El machista decide que la vida de una mujer le pertenece. El machista toma un arma y la mata a balazos. El machista le habla al cadáver: “ahora voy por toda tu familia”. El machista emprende un femicidio masivo. El machista ya no sólo decide que el cuerpo de una mujer le pertenece, sino también los cuerpos de sus seres queridos.
El machista con algo en la cabeza que no le anduvo bien, entonces detona, y ahí termina la (nuestra) interpelación. El machista que sabe su motivación, que tiene muy claro que no soportó que ella, la que era de él, solo de él, nada más que de él, tal vez haya decidido alejarse, o alejarlo, o terminar con la relación, o lo que sea, pero sin él, con él fuera de su mundo, de sus planes, de sus deseos. El machista cuya performance femicida tiene como origen la posesión, el tener una mujer como se tiene un objeto.
El machista feroz, que ya no sólo mata a la que considera suya, sino que va por todos los que la quieren. El machista que decide matar y al mismo tiempo escribir con sangre un mensaje aleccionador hacia otras mujeres, con la certeza de que les provocará miedo, terror, pánico, de resultar obligadas a abrazar la muerte con balazos, cuchillazos, golpes, pero también de que aquellos que aman las acompañen en ese viaje a la oscuridad. El machista que avisa de su voracidad e impunidad cada 30 horas.
El machista que ahora atacó en Hurlingham, en la piel de un joven argentino, trabajador y honesto. El machista asesino e implacable construido por todos, como un goteo cotidiano, llenando sus células de sexismo, misoginia y el poder de la propiedad.
El machista preso, pero aún libre en miles, millones, de otros machistas, esperando, agazapados, su turno para seguir difundiendo el espanto y arrebatando vidas.
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