Alberto se puso firme. Cristina subió la apuesta al máximo. En el primer conteo ganó ella. Pero el conteo no es lo único que vale la pena analizar.

Los cálculos en política siempre son complicados. Parece que gana A, pero no del todo, B resiste algo, y finalmente en el tironeo se rompen todos los juguetes. Eso es lo que ocurrió y que desembocó en los cambios en el gabinete. Alberto se puso firme. Cristina subió la apuesta al máximo. En el primer conteo ganó ella. Pero el conteo no es lo único que vale la pena analizar.

Detengámonos en algunas cuestiones importantes. Por ejemplo, el proyecto de presupuesto nacional que aumenta el costo de las tarifas de servicios públicos por encima de lo que se paga ahora. ¿Pasará en el Congreso? Cristina ya advirtió que cuestiona esos parámetros. ¿Se complicará entonces el acuerdo con el FMI? Seguramente.

Ella quiere poner más plata en la calle para cambiar el ánimo popular. ¿Es posible eso en ocho semanas? ¿Guzmán aceptará semejante presión? ¿La mayor emisión debilitará la posición negociadoras del ministro frente al FMI? Seguramente. Y además le complicará las expectativas de la economía, cayendo en un círculo vicioso de incertidumbre, inflación, reactivación tibia, etc.

Con solo estos dos ejemplos podemos ver la complejidad del cálculo de quién ganó y quién perdió, y lo provisorio del arreglo político arribado. Este armisticio no resuelve el conflicto político de base del Frente de Todos. Solo lo mantiene latente hasta el próximo desacuerdo. Así persiste la incertidumbre, ya que nada garantiza que no vuelva a desmadrarse, tarde o temprano.

Un cambio de gabinete en estas condiciones debe resolver dos cuestiones al mismo tiempo para que sea realmente efectivo. Por un lado, debe buscar nuevo equilibrio interno en la coalición. Por el otro, debe ayudar a cambiar las expectativas en la opinión pública, sobre todo teniendo en cuenta la elección del 14 de noviembre. Estos cambios satisfacen a medias el primer aspecto, y definitivamente no generarán mayor efecto en el segundo factor.

¿Por qué? Si bien los nuevos integrantes tienen mayor kilometraje y/o peso político propio que los desplazados -Manzur, Aníbal, Domínguez, Filmus- no resuelven la incertidumbre reinante y no garantizan un giro en las expectativas del electorado. Por eso es un poco "sabor a nada": no mueven el amperímetro, diría Duhalde.

Pero los nombres no resuelven necesariamente mucho. Ahora habrá que verlos en acción. Como dice el común de los mortales, ver para creer. ¿Habrá un gobierno más activo, con una línea discursiva más ordenada y una gestión más coordinada? Cabe recordar que en el mundo de lo estatal las cosas no cambian de la noche a la mañana, que los jugadores necesitan conocerse un poco previamente, que un par de ellos vuelven a la gestión ejecutiva de grandes ligas después de estar mucho tiempo fuera de training. Todo eso se puede llevar puestas las ocho semanas que restan de acá a la elección general. Demasiado poco tiempo para que rindan los cambios.

En ese marco, no debería descartarse que vuelvan a surgir conflictos por lo precario de la paz firmada. La falta de tiempo y la incertidumbre resultante no le harán ningún favor a la estrategia de campaña diseñada. Por eso, cuesta imaginar que haya alguna recuperación sustancial. Quizá el objetivo más realista deba ser amortiguar el tamaño de la derrota del 12 de septiembre. Al final, desorden mata triunfo.

Ajustes de cuentas y pases de facturas iban a suceder lógicamente. El punto era cómo iba a procesar el oficialismo la derrota. Por lo que vimos, fue de la peor manera. ¿Pero haber subido tanto el volumen de la disputa no es como pegarse un tiro en el pie? Sí, pero quizá CFK haya dado por pérdida esta batalla y se haya concentrado en la perdurabilidad y la pureza del proyecto político. Como ya dijo el slogan del kirchnerismo en 2013: "En la vida hay que elegir".

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Carlos Fara - Analista político

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