En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Presidente llamó "inútil" a la organización. Desde ese mismo atril pidió al Reino Unido que retome las negociaciones por las Islas.
Javier Milei eligió el escenario de las Naciones Unidas para abrir otra pelea. Llamó a la organización “inútil”, acusó a sus funcionarios de integrar “una casta de parásitos” y sostuvo que miró hacia otro lado ante la cuestión Malvinas. Desde ese mismo atril pidió al Reino Unido que vuelva a negociar. El contraste define el momento político: el Presidente ataca a la institución a la que la Argentina recurre desde hace décadas para sostener su reclamo de soberanía.
La intervención llega después de semanas en las que Malvinas pasó a ocupar un lugar central en la agenda oficial. El 3 de septiembre, Milei habló por cadena nacional sobre el avance del proyecto petrolero Sea Lion, al norte de las islas. Luego, el Gobierno inició procedimientos para sancionar a empresas y personas vinculadas con esa explotación y envió al Congreso un proyecto de ley de defensa de la soberanía nacional. Esta vez, la disputa con Londres tiene un objeto inmediato: quién puede autorizar y aprovechar los recursos naturales de una zona cuya soberanía está en discusión.
Hay una pregunta que la dureza del discurso presidencial no resuelve. Si la ONU ha sido tan inútil para la Argentina, ¿por qué el reclamo argentino sigue apoyándose en sus resoluciones? La 2065, aprobada por la Asamblea General en 1965, reconoció la existencia de una disputa e instó a los gobiernos argentino y británico a negociar. No recuperó las islas ni obligó al Reino Unido a sentarse a la mesa. Pero le dio al país un respaldo diplomático que hoy Milei también invoca.
El Presidente tiene razón al señalar la distancia entre una resolución y su cumplimiento. Las decisiones de la Asamblea no han conseguido que Londres acepte negociar la soberanía, y la explotación petrolera agrega urgencia al conflicto. Sin embargo, el fracaso en obtener una solución no equivale a decir que Naciones Unidas nunca tomó posición. Una política exterior necesita precisar qué herramientas resultaron insuficientes y cómo piensa fortalecerlas.
También importa observar cuándo apareció esta intensidad. En su discurso ante la ONU de 2024, Milei no mencionó Malvinas. En el de 2025 sí reiteró el pedido de negociaciones, aunque el tema ocupó un lugar menor. Según un relevamiento de la consultora Synopsis difundido por La Nación, antes de la cadena nacional del 3 de septiembre había pronunciado la palabra “Malvinas” 24 veces en 33 meses de gestión; en los 15 días posteriores la mencionó otras 18. Es un cambio de prioridad visible, cualquiera sea la explicación que se le atribuya.
El giro también carga con un antecedente incómodo: la admiración que Milei expresó por Margaret Thatcher, primera ministra británica durante la guerra de 1982. Como señaló el analista Pablo Mendelevich en La Nación, esa referencia dificulta creer que Malvinas haya sido siempre una prioridad emocional del Presidente. Milei sostiene, en cambio, que la estrategia actual se preparaba desde hace tres años y que la activó un comentario de Donald Trump sobre una posible revisión de la postura estadounidense. Ese comentario todavía no equivale a un respaldo formal de Washington al reclamo argentino.
El discurso mostró, además, hasta dónde llega esa apuesta. Mientras hizo de Malvinas una causa central, Milei acompañó a Donald Trump en su rechazo a regular la inteligencia artificial y volvió a atacar a la ONU. Como observa Martín Rodríguez Yebra en La Nación, el Presidente se presentó a la vez como abanderado del reclamo argentino y aliado de las batallas de Trump. Esa combinación abre una pregunta para la diplomacia: cuánto margen conservará la Argentina para reunir apoyos propios si ata su estrategia sobre Malvinas a las prioridades de Washington.
La lectura política, de todos modos, es inevitable. Malvinas puede reunir a sectores que no coinciden en casi nada más. Permite al Gobierno convocar a la unidad nacional y disputar una bandera que excede a cualquier partido. También le ofrece al Presidente una conversación pública más favorable que la de los ingresos, el empleo o el consumo. Aprovechar una oportunidad diplomática puede ser razonable; convertir esa oportunidad en una épica destinada a desplazar los problemas internos sería otra cosa. Hoy no hay pruebas para afirmar que ese haya sido el propósito del Gobierno.
Los datos explican por qué esa interpretación encuentra terreno. El INDEC informó que la actividad económica cayó 0,6% en el segundo trimestre de 2026 respecto del primero y que la desocupación llegó al 7,9%. Son números que conviven con la desaceleración de la inflación: el índice de precios al consumidor aumentó 1,7% en agosto. Una inflación más baja puede ser una mejora y, al mismo tiempo, no alcanzar para que una familia recupere lo que perdió o consiga trabajo.
En Nueva York hay, además, otra imagen argentina. Mientras Milei pronunció su discurso ante la ONU y se reunió con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, Axel Kicillof compartió un desayuno en la residencia oficial del alcalde neoyorquino Zohran Mamdani, junto al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. Son dos figuras del progresismo internacional. El gobernador bonaerense aprovechó su visita para cuestionar el supuesto “milagro económico” argentino. En una misma ciudad, Milei y Kicillof buscan mostrar ante interlocutores distintos dos maneras de leer el presente del país.
La coincidencia deja ver una disputa que excede la agenda de estas jornadas. Milei busca exhibir firmeza frente al Reino Unido y cercanía con la administración estadounidense. Kicillof intenta proyectarse como una voz alternativa, ligada a la producción, el empleo y una red de dirigentes progresistas. Ninguno de esos encuentros, por sí solo, resuelve los problemas que cada uno dice representar. Pero ambos entienden el valor político de las fotos y de los vínculos que se construyen fuera del país.
Para el Gobierno nacional hay una prueba concreta por delante. Las sanciones anunciadas deberán mostrar a quiénes afectan y qué efecto real tienen sobre Sea Lion. El proyecto enviado al Congreso tendrá que debatirse artículo por artículo: respaldar el reclamo sobre los recursos de Malvinas no obliga a aceptar sin examen todas las facultades que el Ejecutivo propone incorporar a esa ley. El consenso sobre la soberanía puede convivir con un control riguroso de los instrumentos elegidos.
La ofensiva verbal contra la ONU presenta otro desafío. La Argentina necesita sumar apoyos internacionales para que su reclamo pese más, incluso entre países que cuestionan la eficacia del organismo. Milei puede denunciar que las resoluciones no se cumplen; tendrá que explicar cómo convertirá esa denuncia en más presión diplomática sobre el Reino Unido. Descalificar a Naciones Unidas puede resultar eficaz en un discurso. Conseguir una negociación exige una tarea más larga y menos vistosa.
Milei sigue en Nueva York, con Malvinas en el centro de su mensaje y una discusión económica que continúa en la Argentina. El reclamo de soberanía merece sostenerse y medirse por sus resultados: si consigue aliados, si frena actividades que el país considera ilegales y si acerca una negociación pacífica. La bandera puede unir a los argentinos. No puede pedirles que dejen de mirar todo lo demás.
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