Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.

"¿Por qué tengo que recordarte todo? ¿Por qué nunca terminás lo que empezás? ¿Por qué siento que estoy solo en esto?” Son frases que se escuchan con frecuencia en muchas parejas. A simple vista parecen reclamos cotidianos. Sin embargo, detrás de ellas puede existir algo mucho más profundo que una diferencia de personalidad o una falta de compromiso: una diferencia en la forma en que funciona el cerebro.

En los últimos años, las neurodivergencias han comenzado a ocupar un lugar cada vez más importante en las conversaciones sobre salud mental. Sin embargo, todavía persisten numerosos mitos, especialmente cuando hablamos de adultos.

Durante décadas, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) fue considerado una condición propia de la infancia. Hoy sabemos que no desaparece al crecer. Según diversos estudios, entre el 2,5% y el 5% de la población adulta presenta TDAH, aunque una gran parte permanece sin diagnóstico.

Esto significa que millones de personas atraviesan su vida adulta sintiéndose desorganizadas, desbordadas, olvidadizas o “insuficientes”, sin comprender que detrás de esas dificultades existe una condición neurobiológica real. Y es precisamente en las relaciones donde este impacto suele hacerse más evidente.

Cuando el problema no es el amor

La convivencia está construida sobre cientos de pequeñas acciones diarias. Pagar una factura. Recordar un turno médico. Sacar la basura. Responder un mensaje. Planificar las compras. Coordinar horarios. Organizar actividades familiares.

Son tareas aparentemente simples, pero dependen de algo llamado funciones ejecutivas: un conjunto de habilidades cognitivas que nos permiten planificar, priorizar, organizarnos, iniciar tareas y sostener la atención. Las investigaciones muestran que estas funciones suelen verse afectadas en las personas con TDAH.

Aquí aparece una situación que genera enorme desgaste en las parejas. La persona con TDAH muchas veces sabe perfectamente lo que tiene que hacer. Incluso tiene la intención genuina de hacerlo. Sin embargo, existe una brecha entre la intención y la ejecución.

Mientras tanto, quien convive con ella observa otra cosa. Ve olvidos. Ve tareas inconclusas. Ve promesas incumplidas. Y comienza a interpretar esos comportamientos desde un lugar emocional.

-“No le importa”.

-“No me escucha”.

-“No puedo confiar”.

-“No se compromete”

Lo que para una persona representa una dificultad neurológica, para la otra puede sentirse como desinterés o indiferencia. Y allí nace uno de los mayores conflictos de las relaciones atravesadas por el TDAH. No necesariamente falta amor. Falta traducción.

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La carga mental invisible

Existe un concepto cada vez más estudiado llamado carga mental. Se refiere al trabajo invisible que implica recordar, planificar, anticipar y coordinar las necesidades de una familia o una pareja. En muchas relaciones donde uno de los miembros presenta TDAH, el otro termina asumiendo gran parte de esta carga. No sólo hace tareas. También recuerda tareas. No sólo organiza. También supervisa. No sólo planifica. También sostiene la planificación de ambos.

Con el tiempo puede aparecer agotamiento, resentimiento y una sensación de desigualdad.

Por otro lado, la persona con TDAH suele experimentar algo diferente. Se siente constantemente criticada. Juzgada. Infantilizada. Como si nunca lograra cumplir las expectativas de quienes ama.

Así se instala una dinámica dolorosa en la que ambos sufren, aunque por motivos distintos. Uno se siente sobrecargado. El otro se siente insuficiente.

De lo que casi nadie habla: las emociones

Cuando pensamos en TDAH solemos imaginar distracción o hiperactividad. Sin embargo, uno de los aspectos más desafiantes en la vida adulta es la regulación emocional. El psiquiatra e investigador Russell Barkley, uno de los mayores referentes mundiales en TDAH, sostiene que las dificultades emocionales constituyen una parte central del trastorno y no simplemente un efecto secundario.

Muchas personas con TDAH experimentan emociones intensas y rápidas. Pueden frustrarse con facilidad. Reaccionar impulsivamente. Sentirse profundamente afectadas por conflictos interpersonales. O experimentar lo que algunos especialistas denominan sensibilidad al rechazo, una respuesta emocional intensa frente a críticas reales o percibidas.

Esto puede generar discusiones que escalan rápidamente, malentendidos frecuentes y heridas emocionales difíciles de comprender para quienes observan la situación desde afuera. La pareja puede preguntarse: “¿Por qué reaccionó así por algo tan pequeño?”

Mientras la persona con TDAH vive la situación como algo inmensamente significativo. No porque sea exagerada, sino porque su experiencia emocional es diferente.

Romina Atencio

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Más comprensión, menos culpa

Hablar de neurodivergencia no significa eliminar la responsabilidad personal. Comprender no es justificar. Tener TDAH no exime a nadie de trabajar sobre sus dificultades, buscar herramientas o asumir compromisos dentro de una relación.

Pero tampoco podemos exigirle a una persona que funcione exactamente igual que alguien cuyo cerebro opera bajo parámetros diferentes. Quizás uno de los mayores errores en las relaciones sea intentar corregir constantemente aquello que primero necesita ser comprendido.

Cuando aparece información adecuada, muchas parejas descubren algo sorprendente. Aquello que llevaban años interpretando como desinterés, pereza o falta de amor, en realidad tenía otra explicación. Y aunque esa comprensión no resuelve todos los conflictos, sí modifica profundamente la manera de abordarlos.

Porque deja de haber enemigos. Y empieza a haber desafíos compartidos.

La convivencia como un acto de traducción

Vivimos en una cultura que suele valorar la productividad, la organización y la eficiencia por encima de todo. Por eso, cuando alguien funciona de manera diferente, rápidamente aparece la idea de que está haciendo algo mal. Sin embargo, las neurodivergencias nos invitan a cuestionar esa mirada.

Nos recuerdan que no existe una única forma correcta de pensar, sentir o vincularse. Que dos personas pueden amarse profundamente y, aun así, necesitar aprender nuevos lenguajes para entenderse.

Quizás la convivencia no consista en lograr que el otro piense como nosotros. Quizás consista en desarrollar la capacidad de traducirnos mutuamente. Comprender que detrás de un olvido puede haber una dificultad ejecutiva.

Que detrás de una crítica puede existir agotamiento. Que detrás de una reacción emocional intensa puede haber una sensibilidad que no siempre se ve. Y que detrás de muchos conflictos cotidianos hay dos personas intentando encontrarse desde experiencias internas completamente distintas.

Una invitación a mirar diferente

La información no reemplaza al amor, pero muchas veces lo protege. Porque cuando entendemos cómo funciona nuestra mente y la de quienes amamos, dejamos de interpretar cada diferencia como una amenaza.

Las neurodivergencias no destruyen relaciones. Lo que suele dañarlas es la incomprensión sostenida en el tiempo. Por eso, quizás una de las preguntas más importantes no sea “¿qué está mal en nosotros?”, sino “¿qué necesitamos comprender mejor?”

A veces, la respuesta no cambia quiénes somos. Pero transforma por completo la manera en que elegimos convivir. Y allí, en ese espacio donde la comprensión reemplaza al juicio, los vínculos encuentran una nueva posibilidad de crecer.

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