La metamorfosis que experimentó con la llegada de Caruso Lombardi alcanzó para mantener viva su esperanza hasta el final, pero no le alcanzó para evitar la pérdida de la categoría.
Se terminó. Le sacaron el respirador artificial que lo mantenía con vida. Los resultados de los rivales directos fueron los soñados, pero Quilmes perdió con Olimpo en el Centenario y se acabó la historia. A pesar del increíble y admirable sacrificio que hizo el Cervecero para seguir entre los grandes, descendió a la B Nacional y perdió la categoría que tanto le costó recuperar. Pero este final ya estaba anunciado hace rato. El desenlace, que es muy lógico por cierto, se prolongó únicamente por la rebeldía, el sacrificio y la motivación que trajo un “loco” que nunca le tuvo miedo al abismo.
El Señor Milagro
Un “loco” creyó que era posible y que convenció a todos, llámese jugadores, dirigentes (algunos en ningún momento se acercaron siquiera al sentimiento de fe), utileros, hinchas, e incluso a los futboleros que miran desde afuera, de que su pensamiento no era descabellado. Ricardo Caruso Lombardi fue el responsable directo de que el Cervecero tuviera la chance de conservar la esperanza hasta la última fecha. Y lo fue porque agarró un plantel que había quedado devastado después de los pasos de Hugo Tocalli y Leonardo Madelón. Que no mostraba ganas, carácter, sangre, ni nada de lo que se debe tener para afrontar un torneo en busca de la permanencia. Que se había acostumbrado a perder (un conjunto loser, así de corta); y le devolvió el alma, las ganas de existir. Y a partir de ahí, el equipo se entregó por completo. Pero lamentablemente para el Decano, Caruso llegó tarde, demasiado tarde. Quilmes duró una sola temporada en la máxima categoría por Quilmes, de esto no hay dudas. Será el tiempo de que los que conducen la institución hagan las cosas como se deben hacer, y frenar este sube y baja frenético creado sólo por ellos, que no hace más que castigar los corazones de todo un pueblo que en los últimos 20 años viene recibiendo un caramelo y luego una trompada en el medio de la jeta. Un grande perdió su grandeza pese al increíble esfuerzo.
Errores repetidos
Una vez más Quilmes probó con su vieja receta y el resultado fue el mismo de siempre. Se trajo a Hugo Tocalli, por su capacidad como entrenador y su identificación con el club (lo que menos tuvo este plantel en su conducción fue identificación con la blanquita), lógicamente todos estaban de acuerdo. Salvo cuando el DT, en su asunción, tiró entre risas: “Pedí premio por ser campeón”. ¿Queeeé? Casi que causó gracia. Una frase inolvidable y que con todo lo que pasó después, se asimila al “síganme, no los voy a defraudar”.
Una veintena de refuerzos
Después, don Hugo agarró el plantel que quedaba del ascenso, y arrasó como un tsunami. Limpió a la gran mayoría, los que lograron seguir, quedaron pintados al óleo y ¡¡¡trajo más de 20 refuerzos!!! La fórmula que pregona Quilmes desde hace 30 años. El resultado de Tocalli como DT fue el desastre que ya todos conocen. Luego, vino Madelón a tratar de levantar el muerto, pero solo consiguió algunos resultados buenos y se terminó yendo por la puerta de atrás. Ahí Aníbal Fernández convenció a Caruso. Algo que había intentado con anterioridad, sin exito. Y el DT estuvo a punto de convertirse en santo; pero se quedó en la puerta de un milagro que en Quilmes se hubiese recordado por siempre.
Por ANUAR PECHE

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