Para Jorge Sampaoli no fue un fracaso sino una frustración. Que la valoración quede en cada uno. En cada argentino amante del fútbol. En cada amante del fútbol que no necesariamente sea argentino. A esta altura, poco importa qué pueda decir el entrenador con contrato vigente hasta 2022 de la Selección Argentina. Los hechos quedaron a la vista.
Todo se trató de una sucesión de acontecimientos encadenados que vienen de vieja data y que solo se interrumpió con una llegada a la final hace cuatro años en Brasil, en un lapso donde más allá de la debacle creciente a nivel dirigencial en la AFA haciendo del fútbol argentino algo no serio, la conducción de un profesional como Alejandro Sabella propició armar un equipo que contuviese a Messi y en el que Messi jugase en función de equipo, eliminando por un tiempo la no menos vieja Messi-dependencia de cuanto seleccionado dirigido por el técnico a elección. El barranca abajo del fútbol argentino, acicateado por luchas intestinas disputándose la sucesión de Julio Grondona, llevó a un estado de improvisación, incoherencia e inutilidad que repercutió directamente en el equipo que acaba de cerrar en octavos de final su participación en esta Copa del Mundo de Rusia.
Que se haya hablado recurrentemente del “club de amigos de Messi” no es casual sino causal. Siempre hubo quien permitió o posibilitó que la Selección no se renovase en los últimos diez años. Se cerró la fábrica de juveniles al irse José Pekerman y Hugo Tocalli entre 2006 y 2007 y lo que siguió fue una catarata de malas designaciones y formación de jugadores jóvenes, varios de ellos con condiciones pero “quemados” en Sub-20 sin la proyección debida en la mayor. Mientras equipos como Uruguay han hecho un culto en ir incorporando paulatinamente juveniles a la selección mayor, Argentina desembocó en este fin de ciclo quedándose sin nada, con una última renovación en las camadas 2005-2007.
La era Messi donde todos apostaron por Messi como ancho de espadas para basar éxitos sin reparar que esa carta bravísima había que acompañarla con otras cartas fuertes, no con cuatro de copas y “figuras”. Con “7 bravos”. Y Argentina vio envejecer a una generación que vivió su mejor momento en 2014 sin poder redondearlo con el título. Antes hubo inmadurez y hasta pecados de juventud y después, una veteranía no siempre idónea para que el mejor futbolista del mundo explotase como lo hace en su club. Fue el plantel de mayor promedio de edad del Mundial. Y eso no fue sinónimo de algo positivo. Lo pagó en todos sus partidos, superado en ritmo y en velocidad por todos los rivales, además de su desconcierto táctico, propio de un entrenador que no fue tal y que nunca tuvo en claro cómo parar la formación ni con qué nombres jugar.
Tras el 7-1 de Alemania y el papelón vivido en su casa hace cuatro años, Brasil se refundó. Toco fondo, cambió de DT y renovó su base, manteniendo a jugadores de alto nivel y de edad con proyección, descartando “dinosaurios”. Y Brasil logró prontamente recuperar su histórica imagen, para retornar a su favoritismo. Argentina inevitablemente deberá pasar por un proceso similar.
Argentina no supera a ningún rival desde las eliminatorias mismas, más allá del resultado ocasional, que muchas veces llegó por otras circunstancias, léase ‘patriadas’. El plan ante Francia falló. Era obvio. Jugar sin un punta de área terminó encajonando a Messi en la telaraña francesa e hizo perder mucho tiempo aprovechado por un rival superior en todos los aspectos. Como fue superior Croacia. Como complicaron Islandia y Nigeria. Argentina se va en octavos en su ley: sin DT, sin equipo armado en la previa. Desaprovechando a su as de espadas. Jugando a no jugar. Jugando sin nada en claro. A barajar y dar de nuevo.