Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Vivimos corriendo. Corremos para cumplir, para llegar, para responder, para no quedar atrás. Corremos incluso cuando no sabemos bien hacia dónde. Y en ese movimiento constante, casi automático, algo esencial se va quedando en el camino: nosotros mismos.
Porque hay un tipo de cansancio que no se resuelve durmiendo más horas. Es el cansancio de estar siempre en modo “hacer”, de vivir en una lista interminable de pendientes, de sentir que nunca alcanza. Y entonces aparece esa sensación tan conocida: terminaste el día, hiciste mil cosas... pero igual sentís que no estuviste realmente ahí.
Esta nota no es una invitación a hacer más. Es, quizás, todo lo contrario. Es una invitación a dejar de correr.
Hay algo que no solemos cuestionar: la idea de que siempre deberíamos estar haciendo algo útil. Que descansar es perder el tiempo. Que frenar es un lujo. Que si no estamos produciendo, algo estamos haciendo mal. Este mandato no siempre es consciente, pero está profundamente arraigado.
Se cuela en nuestras decisiones, en nuestras culpas, en la forma en la que nos hablamos. ¿Cuántas veces te sentaste a descansar... y a los cinco minutos ya estabas pensando en todo lo que “deberías” estar haciendo? No es casual. Nos enseñaron a vivir así.
Pero vivir en ese estado constante de exigencia tiene un costo: desconexión, estrés, agotamiento, irritabilidad... y, muchas veces, una sensación de vacío difícil de explicar. Porque no se trata sólo de hacer mucho. Se trata de cómo estamos habitando lo que hacemos.
Una de las creencias más profundas que sostenemos es que si bajamos el ritmo, todo se va a desordenar. Que si soltamos un poco el control, vamos a perder el rumbo. Pero bajar un cambio no es abandonar. Es elegir otro modo. Es pasar del piloto automático a la presencia. Del hacer compulsivo al hacer consciente. De la exigencia al cuidado.
Es entender que no todo tiene que hacerse ya, ni perfecto, ni desde el esfuerzo extremo. Y sobre todo, es reconocer que el verdadero bienestar no se construye desde la presión, sino desde el vínculo que tenemos con nosotros mismos.
Durante mucho tiempo, el descanso fue presentado como algo que “nos ganamos” después de haber hecho lo suficiente. Pero el descanso no debería ser un premio. Es una necesidad básica. Dormir bien, hacer pausas, desconectar... no es ser flojo. Es sostenerse. El cuerpo no negocia. Puede aguantar, sí. Puede adaptarse. Puede seguir incluso cuando estamos agotados. Pero en algún momento pasa factura.
Y muchas veces esa factura llega en forma de ansiedad, de insomnio, de irritación, de enfermedades o de una desconexión profunda con el disfrute. Descansar es una forma de escucharnos. Es decirnos: “Importo más que lo que hago”. Y eso, en un mundo que mide todo en productividad, es un acto profundamente revolucionario.
Comer no es sólo incorporar nutrientes. Es un momento de vínculo con el cuerpo. Pero cuando vivimos corriendo, la alimentación suele volverse automática: comemos rápido, de pie, sin registrar sabores, sin registrar hambre ni saciedad. Y ahí también se pierde algo.
No se trata de hacer dietas perfectas ni de seguir reglas estrictas. Se trata de volver a una relación más consciente y amorosa con lo que elegimos para nutrirnos. Preguntarnos:
A veces, el cambio no está en lo que comemos, sino en cómo lo hacemos. Comer más despacio. Elegir con presencia. Disfrutar sin culpa. Pequeños gestos que, sostenidos en el tiempo, transforman.
El cuerpo no es sólo un vehículo que nos lleva de un lugar a otro. Es un sistema inteligente, sensible, que está constantemente enviando señales. El problema es que, en la vorágine diaria, dejamos de escucharlo. Dolores que ignoramos. Cansancio que tapamos con café. Emociones que silenciamos con distracciones. Hasta que el cuerpo sube el volumen.
Cuidar el cuerpo no es sólo hacer ejercicio. Es habitarlo. Es registrar cómo estamos. Es movernos desde el disfrute y no desde la obligación. Es darnos espacios para respirar, estirarnos, parar. A veces, lo más saludable que podemos hacer no es entrenar más fuerte, sino más consciente.
Incluso cuando queremos cambiar, aparece otra trampa: la de hacerlo perfecto. Queremos descansar bien, comer perfecto, meditar todos los días, entrenar, organizarnos... y terminamos generando una nueva lista de exigencias. Y ahí, sin darnos cuenta, volvemos al mismo lugar.
El camino del bienestar no es lineal ni perfecto. Es humano. Hay días más conectados y días más caóticos. Momentos de claridad y momentos de desconexión. Y está bien. Porque no se trata de hacerlo todo bien. Se trata de empezar a tratarnos mejor.
Cuando hablamos de hábitos saludables, solemos pensar en cambios grandes, difíciles de sostener. Pero la transformación real ocurre en lo pequeño. En esos gestos cotidianos que parecen insignificantes, pero que, repetidos en el tiempo, construyen una nueva forma de vivir. Algunos ejemplos simples:
No hace falta hacerlo todo. Hace falta empezar. Y, sobre todo, sostenerlo desde un lugar amable.
Dejar de correr no significa que la vida se vuelva lenta o aburrida. Significa que se vuelve más real. Que empezamos a registrar lo que antes pasaba desapercibido. Que volvemos a disfrutar de lo simple. Que dejamos de vivir en automático.
En algún punto, bajar un cambio es volver a casa. A nuestro cuerpo. A nuestros ritmos. A nuestra forma única de habitar el mundo. No hay una única manera correcta de hacerlo. Cada persona necesita encontrar su propio equilibrio. Pero quizás el primer paso sea este: darse permiso. Permiso para no llegar a todo. Para no ser perfectos. Para parar. Una nueva forma de estar en el mundo.
Tal vez no se trate de cambiar toda la vida de un día para el otro. Tal vez se trate de empezar a hacer lugar. A pequeños momentos de presencia. A decisiones más conscientes. A una forma más amorosa de vincularnos con nosotros mismos. Porque al final, no es cuánto hacemos lo que define nuestra vida. Es cómo la habitamos. Y vivir mejor no siempre implica hacer más. A veces, implica simplemente... dejar de correr.
Con amor, Romi.
comentar