L a vida de Antonio “Chipi” Barijho es tan atrapante como dura, tan apasionante como difícil de poder soportar. Nació el 18 de marzo de 1977 y se crió en los difíciles pasillos de la Villa 21-24 en el barrio de Barracas. Desde muy chico tuvo que sufrir y pelear para poder comer ya que con apenas cinco años sus padres se separaron y la situación económica no era para nada alentadora.
“Muchas veces lo único que comía para ir a practicar era un sandwich de salame y queso; así y todo, llegué a Primera”, cuenta el Chipi que no sólo se dio el gusto de debutar y llegar a Primera en el Huracán que lo vio nacer sino que también pudo ser campeón varias veces con Boca.
Tal vez el signo distintivo del Chipi fue la perseverancia. Desde que firmó el primer contrato con Huracán supo que no podía regalar absolutamente nada y lo único que hacía con el dinero era cubrir las necesidades básicas y el resto lo ahorraba. Según contó en su momento el primer gran lujo que se dio con el sueldo de jugador fue comprarse una cama. Sí, no eligió un auto de lujo, tampoco un viaje, simplemente quería sentir la sensación de dormir cómodamente y no sufrir las consecuencias de dormir en condiciones poco agradables.
Hoy el Chipi sigue trabajando en Huracán con los chicos y no solo les enseña a jugar, sino que les inculca ese sentimiento de pertenencia y de superación tan únicos e indispensables. Además de tener su primera cama, gracias al Globo conoció el mar en una pretemporada, dejó los pasillos de la Villa 21 y aprendió que alimentarse era algo más que ese único sandwich de salame.
“Yo me acuerdo en aquellos años que moría por llegar a Primera. Yo me quería salvar, porque en ese momento, mi situación económica era terrible. Espiritualmente mi vida era muy dura. Pasé pobreza. Dura pobreza. Viví cosas feas. Pero el fútbol me ayudó y me contuvo. Formé una familia, con mujer e hijos. Hoy tengo otra mentalidad. Yo gané. El fútbol a mí me salvó la vida”, repitió hasta el cansancio.
El Chipi nunca se fue de Huracán, tampoco del barrio. Hace algunos años después de su retiro, decidió volver y darle una mano al Club Peñarol Argentino, en el Bajo Flores, que recibía chicos de distintas villas y entre ellas la de la 21-24 donde se había criado Barijho. “A este barrio, al Illia y a la 21 los conozco porque son los de mi infancia. Yo nací en la 21 y mis amigos eran de ahí. Todavía tengo los mismos amigos. También tengo amigos de acá. Nunca me la creí. Yo camino por estas calles y me encuentro con un montón de pibes que conozco de toda la vida, de Pompeya y Parque Patricios”, recordó Barijho, remarcando ese origen que lo hace sentirse fiel a sí mismo y a los que quiere. “Lo hago gratis, porque acá no gano un peso. Pierdo en lo económico, pero gano en lo otro. Lo único que me llevo es sentirme bien. Y ojalá que esto me sirva para que me llamen a dirigir en otro club. Banfield, Huracán, podrían ser. Con ellos tengo buena relación”, se esperanza. “¿Hoy? Hoy vivo de negocios. Nada que ver con el fútbol”, recordaba en su momento el Chipi quien con el tiempo se metió de lleno en Huracán.