Un partido inédito en el Monumental, sin gente, con tribunas desnudas, donde lo que más se escuchó fue el silbato del árbitro venezolano; En una clima raro, extraño e incómodo, River cumplió su primer partido de castigo; Ni el grito de gol.

A las 18 hs el barrio River bien podría saber que no hay partidos y que miente el cronograma de la Conmebol. Udaondo arde de tránsito habitual en esa hora y la estación de servicio trabaja con la normalidad de cualquier día sin partido. La gente corre con absoluta libertad por el playón externo y no hay vallas, ni policías, ni empleados, ni el humo del chori pan y pasan los colectivos.

Mientras el gobierno de la ciudad tarda un rato en habilitar la apertura del estadio la única cola de gente para entrar es la de parte del los 300 periodistas que vienen a observar el partido en silencio del Monumental. Porque hay un partido de fútbol por copa, aunque el escenario, la previa, los sonidos y el ambiente digan absoluto todo lo contrario.

Adentro del campo de juego cerca de las 8 los cuatro árbitros venezolanos caminan para revisar las redes y ver el césped pero lo que más miran son las tribuna desnudas y vacías. Lo mismo sucede con el grupo d e jugadores de Palestino que se sientan en al banco de suplentes, caminan, pisan y se sacan fotos con las cabeceras desiertas y sin vida.

Es todo muy raro, nunca el Monumental tuvo un partido vacío y sin gente. Tantos años, tantos partidos, tanto gritos y ahora un silencio que es el peor castigo para un club. “Hay menos gente que un lunes en el club que suele estar cerrado” dijo D’Onofrio, presidente del club, en los pasillos del anillo donde retumbaba las pocas voces como ecos.

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A falta de una hora para el pitazo inicial que va a retumbar, algunos pocos empleados de seguridad se acomodan en el único lugar habilitado de todo el estadio; el palco de honor. Ahí en un costado fue la delegación chilena de una 20 personas y al otro, más numerosa, la de River y en el medio algunos directivos de la AFA y la Conmebol. Mientras tanto le buscaban un lugar a Gallardo, sancionado, porque el único sitio abierto es el palco recientemente mencionado, entre un centenar de personas. Lo mandaron a un palco, vacío, como todo el estadio.

La salida el campo de juego de los equipos no tuvo ni a la voz del estadio encendida, ni el tablero iluminado y tampoco aplausos. Lo que vendría sería un show de voces pero de jugadores dando indicaciones. Dale, andá, vení, pensá, algunos insultos de fútbol y el silbato del juez Alexis Herrera que fue una de las estrella de la noche: su sonido envolvió el silencio.

Ya en el segundo tiempo lo que le sacudió la modorra al clima fueron los aviones que parecían que iban a aterrizar en Alcorta, la voz del estadio que anunció los cambios vaya uno a saber a quién y el pedido en coro de penal que le hicieron a Herrera cuando el arquero González lo revolcó a Suárez. El tiempo así fue pasando y el único grito que el fútbol esperaba seguía perdido y ausente como la gente. Estuvo cerca del lado del arco de Armani y del de Palestino, pero todo quedó en el “huuuuuuuu” de los jugadores y una que otra queja de dolor por la fricción y las patadas. Al final, lo que acabó cerrando la noche fue el pitazo final que sonó como un lamento para un partido que se vivió sin gente y sin alegrías.

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