Antes había que llevar la pelota, el mate y la cámara con rollos. Ahora, el celular y la tablet son compañeros inseparables en nuestras vacaciones. Cuando el descanso se conecta a Internet.
Hace pocas décadas, para hablar por teléfono en las vacaciones había que ir hasta las cabinas o locutorios y bancarse largas colas escuchando charlas totalmente intrascendentes y cruzando los dedos para que, a los que estaban antes, no sean muchos los números que les diera ocupado y prolongaran su turno.

Hoy, conectarse a la web, acción que nos permite pagar los impuestos, monitorear con la cam el hogar o el negocio desde la playa o comunicarnos al instante, es una necesidad que camina a la par de los infaltables celulares y cámaras digitales, o la combinación de ambos dispositivos en un mismo equipo.

Nadie va a la playa sin el celu. Tampoco a cenar, y los restaurantes se puede ver a cada uno de los comensales, inmersos en alguna charla de WhatsApp casi sin mirarse entre ellos. Las selfies, ante cualquier situación, se han puesto tan de moda que ya casi nadie le pide "a uno que pasa" que les saque una foto.

Así como ocurrió con el boom de las canchas de paddle, los locutorios han bajado considerablemente la afluencia de gente (hay muy pocos en las calles del centro), precisamente por la utilización de celulares.

Lo mismo ocurre con los teléfonos públicos que son muy difícil de encontrar en caso de presentarse una emergencia.

Pese a todo este avance de la tecnología, todavía hay personajes que se aferran a las viejas costumbres, como Walter, de Florida, que insiste en dejarle a todos su obsoleto número del radiollamado.

"No quiero celular, no me interesa, no lo necesito; si algún amigo me tiene que localizar, que me mande un radiomensaje", algo que genera las risotadas de sus amigos que, por supuesto, no lo cuentan para ningún evento sorpresivo.

"Cómo nos cambia la vida!", dice la letra de uno de los tantos tangos que inmortalizó el Polaco Goyeneche. En casa, en el trabajo o a la hora del descanso, un rato de reflexión nos permite evocar cómo se vivía hace unos años -no tantos- y cómo lo hacemos hoy, en la era de la tecnología, el 4G y las selfies.

La playa, por ejemplo, es un escenario inmejorable para hacer una evocación mental de todo lo que ha cambiado. Incluso, es un buen ejercicio, entre el grupo de amigos o la familia, hacer un repaso de las muchas costumbres que el modernismo nos ha hecho modificar.

No hace muchos años, cuando una familia empacaba pensando en los días de vacaciones junto al mar, la única pregunta relacionada con un artículo electrónico era: "¿Agarraste la cámara de fotos?", a la que se agregaba, eventualmente un: "¿Compraste rollos?". Y una más: "¿Qué rollo compramos, de 12, 24 o 36 fotos?", con un truco conocido: si colocamos bien la película podemos obtener dos o tres más de las que dice el envase. Claro que, con esta modalidad, era indispensable contar con un buen fotógrafo en el grupo porque no había chance de borrar la que salió mal: para saber si había salido mal, había que esperar cerca una semana, hasta que se acabara el rollo y el mismo fuera revelado. Descubrir al de mejor mano para la cámara requería, por lo menos, de un rollo desperdiciado; luego de eso, nadie le dejaba ni siquiera intentarlo. Lo mismo pasaba con los niños que recién a los 14 años sacaban sus primeras fotografías.

Hoy, todo ello parece encerrado en un recuerdo que recorre, en blanco y negro, la mente de los más grandes. Ahora, el interrogante inevitable en el desembarco de todo turista modelo 2015 en hoteles, confiterías y balnearios es: "¿Hay wi-fi?". Y no hay manera de pretender atraer clientes si no se cuenta con este servicio al que todos los integrantes de un grupo de amigos o de una familia, accederá.

Las notebooks y netbooks que en los últimos años habían ganado un lugar sorprendente en el equipaje diario, incluso, de los que van a la playa a disfrutar de un fantástico día de sol, ahora también empezaron a caer en desuso, dejándole paso a los distintos modelos de tablets, de más sencillo traslado y que, además, reemplazan a la cámara de fotos. Elementos que parecen innecesarios para el descanso pero que se han convertido en un producto de primera necesidad para los que necesitan estar en contacto con la sociedad aún en el descanso.

Por supuesto que, Internet junto a la telefonía móvil han llegado para desplazar, entre otras cosas, a un viejo clásico de las vacaciones en la costa: las largas colas frente a los teléfonos públicos con cospeles, cuya localización consistía en una de las primeras tareas al momento de llegar al lugar de residencia: "hay uno en la esquina", era el descubrimiento más tranquilizador, sobre todo para quienes estaban preocupados por saber "¿qué tiempo hace allá?" o contar que "acá se largó a llover". Esta postal da cuenta también de lo desconectado que estaba el mundo.

      Embed