El gobierno siente que el resultado electoral en la provincia de Buenos Aires les dio aire. La crisis económica no cede. El dólar. El fallo favorable a Cristina

Hay otro clima en los despachos oficiales, o al menos eso quieren hacer notar los funcionarios más vinculados al Presidente. Desde la curiosa celebración de la victoria que no fue, se esmeran en demostrar que el resultado bonaerense más ajustado les dio otra vida que no piensan desaprovechar.

No es que no tengan claro que perdieron. En la intimidad lo reconocen; dan algunos rodeos, pero siempre terminan admitiendo que donde esperaban ganar holgados, terminaron celebrando una remontada que apenas sirvió para maquillar la derrota. Porque como diría Axel Kicillof, las elecciones se ganan o pierden por un voto.

Pero hasta haber perdido tiene su costado "positivo" para los albertistas, que a eso atribuyen el silencio circunstancial de la vicepresidenta, que quebró el fin de semana con una nueva carta en la que esta vez no pone en aprietos al Presidente, sino más bien aclara que él es el que "tiene la lapicera". Ella sabe que perdieron, o más aún: que ella perdió en el distrito que considera propio, de ahí su repliegue táctico. Y en Casa Rosada quieren aprovecharlo tratando de exhibir cierta autonomía presidencial.

Es así que se dan situaciones inéditas, como un Matías Kulfas desautorizando a Roberto Feletti que había especulado con subir las retenciones a las exportaciones de carne. El ministro de Desarrollo Productivo es en definitiva el superior directo del secretario de Comercio Interior, pero está claro que hasta las elecciones ni se le hubiera ocurrido contradecirlo. La realidad es que Kulfas sigue siendo ministro, cuando todos lo daban afuera pasado el 14 de noviembre y eso se ve que le sienta bien.

Al punto tal de fotografiarse sosteniendo un pico, junto al intendente Fernando Gray, serrucho en mano, y Juan Manzur, sosteniendo una pala ancha, en una imagen a la que previsiblemente todo el mundo comenzó a buscarle significado. El intendente de Esteban Echeverría es el hombre que desafió en su momento a Máximo Kirchner en su deseo de hacerse cargo del PJ bonaerense.

Pero ese supuesto empoderamiento no alcanza a transformarse en un escudo para los tiros en los pies que siguen dándose. Arrancó la semana el embajador argentino en Chile, Rafael Bielsa, despojándose del cargo para transformarse en una suerte de analista político que destrató malamente al ganador de la primera vuelta en el país donde nos debe representar. Como si pudiera asumir el rol de librepensador, Bielsa infringió todas las reglas de la diplomacia al opinar sobre un candidato presidencial del país donde se aloja y hasta hizo trizas el argumento de "no injerencia" en asuntos internos que el gobierno de Alberto Fernández repite cada vez que se diferencia del resto del mundo occidental respecto de Venezuela, Cuba y Nicaragua.

Si bien el canciller Santiago Cafiero tuvo que comunicarse con su par trasandino para darle explicaciones, y hasta voceros del gobierno aclararon que el embajador argentino había hablado a modo personal, la toma de distancia no llegó al extremo de emitir un comunicado formal desautorizándolo, ni mucho menos relevarlo del puesto. El gobierno argentino sigue estando totalmente compartimentado, y ni siquiera el Presidente parece tener la autoridad suficiente para echar a nadie.

Sorprendió porque Bielsa es muy cercano a Fernández. No pasa lo mismo con Ariel Basteiro, embajador cristinista en Bolivia, que más que al mandatario argentino, pareciera reportar al presidente Luis Arce. O a Evo Morales, a quien defendió el jueves en una marcha de respaldo al expresidente de la que participó como un militante. Y en ese marco, el exsindicalista aeronáutico dio una enfática arenga en la que llamó a "ganar la calle" contra el avance de "la derecha" en la región.

El principio de injerencia en asuntos externos es en realidad una marca de origen del kirchnerismo. En 1988, siendo intendente de Río Gallegos, Néstor Kirchner fletó micros a Santiago para que cientos de chilenos exiliados pudieran ir a votar en el plebiscito convocado por Augusto Pinochet para intentar perpetuarse en el poder.

La semana terminó para el gobierno con otra polémica, luego de que el Banco Central prohibiera a las entidades financieras y no financieras emisoras de tarjetas de crédito financiar en cuotas las compras de pasajes al exterior y demás servicios turísticos. La medida implementada en vísperas del Black Friday causó fuerte rechazo de los usuarios, pero también y sobre todo del sector turístico, que esperaba esta época para recuperarse de la peor crisis de la historia del turismo. La Federación Argentina de Asociaciones de Empresas de Viajes y Turismo advirtió que la medida impacta especialmente sobre las agencias más pequeñas. En un duro comunicado, reprocharon "la incapacidad de generar medidas serias", como así también "las mismas decisiones de siempre tomadas de forma inconsulta y claramente como un parche que no hará más que perjudicar a la industria turística, motor de la economía argentina".

En efecto, el propio gobierno apuesta al sector turístico como uno de los ejes de la recuperación post pandemia, de ahí que la medida haya sido vista como otro tiro en el pie. Pasa que si bien la disposición obedece a la carencia de dólares que lleva a las autoridades a desalentar el viaje de argentinos al exterior, ello conlleva que menos turistas lleguen al país. Sucede que la restricción de vuelos que todavía se mantiene, y sobre todo ahora que menos argentinos viajarán a otros países, la oferta aerocomercial se restringirá también para llegar a la Argentina, pues sin pasajeros locales que viajen, la ecuación no les funciona. En consecuencia, lo que se ahorra por un lado se pierde por otro.

Pasa que la situación es tan grave que lleva a las autoridades del BCRA a extremar cepos sobre cepos. Expresidente del Central en tiempos de Macri, Guido Sandleris detalló la "desesperación" de ese organismo que lo llevó a adoptar una medida que Gabriela Cerruti salió a minimizar calificándola de "momentánea, puntual y específica", sin que nadie le crea. Según Sandleris, el BCRA tiene hoy aproximadamente 5.500 millones de dólares de reservas netas, un número "muy bajo" que alcanza solo para cubrir un mes de importaciones y que viene cayendo. Para fin de año, acotó, si se hace el pago al FMI en diciembre, se proyecta que le quedarán 2.500 millones.

Las reservas caen porque con cepo cambiario, entre octubre y marzo el Central suele vender dólares en el mercado al no estar los fuertes ingresos de dólares de la cosecha de soja y maíz que recién comenzarán a llegar en abril. Esta situación se agrava este año, afirma Sandleris, porque "el déficit fiscal primario del último trimestre va a ser el más grande de los últimos 20 años". 2,1% del PBI, para un déficit total en el año de 3,4% del PBI.

El extitular del BCRA vincula el déficit fiscal y la pérdida de reservas con la falta de credibilidad del gobierno que hace que no le presten para financiar el déficit, lo que lo lleva a financiarse emitiendo pesos. "Entre noviembre y diciembre se viene una avalancha de pesos", anticipa Sandleris, lo que generará algo de actividad económica, pero también mucha inflación y presión sobre el dólar paralelo. Al estar pisado el dólar oficial, justamente para contener la inflación, la brecha cambiaria crece, lo que acelera la pérdida de reservas del Banco Central. Por venta de dólares en el paralelo para contener el blue, y porque con semejante brecha los incentivos para exportar caen y los incentivos para importar suben.

En este marco, la combinación de políticas económicas utilizadas para tratar -sin éxito- de mejorar las chances electorales se mantiene hoy y es para Sandleris "insostenible y peligrosa", por cuanto el BCRA se va quedando sin reservas y con ello, sino hay cambios significativos, "la economía caminará por la cornisa".

Desde la otra vereda le recordarán como un karma a Sandleris que encabezó el Banco Central durante la última parte de la gestión macrista. Y él responderá que al dejar el cargo había en el Central 44.000 millones de dólares. En el gobierno culpan a alguien del FMI de haber difundido en Wall Street que el acuerdo con Argentina está lejos de alcanzarse, como justificativo de los niveles récord de riesgo país. En realidad, para que ese número se dispare alcanza con la descripción que acabamos de hacer.

En ese marco es que las miradas salieron de la economía para posarse en la justicia al conocerse el sobreseimiento de la vicepresidenta en la causa Hotesur-Los Sauces. Esa era la que más preocupada la tenía por la carga de pruebas existente y estar imputados allí sus hijos. Siete años lleva la investigación que en menos de un mes el tribunal dio por cerrada. Fue una carrera contrarreloj, pues este martes vencía la subrogancia del juez Adrián Grünberg, uno de los dos votos que resolvió no hacer el juicio.

Es el tercer sobreseimiento para la expresidenta en siete meses, a saber: dólar futuro, memorándum con Irán y ahora Hotesur-Los Sauces. Ninguna de las causas llegó al juicio oral. Dicen que la expresidenta está desencantada con la gestión que desarrolla Alberto Fernández. Y que ese enojo también alcanzaba lo judicial, de ahí la eyección de Marcela Losardo. Las cosas cambiaron, al menos en ese sentido.

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