El deceso de Diego Armando Maradona pone de luto al país entero. Su carisma y su talento lo posiciona como un prócer más de la historia de nuestro país.

El 25 de noviembre de 2020 no será recordado como un día más. Pasarán años y nuevas generaciones, que sólo lo verán en algún video viejo de Diego Armando Maradona haciendo sus diabluras dentro de una cancha de fútbol, seguirán rindiéndole homenaje. Se fue el Diego, el que hizo abrazarnos a todos los argentinos en 1986, el que derramó lágrimas junto a todo el pueblo en la final de Italia 90. Se fue el más querido. Acaso, en mayor o menor medida, un reflejo de lo que somos.

“¿Argentino?, Ah, Maradona…”. En cualquier lugar del mundo nos identificaban con él, con sus grandes virtudes y también con sus defectos. Si hasta los ingleses le perdonaron el gol con la mano y, aunque lo sufrieron, nunca se cansaron de alabar el segundo gol de esa inolvidable tarde en el estadio Azteca, el mejor de todos los mundiales, el mejor de todos los tiempos.

Vivió su carrera deportiva en una época sin redes sociales, sin tanta difusión. Sin embargo, desde que apareció siendo sólo un niño con miles de sueños en aquel equipo de los Cebollitas, deslumbró con su talento y su liderazgo.

El gran público lo descubrió una tarde de octubre de 1976 en la cancha de Argentinos Juniors, cuando, con poco menos de 16 años, entró al terreno del estadio que hoy lleva su nombre para hacer su debut en Primera división.

Con la camiseta roja con vivos blancos no duró mucho, pero dejó recuerdos imborrables como aquel partido ante Boca Juniors en cancha de Vélez Sarsfield. Corría 1980 y Hugo Orlando Gatti, el “Loco”, se atrevió a decirle gordito y recibió cuatro goles de respuesta.

Previamente, ya había deslumbrado con la celeste y blanca en el Mundial Juvenil de Japón del 79, que compensó la tristeza de no haber estado en el Mundial que se desarrolló en nuestro país en 1978 tras una decisión polémica de César Luis Menotti, con quien, más allá de ese disgusto, siempre mantuvo una muy buena relación.

El primer paso por Boca, con título y golazo a River en un inolvidable 3-0 incluidos, fue positivo, más allá que no tuvo mucho tiempo para disfrutar con la camiseta azul y oro. Después viajó a Barcelona, equipo al que llegó en 1982 tras la frustración del Mundial de España y en el que ganó una Liga y un par de copas, pero su paso será más recordado por la tremenda patada que le pegó Andoni Goikoetxea, del Bilbao, que lo dejó fuera de las canchas por varios meses.

En 1984 arribó a Nápoli y ahí desarrolló su mejor carrera en un club. Allá, en el sur de Italia, es tan Dios como en la Argentina. No sólo llevó a la gloria a su equipo. Fue un símbolo de una ciudad humilde, postergada, frente a los poderosos del norte.

En México 86 escribió su poesía cumbre. Jugó como nunca, hizo el gol más bonito de la historia y nada menos que ante Inglaterra, cuatro años después de la guerra de Malvinas. Ese triunfo por 2-1 fue un campeonato aparte para él, con “la Mano de Dios” incluida, un gol que debió ser anulado que a lo largo de los años tomó casi la misma dimensión que el segundo, la obra de arte.

Era lógico, lo había hecho Maradona. Y para él, era su forma de hacer justicia por tanto sufrimiento que habían padecido chicos de su misma generación.

Brilló luego ante Bélgica y en la final ante Alemania apareció poco, pero lo hizo en el momento justo asistiendo a Jorge Burruchaga para otro de los goles más importantes de la historia del fútbol albiceleste.

El Mundial de Italia comenzó a marcar el punto de inflexión en su carrera deportiva. Inolvidable será su llanto en la entrega de medallas tras la derrota ante Alemania como los insultos proferidos cuando los italianos, no los suyos sino los poderosos, silbaron el himno nacional argentino antes del inicio del encuentro.

Después comenzaron los tiempos difíciles. Las malas compañías y la droga lo fueron transformando. Un breve paso y sin mucho suceso por Sevilla, el regreso a la Argentina, en Newells Old Boys, cuyos hinchas lo veneran como pocos, la vuelta a la selección en el Mundial de Estados Unidos con triste e injusto final, y el regresó a Boca, el club de sus amores en el que se despidió 25 de octubre de 1997, justo ante River, con victoria. Al mismo tiempo que Diego dejaba el fútbol, ingresaba al campo un tal Juan Román Riquelme, que con el tiempo se iba a convertir en otro Dios xeneize.

Alejado de su gran amor, la pelota, las complicaciones fuera de la cancha fueron aumentando. Trató de superar su adicción las drogas, incluso visitando Cuba donde entabló una linda amistad con Fidel Castro.

Trató de reemplazar su pasión por el deporte con otras actividades. Pero de vuelta su salud se fue deteriorando. El divorcio de Claudia Villafañe en 2003 lo terminó de hundir, pero siempre fue un luchador, tanto dentro como fuera del terreno de juego. Superó internaciones y le dio batalla a la muerte en más de una ocasión.

Dicen que llegó a pesar 120 kilos y por eso debieron hacerle un cinturón gástrico. Y volvió, como conductor de La Noche del 10, un programa que emitió Canal 13 con notable suceso y por el cual pasaron figuras como Pelé, Mike Tyson y hasta hubo una entrevista a Fidel Castro, un lujo que sólo Maradona se podía dar.

Pero seguía amando el fútbol y volvió. En 2008 Julio Grondona lo nombró entrenador del seleccionado argentino y juntó nada menos que a los dos mejores futbolistas que vistieron la celeste y blanca: Maradona y Lionel Messi. El resultado no fue el mejor: eliminación en cuartos de final ante Alemania.

Siempre quiso dirigir a Boca pero no se dio la oportunidad. Pasó por Arabia, por México y finalmente, desde el segundo semestre de 2019, colaboró en Gimnasia y Esgrima La Plata, pero se veía que no estaba bien de salud, más allá que su sola presencia motivaba al jugador más frío.

Los últimos años no fueron los mejores. Las peleas con su ex mujer, incluyendo un juicio que debe haber resultado nocivo para la salud de ambos, e incluso para sus hijas, más otros problemas fueron minando su resistencia hasta que su corazón dijo basta.

Se fue Maradona, se fue el Diego, se fue Dios. Amado por todos, incluso por quienes nunca llegaron a verlo jugar. Hoy lo llora el mundo pero sobre todo la Argentina y es lógico. Se fue una parte de cada uno de nosotros.

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