Todavía desperezándose, el hombre de mediana edad llega a la estación de Retiro, primera escala del inicio de una larga jornada laboral. Casi instintivamente, levanta su vista al centro de la plaza que está enfrente de la terminal ferroviaria, y se asegura de llegar a tiempo a su destino mirando la hora en el enorme reloj que se alza a más de 60 metros de altura, en la cúpula de la Torre de los Ingleses.
Y así, sigue su camino tranquilo. Esta escena se repite, detalle más o menos, muchas veces en el día. Pero pocos saben que este reloj, como otros 60 de distintos edificios públicos de la ciudad, puede seguir prestando sus servicios gracias al empeño y el profesionalismo de un puñado de trabajadores que día a día se turnan para calibrar y controlar cientos de engranajes para mantenerlos a horario y evitar que, por efectos del paso del tiempo o de factores externos, se deterioren y no puedan cumplir su función.
Uno de esos quijotes que todos los días desafían, superando el vértigo, las distintas alturas para controlar estos aparatos de precisión es Javier Terenti, un joven de 41 años, que nació en Capital y desde hace varios años vive en José C Paz junto a su mujer y a su hijo de doce años.
Javier nos cuenta que desde joven fue especialista técnico en electrónica, tenía su propio negocio, hasta que por un oportuno llamado comenzó a encargarse del control y arreglo de varios relojes de la ciudad, los pertenecientes al área pública, que dependen de la Dirección de Mantenimiento y Talleres del Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño cuyo titular es Eduardo Machiavelli.
Según Javier, "estoy en esta tarea desde 2007, y todo lo que sé me lo enseñó un experto en el tema, Carlos Caserta. Ya estoy como encargado general desde hace cuatro años, vengo dos mañanas por semana a esta Torre de los Ingleses, y el resto de los días hago el control en otros relojes de la Capital, y comparto la tarea con otros dos compañeros, Gonzalo Quiroga y Omar Galloppo". Comenta Javier que "la mayoría de los relojes son solares, y algunos mecánicos, entre ellos el de la ex casa de Gobierno municipal, en Avenida de Mayo, la actual, en el edificio Lezama, y algunas iglesias tradicionales, como la del Pilar y la Santa Felicitas de Barracas".
Agrega que "el reloj de esta Torre - una de las que ostenta uno de los más bellos paisajes de la ciudad si uno se aventura a subir hasta su balcón, en el sexto piso, a casi 50 metros de altura- es uno de los más viejos pero más completos" y detalla que "todos los materiales son originales, salvo la modificación electromecánica que se hizo en las pesas para alivianar las tareas". Remarca Javier que "en general con hacerle dos controles por semana el reloj no se descalibra, y aún así, puede atrasar un minuto por semana, pero sus piezas son muy resistentes, a lo sumo a veces hay que aceitar o cambiar los bujes, se desarma la máquina y se hace una copia de la pieza".
Recuerda que "esta torre va a cumplir 102 años desde su inauguración, y el reloj es el más grande de todos" y detalla que "tiene cuatro metros y medio de diámetro, sus campanas pesan siete toneladas, su carillón tres, y el péndulo 100 kilos". Reconoce que le parece extraño pero muy grato estar a cargo de esta tarea tan singular, remarca que "cuando la inauguraron en 1916 aquí no había casi nada, y es muy grato que haya vecinos o habitués de la zona que te agradecen porque gracias a nuestro trabajo ellos pueden ver la hora exacta".
comentar