En marzo de 1991, Diego dejaba Nápoles atrapado por los excesos y ardió en el templo de las nostalgias y melancolías su figura de jugador colosal. En agosto de 2020, Leo abandona Barcelona en tiempos inciertos y ya produce sentimientos similares.   

“Se va porque con 33 años no puede levantar al Barça solo y porque, en este Barça no puede seguir siendo Messi”, escribió Jorge Valdano en una columna que en los últimos días publicó el diario El País, de España. En otro párrafo, el delantero campeón del mundo en México 86, comenta: “Tenía prisa por escapar de un club que le dio todo, hasta que un día le empezó a quitar”.

Las palabras de Valdano se inscriben en la dinámica de las ventajas y desventajas que fue encontrando Messi en la sofisticada aldea blaugrana, siempre con pretensiones desmedidas o certeras de convertirse en la vanguardia del fútbol mundial.

Alcanzaría con recordar que por el Barcelona desde 1973 hasta la fecha pasaron, entre otros, Cruyff, Maradona, Ronaldo, Figo, Stoichkov, Romario, Rivaldo, Ronaldinho y Messi. ¿Quién faltó en esa encumbradísima lista? Unicamente Pelé, porque Alfredo Di Stéfano se había retirado en 1966. Hay que consignar que Pelé al borde de cumplir 31 años, se despidió de la Selección el 18 de julio de 1971 en aquel inolvidable 2-2 frente a Yugoslavia en un Maracaná trepidante y conmovido y ya estaba anunciando que quería transitar por un fútbol menos competitivo, hasta que en octubre de 1974 llegó al Cosmos de Nueva York.

Messi, sin ninguna duda, terminó siendo el eslabón más extraordinario e influyente que vistió la camiseta del Barcelona, más allá del gran legado de Cruyff. No solo por los 34 títulos que ganó y por los 633 goles que convirtió en 729 partidos, sino por expresar una fidelidad inalcanzable para una estrella de dimensión universal.

Pero los lugares comunes, nunca ausentes, sentencian que nada es eterno. Y es verdad. En todo caso son eternos los recuerdos y las memorias. Messi ya forma parte del pasado del Barça. Quizás esa obra callejera que apareció en la plaza de Catalunya con Messi inmortalizado como si fuese el Che Guevara, podría patentar la iconografía de un homenaje o tributo con aspiraciones políticas y existenciales, aunque el autor (el italiano Salvatore Benintende, más conocido como TVBoy) haya manifestado con escasa convicción su lejanía de cualquier representación ideológica.

Messi ya se fue, aunque siga estando en la Ciudad Condal recogiendo artesanías del ayer. Igual que Maradona. Un día de la segunda quincena de marzo de 1991, el genio, abrumado por su dóping positivo ante el Bari, abandonó Nápoles sin anunciarlo, pero cualquiera que visite la ciudad, comprobará de inmediato que la omnipresencia de Diego se transmite y se proyecta como un fantasma reivindicado por las distintas clases sociales con una carga de épica, regocijo, orgullo, revancha y drama. El drama, con una naturalidad demoledora, siempre se expresa cuando alguien adorado no está más.

Las nostalgias irremediables que despierta Messi deben acompañar por estos días y todos los que vendrán las rutinas del pueblo catalán. El hombre que a los 33 años eligió irse por las razones que definió Valdano desde su lectura de los hechos o por las causas que cada uno de nosotros estime más adecuadas y oportunas, volverá una y otra vez a resignificarse en melancolías ajenas. Volverá al Camp Nou como Diego continúa volviendo al San Paolo.

Ese Messi que llegó a los 13 años para jugar y crecer, también hizo crecer hasta la cumbre la imagen simbólica y real del Barcelona, aunque se diga y se repita como un mantra que un club siempre está por encima de todo. Pero vale la pena reconfirmar que a los clubes lo construyen y lo fortalecen los hombres y las mujeres. Por eso hay clubes que se elevan y otros que se desvanecen.

La obra intransferible de Messi estalla a la vista. Es cierto, siendo un pibe encontró el microclima del Barcelona para desarrollarse. El ida y vuelta no pudo ser mejor. Una alianza que parecía indestructible. Hasta que surgieron las filtraciones. Y las diferencias irreconciliables que siguen profundizándose, en especial desde el tinglado que cobija a la dirigencia catalana.

Lo que queda en evidencia por encima de cualquier consideración más o menos afortunada, es que el presidente actual del Barça, Josep María Bartomeu siempre será una anécdota irrelevante. Messi, en cambio, será en Catalunya una totalidad. Como Maradona en el sur de Italia.

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