
Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Hay algo que siempre me llamó la atención cuando converso con personas de distintos lugares, distintos trabajos y distintas realidades: todas, absolutamente todas, buscan lo mismo. Sentirse bien. Vivir en paz. Poder descansar un poquito de la vida, de las preocupaciones, de la presión diaria. Y aunque muchos crean que el propósito de vida es un lujo, algo reservado para quien tiene tiempo o dinero, quiero decirte algo desde el corazón: el propósito es un derecho humano, no un privilegio.
Cuando hablo de propósito, no hablo de metas gigantes ni sueños imposibles. Hablo de ese motor interno que hace que cada mañana te levantes aunque estés cansado, agotado, sin fuerzas. Ese “algo” que te empuja a seguir. A veces se manifiesta como una responsabilidad -tu familia, tus hijos, tus padres, tu casa- y otras veces como un deseo chiquito que te surge adentro, aunque todavía no tengas palabras para describirlo.
Pero ese motor existe. Y si existe, entonces hay un propósito latiendo detrás.
Es curioso, ¿no? Las personas más humildes, las más trabajadoras, las que se levantan antes del amanecer, las que sostienen hogares con su esfuerzo, suelen sentir que no tienen “motivos para agradecer”. Como si agradecer fuera solo para quienes tienen la vida resuelta.
Y sin embargo, yo siempre veo lo contrario. Veo madres que se rompen el alma para que a sus hijos no les falte un plato caliente. Veo hombres que trabajan bajo el sol o bajo la lluvia, sin descanso, porque quieren dar lo mejor que pueden. Veo abuelos que siguen adelante aunque la pensión no alcance, pero siguen, a su ritmo, como pueden. Veo jóvenes que estudian y trabajan, sin tiempo para nada, pero continúan apostando a un futuro mejor.
¿De verdad creés que ahí no hay motivos para agradecer? Ahí hay motivos gigantes. Tan grandes que muchas veces pasan desapercibidos por el cansancio, por el dolor o por la costumbre.
Agradecer no es una moda espiritual. No es algo que hay que hacer solo para “atraer cosas lindas”. Agradecer es una puerta. Una puerta que se abre cuando todo parece perdido y que te permite ver un pasito más adelante.
Y quiero que quede claro: no estoy hablando de romantizar la pobreza, ni de pedirle a nadie que se conforme. No se trata de decirte “agradecés lo que tenés” para que no reclames lo que merecés.
No. Nada de eso. Estoy hablando de una herramienta interna, íntima, poderosa, que te ayuda a no caerte, a no perderte, a no rendirte. La gratitud te recuerda que todavía hay algo vivo dentro tuyo.
Aunque sea chiquito. Aunque sea frágil. Aunque sea apenas una luz tenue. Eso ya es un comienzo.
Agradecer es una puerta que se abre cuando todo parece perdido y que te permite ver un pasito más adelante
Cuando vivimos peleando contra la vida, contra las deudas, contra el tiempo, contra el agotamiento, es difícil pensar en propósito. Es difícil soñar. Es difícil imaginar un futuro distinto cuando uno está ocupado tratando de sobrevivir en el presente.
Pero la gratitud tiene una magia silenciosa: te devuelve un poquito de aire.
Agradecer por lo que sí está, por lo que sí funciona, aunque sea mínimo, te devuelve la sensación de que no estás derrotado. Que todavía hay algo sobre lo cual construir.
El propósito necesita ese aire. El propósito necesita un pequeño espacio interno para mostrarse. No entra a los empujones. Entra en silencio, cuando aflojamos un poco la pelea.
Veo mujeres que me dicen: “Romi, no tengo nada para agradecer, estoy destruida”. Y a los cinco minutos, cuando las escucho con profundidad, descubro que todos los días sostienen a toda su familia. Que cocinan, limpian, trabajan, cuidan, aman, protegen. Eso no es “nada”. Eso es mucho. Eso es inmenso.
Veo hombres que me dicen: “Mi vida es trabajar y llegar muerto a casa. ¿Agradecer qué?” Y cuando les pregunto qué los mueve a seguir, me hablan de sus hijos, de sus padres, de su hogar, de su ilusión de que mañana sea un poquito mejor. Eso también es un motivo. Eso también tiene valor.
Estás leyendo esta nota... Tenés ojos y aprendiste a leer. Eso también es gratitud. La gratitud no es sólo para quien tiene éxito. La gratitud es la llave a la abundancia.
No quiero venderte una idea falsa: agradecer no evita las dificultades. No borra la escasez, la angustia, el estrés, la injusticia, la desigualdad. Pero sí cambia algo fundamental: cambia la forma en la que te posicionás frente a todo eso. Cuando agradecés, aunque sea por una cosa mínima -una comida, una persona, una oportunidad pequeña, un rayo de esperanza-, estás enviándole un mensaje claro a tu alma: “Todavía estoy acá. Todavía quiero vivir. Todavía tengo un motivo para levantarme”.
Eso transforma la energía. Eso transforma tu fuerza interna. Eso transforma tu mirada del mundo. El propósito no se busca: se reconoce.
Muchas veces creemos que el propósito es algo que tenemos que encontrar, como si estuviera escondido en algún lado. Pero el propósito no está afuera.
No está en un título, ni en un trabajo perfecto, ni en una vida sin problemas. El propósito se siente. Se reconoce. Se manifiesta en lo cotidiano. En la forma en la que cuidás a tus hijos. En el amor que le ponés a tu trabajo, aun- que no sea el que soñaste. En la generosidad con la que tratás a otros, aunque vos también tengas carencias. En la fuerza que sacás de donde no tenías para seguir adelante.
Eso también es propósito. Eso también es espiritualidad. Eso también es valor.
En un mundo tan dividido, donde parece que cada uno piensa solo en sí mismo, la empatía se volvió un recurso escaso. Pero las personas humildes saben de empatía más que nadie: ayudan, comparten, prestan, sostienen, aunque ellas mismas estén cortas.
La empatía es reconocer al otro como hermano. Es mirarlo sin juzgar. Es comprender que la vida es difícil para todos, pero más difícil aún para quienes menos tienen. Agradecer desde la empatía es decir: “Valoro lo que tengo, y también valoro tu lucha. Te veo, te entiendo, te respeto”.
Ese tipo de agradecimiento une. Crece. Multiplica. Y sobre todo, dignifica.
A veces creemos que nuestra vida no tiene mé-rito porque no hicimos cosas extraordinarias. Pero dejame decirte algo con todo el amor del mundo: la vida cotidiana también es extraordinaria. Los esfuerzos invisibles también cuentan. Las batallas silenciosas también merecen reconocimiento.
No te subestimes. No minimices tu historia. No pienses que tu aporte no vale.
Cada paso que diste cuando querías rendirte es un acto de propósito. Cada gesto de amor es acto de propósito. Cada día que elegís seguir viviendo es un acto de propósito.
Romina Atencio
Quiero regalarte un ejercicio muy fácil, pensado para quienes sienten que no pueden más.
Antes de dormir, o cuando te despiertes, o cuando encuentres un minuto en el baño, en el colectivo, en el trabajo, repetí internamente: “Hoy agradezco por una cosa:” (escribirla). No busques cosas grandes.
Agradecé por algo posible:
Con el tiempo, ese poquito empieza a multiplicarse. Tu corazón se afloja un poquito. Tu respiración se vuelve más suave. Tu mente se calma un instante. Y por esa grieta, por ese espacio chiquito, entra la luz del propósito. Tu vibración se empieza a elevar y comenzás poco a poco a atraer más cosas para agradecer.
No alumbra todo. No resuelve todo. Pero da un poco de claridad.
Y a veces un poco de claridad es suficiente para no caer, para no rendirte, para seguir caminando. Tu propósito no es una meta inalcanzable. Tu propósito es la forma en la que sobrevivís cada día con dignidad, con amor, con voluntad.
Tu propósito está en tu corazón, aunque el mundo no lo aplauda. Quiero que te quedes con esto
No importa tu historia. No importa cuántas veces te equivocaste. No importa cuántas puertas se cerraron. No importa si hoy creés que no tenés nada. Tenés algo: vos. Tenés tu fortaleza, tus ganas, tus pasos, tu corazón.
Agradecer no te hace ignorante. Agradecer no te hace conformista. Agradecer te hace consciente del poder que sí está en tus manos.
Y cuando te das cuenta de que tenés algo, aunque sea pequeño, descubrís que el propósito siempre estuvo ahí, esperándote.