No es un recurso nostálgico plantear que la Selección también se fue debilitando afuera de la cancha, revelando una lejanía que la distanció del fútbol argentino. La tendencia de desalentar la convocatoria de jugadores que actúan aquí y privilegiar a los del exterior, construyó una Selección muy desconectada de la gente. Ese vínculo que se perdió debe reconstruirse, enfocándose en armar un equipo de acá que reivindique la necesidad de jugar en la Argentina

Cada cuatro años, en ocasión de cada Mundial, todos o casi todos emprendemos la gran aventura de sentirnos parte de la Selección. Queremos a la Selección. Es un viaje futbolero que viene de lejos. Y que cada uno va registrando en la memoria. O en las ficciones no reveladas de la memoria muchas veces nostálgica.

Decir que queremos a la Selección como la quieren millones de argentinos no significa que no veamos las cumbres borrascosas del paisaje. Porque la Selección se fue reconvirtiendo en los últimos años en una postal deteriorada de nuevos y viejos desconciertos. Es verdad, llegó a la final en Brasil 2014. También llegó a la final en la Copa América 2015 en Chile y 2016 en Estados Unidos. No ganó ninguno de los tres partidos decisivos. No convirtió ningún gol. Pero no hablamos de triunfos y derrotas. Hablamos de otra cosa.

Hablamos de lejanías. Y quizás de distancias simbólicas que también son reales. La Selección viene siendo cada vez más una lejanía. Algo que no está acá. Que no se hace acá. Que se construye o se deconstruye en otra parte. En otras geografías. En otros escenarios. Y hasta con otras sensibilidades y sentidos de pertenencia.

Aquella Selección de Menotti campeón del mundo en el 78, que recorrió casi todo el país jugando en muchas provincias, tenía en el plantel a un solo jugador que actuaba en Europa: Kempes (Valencia), mientras que Tarantini después de la consagración se sumó al Birmingham, Bertoni al Sevilla y Ardiles y Villa al Tottenham Hotspur.

MARIO KEMPES - MUNDIAL ARGENTINA 1978_result.JPG

Aquella Selección de Bilardo campeón del mundo en México 86, que en la etapa previa nunca levantó vuelo ni conectó con los hinchas como lo hizo la del 78, tenía en el plantel solo a cinco jugadores que actuaban en el exterior: Maradona (Napoli), Burruchaga (Nantes), Valdano (Real Madrid), Pasculli (Lecce), Zelada (América).

Después, cada Mundial nos fue trayendo otro perfil, otra tendencia: pocos, muy pocos jugadores de acá y muchísimos del exterior. Y hasta se dio un caso especialísimo: Messi, el heredero de Maradona sin el fuego sagrado, la personalidad ni la épica de Maradona, nunca jugó aquí en la Primera de ningún club. Siempre fue de allá, del Viejo Continente, de los catalanes, del Barça, aunque nunca dejó de reivindicar su origen.

El vínculo de la Selección con la gente hace ya demasiados años se fue debilitando de manera progresiva. Y es probable que fueran muy pocos los que leyeron o interpretaron que ese vínculo emotivo debía fortalecerse. Para no naturalizar la lejanía como se naturalizó. Como si fuera normal que la Selección únicamente disputara en la Argentina las Eliminatorias. Y nada más. ¿Para qué más?, podría preguntar alguien atrapado por la lógica salvaje del show business.

La institucionalidad de la Selección quedó atrapada desde hace años en la ciénaga del negocio globalizado. Si pudiera no jugaría ni los partidos de las Eliminatorias en la Argentina. La AFA los vendería a Europa con Messi o sin Messi. Aunque sin Messi interese a un mercado más pequeño. Esa desconexión y quiebre emotivo no pasa de largo. No es gratuito. Atraviesa las paredes. Aleja la posibilidad intransferible del encuentro que siempre deja sus huellas. Ahoga el contenido de una empatía enriquecedora.

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Se nos fue yendo la Selección, anclada en otros horizontes. Poco a poco. Mundial tras Mundial. Nos fue dejando. Como se dejan por el camino tantas otras cosas más o menos valiosas que después reivindicamos. Y en esa rutina del abandono que la historia oficial no va a registrar como abandono, pero que sin lugar a dudas lo es, se van perdiendo pedacitos invisibles de identidad.

La identidad de la Selección que siempre quisimos. Más allá del Flaco Menotti o de Bilardo. De Maradona o de Messi. Más allá de la idea proclamada para jugar al fútbol. Más allá de las diferencias que pueden ser notables. O superficiales. No importa. Todo eso ahora no importa. Porque lo otro es lo que verdaderamente importa.

Es el cordón nunca destruido que nos une a la Selección. Es la camiseta de primera marca o trucha con o sin número. Es el escudo bordado de AFA (con dos estrellas que son dos títulos mundiales) en un humilde tallercito textil del suburbio. Es la mística reconocida que irradiaron tantos jugadores inolvidables que conocimos y recordamos. La mística que se fue resignando sin poder saber bien las causas. Porque las causas a veces son abstractas. O muy complejas para identificarlas.

La verdad, casi siempre inalcanzable, es que la Selección necesita a la gente. Y la gente necesita a la Selección. A una Selección más próxima. Más cercana. Más cálida. Más sensible a un ida y vuelta.

A una Selección que con un entrenador o con otro, se vaya perfilando y haciendo desde acá. Desde la Argentina. Jugando en la Argentina como lo hacía en la segunda mitad de los 70. Para intentar recuperar algo. Para volver a ser. Como lo fue antes.

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