Apasionado del parapente desde hace 17 años, asegura que de la mano de este deporte encontró todo lo que necesitaba. Es vecino de Isidro Casanova, técnico aeronáutico y disfruta de la adrenalina que le da colgarse del cielo para pasear un rato y ver el mundo desde  otra perspectiva. "Cuando vuelo soy yo mismo", afirma.

Dentro del ramillete del deporte aparecen la arista de los extremos, los de riesgo para muchos, pero que para otros generan adrenalina en su máxima pureza. Es gozar, es disfrutar, es sentirse uno mismo. Es el caso de Walter Daniel Scopigno, un vecino de Isidro Casanova, quien se inclinó desde hace unos años por el parapentismo. Con su ala de plástico, el trapo como le dice él mismo, se transforma en una suerte de dron humano. “Cuando vuelo soy yo mismo”, cuenta mientras la pasión por esta actividad lo desborda.

“Desde que despegó los pies del piso es una cuestión de enorme adrenalina”, dice y cuenta por qué llegó a este deporte extremo. “Soy un soñador, aventurero, me encanta descubrir cosas, investigar, y aquí encontré la adrenalina por el vuelo, que es mi pasión de siempre. En el parapente encontré todo”, expresa y continúa: “Cuando vuelvo de volar soy otro y me lo dicen los demás. No importa que baje en lugares con calor, mosquitos, inhóspitos; yo guardo todo en la mochila y camino hasta encontrar una salida a donde me vengan a buscar. Y lo disfruto. Me ha tocado bajar con 46 grados y caminar 14 kilómetros y esto también es parte del vuelo”.

Scopigno hace 17 años que vuela y pese al tiempo transcurrido la primera vez, ocurrida en Cañuelas, no se borra. “No te olvidas. Esa vez había mucha adrenalina, hiperventilado, el corazón se iba por la boca. Cuando Salí se me movía la tierra, pero concentrado en lo que me decía el instructor por radio. No lo disfruté tanto porque quería hacerlo perfecto, cosa que nunca logras”, recuerda.

De todas maneras, la pasión del matancero, que es técnico aeronáutico, siempre pasó por volar. “Quise ser piloto pero me bocharon por la vista y es una frustración no haber podido ser piloto militar. Pero con esto, llevo mi aeronave en una mochila y esas sensaciones no te las da un avión”, significa

Su récord de altura es de 3.960 metros récord de altura logrado en Tafí del Valle. “Fue mi mejor experiencia en sentimiento, en sensaciones, una paz inmensa”, expresa el matancero, que en tiempo llegó a estar 4 horas en el aire.

El parapente lo ha llevado por distintos puntos y con ello la chance de sumar conocimientos. “He conocido lugares desde otra óptica, que nadie lo vio desde ahí. Y mucha gente y su idiosincrasia”, cuenta y manifiesta: “He volado en casi todas las provincias y he estado en los Alpes Suizos y tener el glaciar Mont Blanc enfrente te deja helado. Me encantaron aquellos lugares, como Francia y Suiza por los paisajes y por la estructura. Volar en esos valles es tremendo”.

Pero hubo otra experiencia que quedó en la memoria del matancero. “Suele quedar un colchón de aire caliente en la tierra y quedas flotando. Me ha pasado en Cañuelas, estar arriba de la ruta 205 una media hora, y ver que los autos encendían las luces y yo arriba de ellos viendo eso y el sol rojo que se ponía. Y flashás”, asegura.

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