Fue en la noche del 22 de noviembre de 1955, cuando su cadáver embalsamado fue robado de la sede de la CGT bajo las órdenes de Pedro Aramburu; Después se lo llevaron a Italia, hasta que volvió al país en 1974

Hay quienes señalan que el sufrimiento de Eva Duarte no terminó con su muerte. Algo que es real si se considera que no pudo descansar en paz durante muchos años al convertirse sus restos en un trofeo de guerra y venganza.

El médico español Pedro Ara Sarriá había embalsamado a Eva tras su muerte, el 26 de julio de 1952. Había trabajado cuarenta meses sobre su cuerpo en un laboratorio montado en la sede de la CGT. Le había quitado el rictus de dolor en su rostro originado por el cáncer. El cadáver parecía una escultura de cera. Evita era su obra.

Lo cierto es que el lúgubre periplo de su cuerpo comenzó en la noche del 22 de noviembre de 1955, cuando por órdenes directas de Pedro Eugenio Aramburu, un comando de marinos al mando del teniente coronel Carlos de Moori Koenig entró por la fuerza en el edificio de la CGT, derribó el busto de Evita que se encontraba en el primer piso y con armas forzaron la puerta de la capilla del segundo piso.

Allí quemaron las banderas argentinas dispuestas sobre el cadáver y orinaron sobre el mismo, antes de llevárselo. Durante tres días, el cuerpo recorrió diferentes puntos de la ciudad, a fin de no levantar sospechas, dentro de una camioneta.

Varios destinos

El cadáver de Eva permaneció en esa camioneta durante varios meses y deambuló por distintas calles, en depósitos militares e incluso en la casa de un oficial, ya que Moori Koenig, que pertenecía al Servicio de Inteligencia del Ejército, instaló en su oficina el féretro, con el cadáver de pie.

La siguiente orden de Aramburu fue encomendar al coronel Héctor Cabanillas sepultar clandestinamente el cuerpo. El hecho se conoció como la Operación Traslado y fue diseñado por el entonces teniente coronel —y luego también presidente de facto— Alejandro Agustín Lanusse, con la ayuda del sacerdote Francisco Paco Rotger, quien tuvo a cargo lograr la complicidad de la Iglesia.

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Su propia madre Juana desfiló durante varios años por distintos despachos y llegó hasta el general Lonardi, el primer dictador provisional del golpe del 55, a fin de que le dijeran el destino de su hija y pidiendo su devolución, sin obtener ninguna respuesta.

El destino que tenían previsto sus raptores era otro: el 23 de abril de 1957 el cuerpo fue trasladado en secreto en un barco a Génova, Italia, en un ataúd que supuestamente pertenecía a una mujer llamada María Maggi de Magistris y fue enterrado bajo ese nombre en la tumba 41 del campo 86 del Cementerio Mayor de Milán.

Durante los años 60 no se supo el destino del cadáver de Eva, hasta que en 1970, cuando la organización Montoneros secuestró a Aramburu, exigió entre otras cosas la aparición del cuerpo de Evita.

Operativo Retorno

Hacia 1971, cuando las condiciones del país se habían modificado y ya se hablaba del posible retorno de Perón, el dictador Lanusse ordenó realizar el Operativo Retorno y se decidió desenterrar el cuerpo de Eva para devolvérselo a Perón, que aún vivía en Puerta de Hierro, en Madrid, con la gestión del embajador en ese país Rojas Silveira.

Tantos años de cautiverio del cuerpo no fueron en vano, ya que le faltaba un dedo, que había sido cortado intencionalmente y tenía un leve aplastamiento en la nariz.

Por una cruel ironía del destino, el general Perón no pudo tener el cuerpo de su ex mujer durante su vuelta al país y siendo presidente, ya que recién pocos meses después de su muerte -el 1 de julio de 1974-, el 17 de noviembre, su viuda y presidenta María Estela Martínez de Perón trajo el cuerpo de Eva al país y lo ubicó en la quinta presidencial de Olivos, junto al de Perón.

Hasta que en 1976 la dictadura militar que tomó el poder el 24 de marzo le entregó el cuerpo a la familia Duarte, que dispuso que Eva fuera enterrada en la bóveda que su familia posee en el Cementerio de la Recoleta de Buenos Aires, donde se encuentra desde entonces.

Uno de los grandes periodistas y escritores argentinos, Rodolfo Walsh, retrató los avatares de todo lo ocurrido con el cuerpo de Eva Perón en un notable cuento denominado “Esa Mujer”, que años más tarde tuvo una versión en cine llamada “Eva no duerme” y dirigida por Pablo Agüero.

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