Noches atrás, bajo una intensa lluvia, dos jóvenes que se trasladaban en motocicleta, subieron su vehículo a la vereda, me interrumpieron el paso y me pidieron que les entregara mi mochila y el dinero que llevaba en los bolsillos. Uno de ellos llevaba un arma de fuego. Sin tiempo siquiera para el susto, accedí sin resistirme y huyeron rápidamente en la oscuridad. El episodio no debe haber durado más de treinta segundos.
No es mi intención detenerme en uno de los tantos hechos de inseguridad a los que vivimos expuestos. A diario nos enteramos de situaciones dramáticas y algunas de ellas verdaderamente trágicas. Sí, por el contrario, quiero focalizar en el verdadero laberinto que debe sortear una persona que, de golpe, ha perdido gran parte de su documentación e intenta, lo antes posible, recuperar su status de ciudadano y estar “habilitado” para desarrollar sus actividades con cierta normalidad.
En mi mochila había -además del celular, un par de anteojos y un juego de llaves de mi auto- el DNI, la tarjeta SUBE, la credencial de medicina prepaga, el registro de conductor, la cédula verde y la constancia de seguro.
Tras una noche que se hizo larga, me dispuse al día siguiente a comenzar los trámites bien temprano, sin perder tiempo. Aclaro que no doy detalles identificatorios de mis interlocutores, por considerar que los empleados de cada repartición son, también, víctimas del mismo sistema y, en definitiva, quienes terminan poniendo la cara. Sí se reproducen los diálogos tal cual ocurrieron.
El primer paso, obviamente, fue la comisaría.
Al comentarle a la oficial que me tomaba la denuncia que la esquina donde me habían asaltado se había transformado en un sitio elegido por los delincuentes en las últimas semanas, me respondió –para mi sorpresa- que no conocía el cruce de esas calles. Le respondí que me llamaba la atención porque la seccional queda a sólo seis cuadras y le pregunté si hacía poco que se desempeñaba en la zona. “No señor, hace tres años que hago aquí este trabajo”, expresó impasible, mientras seguía completando el formulario en su computadora. Algo ya empezaba a ponerme en clima en este rompecabezas que intentaba armar.
Con mi denuncia impresa, adquirí una nueva tarjeta SUBE, la hice cargar y fui tras el primer objetivo: conseguir el nuevo DNI.
Me trasladé al Registro Civil más próximo y al comentar al empleado de Informes que había sido objeto de un asalto y a punto de mostrarle la denuncia de robo, me frenó en seco: “Señor, ¿usted sacó turno por internet?”. Ante mi negativa, me dijo que no se atendía al público si no era bajo esas condiciones. Me pidió que no insistiera y, al preguntarle si sabía con qué demora se otorgaban los turnos, se encogió de hombros. “En internet está la información”, respondió, cerrando el diálogo de un portazo. No había que ser muy intuitivo para advertir que las gestiones no iban a resultar sencillas.
A una decena de cuadras de allí está la sede del Registro Automotor donde está radicado mi vehículo. “Voy a ganar tiempo con la cédula verde”, pensé. Cuando ingresé, le comuniqué a la empleada lo del robo.
-“¿Tiene su DNI?”, me preguntó.
-“No, también me lo robaron”, expliqué.
-“Entonces primero saque el DNI y cuando lo tenga puede empezar el trámite del duplicado de la cédula verde”.
-“¿No puedo adelantar nada? Tengo la denuncia policial” –supliqué.
-“No señor, primero el DNI”, apuntó sin compasión.
No podía creer que el único adelanto a lo largo del día hubiese sido tener solamente la tarjeta SUBE. Atravesé otras quince cuadras y me fui a la sede municipal donde otorgan la licencia de conducir.
No quiero abundar en la reiteración: Sin DNI, no hay trámite.Concentré toda mi energía entonces en un único objetivo: cómo conseguir lo antes posible el DNI para poder comenzar de una vez el resto de los trámites.
Visité otra delegación de Registro Civil. Allí me indicaron que podían darme un turno para los próximos días, pero que había demora en las entregas. Me recomendaron que me trasladara a una nueva oficina de Migraciones, donde suelen realizar el trámite mucho más rápido.
Con la esperanza reverdecida, tras una larga cola, me atendió una empleada que me indicó que allí entregan el DNI en diez días. Le dije que no podía esperar todo ese tiempo para comenzar el resto de los trámites. Que necesitaba una solución urgente para volver a mis ocupaciones.
-“Entonces lo que usted necesita es ir a gestionar el DNI 24 Horas. Allí se lo hacen de un día para otro –señaló.
Por primera vez –me dije- alguien que parece interpretar con justicia mi situación .
-“Tiene que trasladarse a Capital, a Paseo Colón y Humberto Primo. Eso sí, le va a salir bastante más caro. Este que damos acá cuesta 300 pesos y el 24 Horas le sale 1.500”.
Respiré hondo. Confronté el gasto en dinero con el tiempo que recuperaría y tomé la decisión. Me caminé otras seis cuadras hacia el cajero automático más cercano para retirar el dinero. Al acercarme al lugar observé que no había nadie haciendo cola frente al aparato. Por fin un trámite rápido. Al llegar, un hombre de seguridad del Banco comenzó a mover sus brazos como un limpiaparabrisas. Me acerqué y me anotició: “Se cayó el sistema. No sabemos cuándo va a volver”.
A esas alturas necesitaba una pausa. Quienes hayan acumulado varias décadas recordarán –como yo en ese momento- un sketch que fue todo un símbolo en el programa de televisión La Tuerca, a fines de los años ’60 y principios de los ’70. Un atribulado contribuyente –interpretado por Joe Rígoli- debía realizar el trámite para que le autorizaran plantar un arbolito en la vereda de su casa. El empleado –Tino Pascali- encontraba siempre la manera de que hubiese un obstáculo y de que tuviese que regresar una y otra vez para que le otorgaran el dichoso permiso que nunca llegaba. Durante años, el “cuento del arbolito” fue considerado un verdadero símbolo y un punto referencial a la hora de llevar adelante alguna gestión en un organismo público.
Después de almorzar y de repensar toda la situación, me dirigí a la sede donde otorgan el DNI en 24 horas, ya conseguida la suma necesaria.
Al llegar, le explico mi urgencia a un hombre mayor, ventanilla mediante.
-“¿Sacó usted turno por internet? ¿Realizó el prepago con tarjeta de crédito o débito?”, me ametralló.
Quise mostrarle la denuncia de robo y explicarle que había llevado el dinero.
-“Aquí no tomamos dinero en efectivo. El sistema funciona así. Hay que pagar antes vía internet. Y tiene que venir con el pago impreso”, me tiró, mientras seguía observando su celular.
Me quedé quieto y mudo. No podía creer que terminara el día de esta manera. Mis piernas pedían auxilio y no había podido adelantar nada. Nada de nada.
Insistí, sin esperanzas, sobre si había alguna alternativa. El empleado me dijo que lo que podía hacer era llamar a un familiar o a un amigo que me proporcionara los números de su tarjeta de crédito y que con esos datos me trasladara a un locutorio, me metiera en la página de la repartición y realizara desde allí el trámite previo. Eso sí, me aclaró que no tenía ni idea de dónde podía encontrar el locutorio salvador.
Pregunté en tres kioscos, pero tampoco sabían. Caminé unas diez cuadras calle arriba hasta hallar el local. Ya casi un oasis en el desierto. Previa llamada a un familiar, pude realizar el pago, imprimirlo y volver a realizar la gestión que no debe haberse extendido más de quince minutos.
El trámite del DNI ya estaba ingresado y había que volver a retirarlo al día siguiente. Había caído la noche. Exhausto, volví a casa y, sin cenar, me metí en la cama.
Al otro día, el itinerario comenzó con la búsqueda de una nueva credencial de medicina prepaga. Sin perder tiempo, me otorgaron un permiso provisorio con el que podría atenderme de manera normal y me dijeron que a más tardar en quince días me enviarían a domicilio el nuevo carnet.
Pensé: “No es tan difícil”. La empresa privada había resuelto en minutos mi problema. ¿Por qué muchos de los organismos oficiales –tomando las medidas de seguridad adecuadas- no tienen los mismos reflejos cuando se trata de alguien que, involuntariamente, se ha quedado sin sus documentos?
¿Por qué no hay un protocolo que contemple la situación de la víctima en estos casos de inseguridad?
Con el ánimo renovado, credencial en mano –provisoria pero legítima- visité a mi oftalmólogo y luego encargué unos nuevos lentes para ver de lejos.
Por la tarde, retiré mi nuevo DNI. Sentí por primera vez que, ahora sí, estaba en carrera.
La mañana siguiente comenzó con la gestión de la cédula verde del auto en el Registro Automotor. Ya me habían anunciado que el trámite costaba 800 pesos. Llevé mi tarjeta de crédito –qué alivio que no la tenía encima la noche del robo- y, por supuesto, mi nuevo DNI.
Una vez que me informaron que el trámite se extendería más de las 48 horas habituales, ya que había un feriado en el medio, me disponía a abonar cuando la palma de la mano de la empleada me detuvo. “Señor, aquí sólo se paga en efectivo. No usamos posnet”.
¿Por qué no se pondrán de acuerdo? Volví a buscar efectivo, pagué mis 800 pesos y me dieron un comprobante. Les pregunté si me podían dar un permiso provisorio para poder utilizar el auto.
-“No señor, el auto no lo puede usar hasta que no tenga su cédula verde”.
Como parte del trámite me entregaron un libre deuda de infracciones que incluyó no sólo el área de la provincia de Buenos Aires, sino el de una lista enorme de localidades del interior del país tan desconectadas como Pozo del Molle (Córdoba), Curuzú Cuatiá (Corrientes), San Ramón de la Nueva Orán (Salta) y Clorinda (Formosa).
Una hora después avancé hacia una nueva instancia: la licencia de conducir. Tengo mi DNI y la denuncia por robo.
-“El trámite de duplicado es más sencillo que cuando viene a renovar el registro. Eso sí, tiene antes que sacar un libre deuda de infracciones”, me aclaró una empleada.
-“Lo tengo, me lo dieron en el Registro Automotor”, le respondí y se lo mostré.
-“No señor, el libre deuda que necesitamos es de la municipalidad. Ah, y de la provincia de Entre Ríos. El de la provincia de Buenos Aires no lo necesitamos. Se lo dan en la oficina de Fiscalización, a unas seis cuadras de aquí”.
A esta altura, ya nada me resultaba inverosímil. Me trasladé a la oficina donde otorgan ese libre deuda en particular y, una vez obtenido –sin cobrarme un peso, créanlo- volví a gestionar mi licencia de conducir.
Después de una larga espera, el trámite se cumplió concierta rapidez, y me indicaron que lo normal es que el carnet sea entregado en una semana, aunque podría llegar antes por ser duplicado. Les pedí una autorización provisoria para circular. Pero no, hay que tener el registro en la mano.
Llegó el momento de pagar -723 pesos- y esta vez iba prevenido. Llevé dinero en efectivo y, además, la tarjeta de crédito. Confiado –para algo sirve la experiencia- pregunté de qué manera se podía pagar.
La empleada respondió: “Con tarjeta de débito del Banco Provincia”.
Estaba a punto de desmayar cuando la misma empleada volvió sobre sus pasos y agregó un pulmotor a sus palabras: “Y, por supuesto, en efectivo…”.
Con el alma ya en su sitio, esperé varios días –“estamos escasos de insumos” fue el argumento- hasta que obtuve mi nueva licencia.
Una vez que me la entregaron, salí del lugar y me senté sobre una pequeña pared de una casa contigua a la repartición municipal. Pensé en ese momento en los dos jóvenes que esa noche de lluvia se llevaron, con total sencillez, una mochila llena de papeles plastificados que no les servirían para nada.
También me quedé pensando en los treinta segundos que duró el asalto.
Y, sobre todo, en su onda expansiva, que, como un absurdo y persistente eco, revive, una y otra vez, la sensación de despojo.
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