Anticipo del próximo libro del Dr. Eduardo Duhalde sobre el fenómeno de las drogas

El fenómeno de las drogas y su expansión a nivel mundial es una de las grandes preocupaciones que ha atravesado mi trayectoria política desde mis comienzos como intendente en Lomas de Zamora hasta la actualidad. Y así lo demuestran los seis libros anteriores que publique al respecto: ‘Los políticos y las drogas’ (1988); ‘Hacia un mundo sin drogas’ (1994); ‘Familia, Sociedad, Política y Drogas’ (1997); ‘Los políticos y las drogas. 20 años después’ (2009); ‘Es hora de que me escuchen’ (2010); y ‘Humanización o Megabarbarie’ (2011).

Estas casi cuatro décadas en el seguimiento del tema han tenido una característica inalterable más allá de los cambios culturales y políticos: las instituciones de la democracia no han sabido darle la magnitud, el enfoque y las respuestas a largo plazo que la problemática amerita.

En más de una oportunidad, expresé mi frustración por encontrarme solo en esta lucha, ya que la mayoría de mis pares minimizaban la cuestión mediante la recurrente frase ‘la Argentina es un país de tránsito’.

El desentendimiento de los políticos argentinos hacia este fenómeno es incomprensible. Sólo se explica esta necedad por una combinación de elementos negativos que caracteriza a buena parte de nuestra dirigencia: soberbia, ignorancia, corrupción y cobardía.

El consumo de drogas es una de las grandes causas de muerte en nuestro país y en el mundo y no se comprende que el fenómeno sea ignorado como lo es.

Igualmente incomprensible es que desde los gobiernos se haya abandonado la política de prevención y asistencia de la drogadependencia. Han desaparecido hasta los spots televisivos y radiales que intentaban aportar a la prevención del consumo de drogas. Y la enorme capacidad de impacto de las redes sociales no ha sido tampoco utilizada para ese fin.

Esta verdadera ausencia del Estado en una problemática de primera magnitud ha contribuido, a la vez, a ‘normalizar’ el consumo en la sociedad. Ya es ‘natural’ ver grupos de adolescentes fumando un porro en las calles, a la salida del colegio, por ejemplo.

Según el informe del SEDRONAR de 2016 -no tenemos ninguna evidencia de que el índice haya decaído- 1 de casi 5 causas de muerte es por el consumo de drogas, en el grupo de edad de 15 a 64 años. Se registraron en total casi 15 mil muertes en ese año.

De ese total, la mayoría corresponde a varones -el 72,9%- frente al 27,1% de mujeres.

A nivel mundial, Naciones Unidas ha estimado en hasta 253.000 las muertes anuales causadas por el consumo de drogas en el mundo, con los derivados del opio como los más letales, y advierte sobre un incremento del uso de narcóticos en América Latina, África y Asia.

‘Se estima que de 99.000 a 253.000 muertes pueden atribuirse al uso de drogas ilícitas; la mayoría de esas muertes, que se podrían evitar, fueron casos fatales de sobredosis de personas dependientes de opiáceos’, señala un informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Onudd).

La magnitud de este drama y la ‘naturalización’ del consumo debieran despertarnos y movernos a atacar el fenómeno desde la perspectiva sanitaria.

Sin embargo, entre nosotros se sigue insistiendo en la persecución del narcotráfico como enfoque primario para enfrentar la compleja problemática de las drogas.

Este enfoque equivocado, la indiferencia incomprensible de los gobiernos y la ‘naturalización’ del consumo, me han movido a volver sobre el tema con el próximo libro dedicado a recuperar la iniciativa en la lucha contra las drogas: ‘La guerra o la paz: el dilema de la prevención de adicciones’.

El hecho de que todavía en nuestro país se siga insistiendo en la persecución del narcotráfico para enfrentar a las drogas me lleva a escribir una vez más sobre el tema.

Si bien no niego que ese aspecto debe ser afrontado con todas las fuerzas en seguridad del Estado, estoy convencido de que la verdadera solución, la más profunda y efectiva, es el abordaje enfocado en la salud, generando las estructuras y los programas necesarios para la prevención, asistencia y rehabilitación de los adictos, que son enfermos y no delincuentes.

En el mundo hace tiempo que quedó demostrado que la postura de ‘la guerra’ ha fracasado. Su máxima representación es la política belicista de Estados Unidos y sus sucesivas guerras declaradas contra las drogas, las cuales sólo profundizaron el problema, estigmatizando grupos sociales y etarios, exacerbando los niveles de violencia.

Estados Unidos es el país que más recursos ha destinado a dar batalla contra el narcotráfico y, sin embargo, sigue siendo el mayor consumidor del mundo. Mientras tanto, los cárteles de la droga y el crimen organizado continúan creciendo. Lamentablemente hoy vemos cómo la política del presidente Trump retomó este camino, malogrando el reconocimiento que Obama había realizado sobre ese fracaso en 2009 al afirmar ‘no vamos a salir del problema de las drogas por medio de las detenciones’.

El otro enfoque, el de ‘la paz’, es el que adoptaron los países europeos, con sus diferentes matices. El caso de España es uno de los que he observado personalmente en mis sucesivos viajes desde la década de ‘80, cuando comenzó a implementarse el Plan Nacional sobre Drogas a la actualidad.

Este programa sostenido se basa fundamentalmente en políticas de salud y educativas y cuenta con el apoyo de todas las instituciones vinculadas a la cuestión. Sus evaluaciones son altamente positivas en lo que respecta a la reducción de la demanda y la oferta de drogas.

Hoy hay consenso en que este enfoque constituye la alternativa válida al modelo norteamericano. El criterio de establecer el problema de las drogas como un tema de salud pública ha ido ganando posición en ese debate, en el que la postura instaurada nuevamente por el gobierno de Donald Trump se encuentra prácticamente en soledad.

Con un equipo adelantado a la época, esos fueron los principios que comenzamos a aplicar en los años ‘80 en Lomas de Zamora, cuando el problema apenas comenzaba a hacerse visible en las familias y en los barrios. Con este grupo de profesionales, encabezado por el Dr. Horacio Pacheco, desarrollamos tareas de prevención y asistencia específica e inespecífica en el Municipio durante mi segundo período como intendente (1983-1987).

El mismo modelo, que tuve el honor de entregarle al Papa Juan Pablo II en 1989 bajo el nombre ‘Modelo Cristiano de Prevención de la Drogadependencia’ y de presentarle al vicepresidente norteamericano Dan Quayle dos años más tarde, fue el que implementamos en mayor escala en la provincia de Buenos Aires.

En un próximo anticipo de mi libro, detallaré esta gran tarea que llevamos adelante en todo el territorio bonaerense gracias a la enorme gestión de la Universidad del Salvador, cuyos equipos estuvieron a cargo de la estructuración y la implementación de los programas con que accionamos durante mis dos períodos como gobernador (1991-1995 / 1995-1999).

(*) Eduardo Duhalde, Ex presidente de la Nación

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