Una gran versión de River para una producción demasiada tibia de Racing. La desproporción entre ambos equipos fue absoluta. El 3-0 que le permitió a River clasificar a cuartos de final y esperar a Independiente se construyó con una holgura no prevista. 

A Racing le quedó grande el partido. Demasiado grande. Nunca se acomodó en la cancha. Nunca se paró bien. Nunca hizo pie. En cambio, River jugó a la altura de las circunstancias. ¿Qué tipo de circunstancias? Las que exigían y demandaban un partido decisivo por los octavos de final de la Copa Libertadores.

Por eso la diferencia entre ambos equipos fue sideral. Como si River interpretara sin errores la dimensión emotiva y estratégica del encuentro y Racing no entendiera para qué estaba en el Monumental.

La paliza fue terrible. Desde el arranque hasta el cierre. Una paliza absolutamente despojada de equivalencias. ¿A qué jugó Racing? No lo debe saber nadie. Ni el plantel ni el entrenador Edgardo Coudet. ¿A qué jugó River? A imponer condiciones taxativas. Y las impuso con una autoridad notable, incluso trascendiendo el 2-0 parcial del primer tiempo y el 3-0 final que pudo y debió ser más amplio.

A esta altura vale hacer una consideración: en esta clase de partidos definitorios, River viene mostrando una presencia y actitud que en otros partidos del campeonato no denuncia. Se agranda River en estos compromisos. Se agranda el equipo. Da algo más. Ofrece algo más. Juega mejor. Entiende las coordenadas del encuentro. Y crece. Hasta revelar una imagen individual y colectiva muy aplicada, muy potente y muy convencida.

Esa convicción que parece un patrimonio intangible sin embargo se resignifica en el campo en una actitud dominante, precisa, certera, contundente. Quizás por eso aplastó a Racing sin miramientos. Lo dejó sin respuestas. Sin reacción. Y sin posibilidades efectivas de elaborar algo mejor.

Lo asfixió siempre. Le quitó espacios. Lo presionó en todos los sectores. Más arriba en la primera etapa, más retrasado en el complemento cuando ya se encontraba 2-0 arriba y tenía la clasificación a cuartos en el bolsillo para enfrentarse en la segunda quincena de septiembre con Independiente.

Si algo quedó en claro es que a River no le costó un esfuerzo descomunal desarticular a su rival. Directamente, lo aniquiló de entrada en todos los planos. Gran pressing, mucha movilidad, mucho ritmo para entrar y salir de la maniobra ofensiva y capacidad para construir lo que no venía construyendo: desequilibrio ofensivo para perforar, sin atenuantes, cualquier tipo de resistencia.

Así ganó hasta con cierto aire de comodidad. De control absoluto del desarrollo. Para llegar antes a todas las pelotas divididas. Para llegar antes y además para darle un buen destino a la pelota. No sacársela de encima. No rechazarla sin preocuparse por la segunda jugada. River fue una maquinita que terminó funcionando con un alto nivel de organización. Y dando un pase adelante que no venía anunciando.

La conclusión es que en compromisos de este alcance, el equipo que conduce Marcelo Gallardo hasta lograr superar sus propias expectativas. Porque a Racing lo minimizó con una suficiencia no prevista. Suficiencia estrictamente futbolística pero también sensible a interpretar la densidad emotiva del cruce.

River goleó a Racing 3 a 0 y avanza en la Copa

Esta versión muy enriquecida de River lo convierte en un equipo temible. Con todos los jugadores encendidos, empezando por ese arquero formidable que es Armani, capaz de demostrar en dos o tres intervenciones que para hacerle un gol hay que estar iluminado. Siguiendo con la fortaleza defensiva que expresaron Maidana y Pinola, con las sutilezas productivas del colombiano Quintero, la versatilidad de Palacios, la recuperación goleadora de Pratto y la búsqueda incesante del colombiano Borré.

Las menciones especiales no significan que el resto de los jugadores no hayan producido algo valioso. Porque River fue homogéneo, duro, firme y muy solidario. Ningún jugador en ninguna instancia quedó en banda. Todos se acompañaron. Todos se juntaron para recuperar la pelota y para desplegarse.

Y esa comunión le permitió ganar sin sobresaltos. Para reencontrarse en una noche de Copas. Para volver a creer en el equipo. Y esperar a Independiente en la próxima estación.

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