Tomás y Agustín son los responsables de acariciarles los oídos a los transeúntes en la ciudad cabecera de La Matanza, donde tocan durante horas con guitarra y violín.

No han subido a escenarios de lujo, tampoco son parte de las grandes luminarias. Lo de ellos es arte callejero en su máxima expresión. En sus cuerdas asoman los duendes que alguna vez crearon el Flaco Spinetta, la Negra Sosa, Gustavo Cerati y tantos otros más. Y cuando suenan y ese sonido atraviesa el silencio no hay manera de detener la marcha para escuchar. Agustín Ojeda (19 años) y Tomás Ojeda (16) son los responsables de acariciarle los oídos a los transeúntes de la peatonal de San Justo.

Uno, Agustín, con la guitarra, el otro, Tomás, con el violín, desparraman el talento innato durante horas en la ciudad cabecera de La Matanza. Acompañados por sus padres Carlos Ojeda y Sara Tula, llegan desde el barrio La Juanita, de Gregorio de Laferrere, y se encargan de aglutinar gente que se deja llevar por la música que ellos son capaces de hacer.

“Disfrutamos el momento de tocar y vemos cómo la gente disfruta, se sonríe o se para a escucharnos. Con eso nos vamos felices”, afirma Agustín, quien admite que “además nos sirve para sumar una moneda para poder estudiar, ya que la situación económica no es la mejor”.

La idea de descubrir su arte en la calle surgió en el verano pasado y desde febrero cada tarde de sábado, siempre y cuando el tiempo lo permita, la viola y el violín de los hermanos Ojeda suenan en la peatonal. “No fue fácil el arranque pero después salimos con una energía bárbara”, apunta Agustín.

En tanto, Tomás se refiere a qué creen que la gente siente cuando ellos tocan. “Ver a dos chicos tocando y más el violín que no es tan común genera atracción. Además la comunicación y la combinación de las tres cosas, violín, guitarra y canto influyen para que la gente se sienta atrapada”, afirma y cuenta: “Nos pasó cuando tocamos Seguir Viviendo sin tu Amor, de Spinetta; un señor se puso a llorar, nos abrazó, nos agradeció y se fue”.

Tomás explica que “tratamos de tocar canciones conocidas, vamos por el folklore, pop, rock, baladas. Pero la magia de la música se instala siempre y ver a dos pibes que se sientan en un banco tocando en lugar de estar en la esquina con una birra, llama la atención”. Y Agustín se anima a decir que “lograr que pare la gente dos minutos y escuche es un logro”.

Mientras Tomás estudia en 5° año en el Instituto Juana de Ibarbourou, de Laferrere, su hermano planea ingresar este mes a la UNLaM para seguir la carrera de recursos humanos. Pero la pasión está en otro lado. “Mi sueño es vivir de la música. Y de algún modo hoy lo vamos haciendo. Vivir de la música es alegrarle el día a la gente, dibujarles una sonrisa o despertarle el recuerdo y la emoción”, dice Agustín, quien se inclina hacia la balada, el pop, con Luciano Pereyra y Abel Pintos como referentes. En cambio, Tomás es de The Beatles, Paul Mc Cartney y el rock. Pese a ello, forman una dupla que te alegra el día.

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