El juicio por el homicidio de Osvaldo Ciarallo, de 52 años, culminó con la perpetua para Néstor Gabriel Chaves quien llegó al debate detenido, ya que está próximo a ser sometido a otro proceso por el crimen de su propio suegro.

Un taxi boy fue condenado a prisión perpetua por haber estrangulado, a fines de diciembre de 2001, a un cliente que lo llevó a su departamento del barrio porteño de Balvanera, donde se hallaron las huellas dactilares y el ADN que permitieron esclarecer el caso, pese a que transcurrieron 16 años.

El juicio por el homicidio de Osvaldo Vicente Ciarallo (de 52 años) culminó con la condena del Tribunal Oral Criminal Nro. 1 para Néstor Gabriel Chaves (43), quien llegó al debate detenido, ya que está próximo a ser sometido a otro proceso en el Departamento Judicial de Lomas de Zamora, por el crimen de su propio suegro, cometido en 2006 en la localidad de Remedios de Escalada.

Tal como había solicitado la fiscal general Mónica Cuñarro, los jueces Adrián Pérez Lance, Fernando Ramírez y Luis Salas condenaron a Chaves por ‘homicidio agravado criminis causa’, es decir matar para ocultar otro delito -en este caso el robo de una videograbadora y un equipo de audio-, y lograr la impunidad.

“Esta condena a perpetua no le devuelve a Osvaldo a su familia, pero la espera pacífica desde el 2001 les da paz y justicia y demuestra que valió la pena’, dijo la fiscal Cuñarro.

El crimen de Ciarallo, quien hacía inventarios para la Empresa Líneas Marítimas Argentinas (ELMA), fue cometido entre la noche del 30 y la madrugada del 31 de diciembre de 2001 en su departamento 4to. F del edificio de la avenida Entre Ríos 421. La víctima había llevado a ese domicilio a un taxi boy de la zona porteña de Constitución, donde solía contratarlos, tal como declararon en el expediente amigos y allegados.

El hecho se descubrió cuando un amigo, preocupado porque no tenía contacto con él, fue a su departamento y lo encontró asesinado, tirado boca arriba en el living, vestido con un short y una remera, y con una funda de almohada anudada al cuello. La autopsia confirmó que murió de ‘asfixia por estrangulamiento a lazo’.

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El caso tuvo la particularidad de que Chaves dejó todo tipo de rastros en la escena del crimen, pero recién 16 años después quedó detenido por el hecho. En un vaso donde habían tomado champán, los peritos recolectaron huellas, entre ellas una de un dedo índice de la mano derecha que, según la AFIS -la base de datos de improntas dactilares de personas con antecedentes penales-, en forma indubitable pertenecía a Chaves.

Además, tal como planteó Cuñarro en el alegato, en una campera con la inscripción ‘Porto’ que no era de la víctima y fue hallada en el lugar del hecho, se levantaron rastros de ADN que tienen un 99,99 por ciento de coincidencia con Chaves, según el Servicio de Huellas Dactilares Genéticas del Cuerpo Médico Forense.

El Tribunal rechazó además la nulidad planteada por el defensor oficial Javier Marino basada en el derecho de defensa, al alegar que desde 2002 se sabía que esa huella pertenecía al acusado y que estaba imputado de este homicidio, pero nadie lo había notificado.

Chaves recién fue detenido en 2016 por la Superintendencia de Drogas Peligrosas de la Policía Federal Argentina y, al ser fichado en esa causa por estupefacientes, se detectó que tenía pedido de captura por el homicidio de Ciarallo.

Luego de su detención, este sujeto también fue imputado en otro homicidio, el de su propio suegro, Hugo Néstor López, cometido el 23 de noviembre de 2006, en una casa de Scalabrini Ortiz 491 de Remedios de Escalada.

Cuñarro señaló en su alegato que la mecánica de muerte en ese hecho ‘es idéntica’ con la de Ciarallo, ya que a López también lo estrangularon, aunque en este caso con un cable.

En la causa, que ya fue elevada a juicio por la Unidad Funcional de Instrucción Nro. 2 de Lomas de Zamora, declaró la ex pareja de Chaves e hija de la víctima, Carolina Soledad López, quien dijo que luego de años de haber sufrido violencia de género y amenazas, se animó a denunciarlo por el crimen de su padre.

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