Un informe revela que siete de cada diez instituciones funcionan por fuera del sistema formal, sin apoyo técnico ni competencia oficial. Sostienen su actividad casi exclusivamente con cuotas sociales, en medio de aumentos de costos, caída de socios y crecientes dificultades para sostener su rol social.
Más de 3.100 clubes de barrio funcionan en el AMBA y el 68,2% no está afiliado a ninguna federación deportiva, según datos del Observatorio del Deporte Metropolitano (UMET). Esto significa que casi siete de cada diez instituciones operan por fuera del sistema formal: no compiten en ligas oficiales, no reciben acompañamiento técnico y muchas ni siquiera están plenamente registradas ante el Estado. La falta de integración limita el acceso a financiamiento, herramientas de gestión y políticas de fortalecimiento.
Aunque históricamente fueron espacios de inclusión, deporte y contención social, hoy atraviesan una situación crítica. Los tarifazos de servicios, la pérdida de programas de apoyo y la caída del poder adquisitivo pusieron en tensión la supervivencia de muchas entidades. Hasta hace pocos años, programas como Clubes en Obra permitían realizar mejoras e inversiones; hoy, sostener lo básico ya es un desafío.
La economía diaria de los clubes depende en gran medida de las cuotas societarias. Un relevamiento del Observatorio del Deporte de la Universidad Nacional de Rosario mostró que el 52% de los clubes sostiene su funcionamiento principalmente con ese ingreso, pero el aumento de la morosidad complica cada vez más esa ecuación. En algunos casos, la mora alcanza el 45%, mientras muchas familias dejaron de pagar regularmente o priorizan solo las actividades de los hijos.
La pérdida de socios también golpea. Muchos jóvenes dejaron de asistir por la necesidad de trabajar, mientras otros hogares redujeron gastos vinculados a actividades deportivas. Incluso en instituciones donde se mantuvo la matrícula, los dirigentes advierten crecientes dificultades para cobrar cuotas y sostener la actividad.
A ese cuadro se suma un problema estructural de gestión. Muchos clubes todavía funcionan con sistemas de cobro manuales, pagos en efectivo o mecanismos administrativos obsoletos, lo que agrava la falta de previsión financiera. “La falta de financiación y eficiencia en la gestión es consecuencia directa de sistemas de cobro tradicionales que son obsoletos”, explicó Danilo Luján. Sin métricas básicas ni herramientas digitales, muchas instituciones terminan resolviendo urgencias en lugar de planificar.
Algunas experiencias muestran otra alternativa. Clubes que incorporaron pagos digitales o débito automático mejoraron su recaudación y redujeron mora, aunque siguen siendo casos aislados frente a una realidad extendida. Cuando el cobro falla, no solo se resiente la economía: también se pone en riesgo el rol social que cumplen estas instituciones.
Dirigentes de distintos clubes coinciden en que el desafío excede los balances. “Que los chicos no se vayan del club para que no estén en la calle” es una definición que resume el sentido de estos espacios. En ese contexto, advierten que sostener a los clubes no es solo una cuestión deportiva, sino una política de inclusión. Hoy sobreviven más por esfuerzo comunitario que por respaldo estructural.
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