El primer "Café de la Muerte" se abrió en Londres en 2011. Son ámbitos de reflexión sobre la finitud. Y ya existe un sitio web en el que ya se inscribieron más de 19.000 personas en más de 90 países interesadas en participar de estos debates.
El tema de la muerte sigue siendo, en gran medida, un tabú. Referirse a ella suele verse como algo imprudente: mejor esquivar el asunto para no “invocarlo”. Sin embargo, esa percepción comienza a modificarse para muchas personas.
En 2011, en Londres, surgió el primer Café de la Muerte, un espacio pensado para que las personas conversen sobre el final de la vida mientras comparten un café, un té o algún postre.
Estos encuentros consisten en charlas grupales sobre la muerte sin una agenda fija, sin objetivos definidos ni límites establecidos.
Hoy, interesados en la temática se reúnen en distintas partes del mundo y en múltiples ámbitos. Para organizar estas actividades, y existe un sitio web en el que ya se inscribieron más de 19.000 personas en más de 90 países.
Se aclara que no se trata de instancias de contención por duelo ni de terapia. La propuesta es "aumentar la conciencia sobre la muerte con el fin de ayudar a las personas a aprovechar al máximo sus vidas", según indica la página oficial.
Por ejemplo, en Moscú, unas diez personas participaron de un Café de la Muerte para intercambiar vivencias, hablar sobre la pérdida de seres queridos y dialogar con otros que atravesaron experiencias similares. También reflexionaron sobre cómo sostener el deseo de vivir cuando se acompaña durante largos períodos a alguien en sus últimos días.
Igor dedicó varios años al cuidado de su padre en etapa terminal y, tras su fallecimiento, se encontró sin saber cómo continuar.
Alexandra lleva cinco años acompañando a su madre, que padece cáncer. Requiere analgésicos potentes y opioides, de difícil acceso, pero tanto ella como su entorno continúan en la lucha.
Yulia convive con una enfermedad potencialmente mortal, aunque se niega a aislarse: sigue en tratamiento y mantiene la esperanza de regresar a la montaña.
Las conversaciones abordan temas profundos, pero se dan de manera fluida. "No hay rastro de resignación en las palabras", señaló uno de los asistentes.
Hablar de la muerte es "un recordatorio increíblemente bueno para vivir cada día", afirmó Aly Leija, de 33 años, citada por Axios. La mujer se define como ‘doula de la muerte’, ya que acompaña a pacientes en el final de sus vidas.
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