de registrar los gestos cotidianos que sostienen el vínculo: la compañía, la escucha, la presencia, la paciencia, el café preparado por la mañana o el simple hecho de saber que alguien está ahí. La gratitud no resuelve todos los conflictos, pero sí nos devuelve una mirada más amplia y más justa sobre las personas que amamos.

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Romina Atencio

Y quizás el acto de gratitud más difícil sea el que dirigimos hacia nosotros mismos.

Vivimos señalando nuestros errores, lamentando las oportunidades perdidas o exigiéndonos versiones cada vez más perfectas. Nos cuesta reconocer el camino recorrido, los aprendizajes conquistados y la fortaleza con la que hemos atravesado momentos que alguna vez creímos imposibles de superar. Agradecernos no significa conformarnos ni dejar de crecer. Significa reconocer que, aun con nuestras imperfecciones, hemos seguido avanzando.

La gratitud tampoco exige grandes ceremonias. A veces comienza con una pausa. Con un instante de silencio al terminar el día para preguntarnos qué ocurrió hoy que merece ser recordado. Tal vez la respuesta sea sencilla: una conversación, una sonrisa inesperada, un paisaje, un momento de calma o simplemente haber encontrado fuerzas para seguir adelante.

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Son esas pequeñas respuestas las que, con el tiempo, transforman nuestra forma de habitar el mundo. Porque la gratitud no modifica el pasado ni garantiza un futuro sin dificultades. Lo que transforma es el presente. Nos recuerda que incluso en los días más complejos siguen existiendo razones para sostener la esperanza. Nos enseña que la abundancia no siempre consiste en tener más, sino en aprender a reconocer lo que ya tenemos.

Quizá esa sea una de las lecciones más profundas de la vida: no esperar a que todo sea perfecto para agradecer. Porque la perfección nunca llega, mientras que la belleza, silenciosa y discreta, nos acompaña todos los días.

La gratitud no consiste en tener más motivos para sonreír. Consiste en descubrir que, aun en los días difíciles, siempre existen motivos que habían pasado inadvertidos. Y cuando aprendemos a encontrarlos, no cambia el mundo que nos rodea: cambia la manera en que elegimos vivir dentro de él.

Te propongo un desafío: durante los próximos 19 días escribe cada día 10 cosas por las que estés agradecido, diferentes cada día. Y además durante los últimos 5 días ponele impronta temática: el primer día agradece por la salud, por cada órgano que funcionase tu cuerpo. El segundo por una relación: busca las cosas que ames de esa relación. Al 3er día focaliza en el trabajo: agradece por tu trabajo. Al 4to agradece por el dinero y el techo que tengas (tu hogar). El 5to agradece por las cosas que tu cuerpo y tu mente te permiten hacer y logra cada día. Desde ver u oler, hasta pensar y soñar.

Escribí todo. Y después, podes contarme como te fue! Espero tus mensajes!

Con amor. Romi.

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