En esta oportunidad, Diego Pérez -quien se encuentra de gira nacional con la comedia Mi Vecina Favorita- dice que su misión sobre esta tierra es hacer reír a los demás.
¿Qué hechos cambiaron radicalmente su vida?
-El primero fue cuando decidí ser actor. Ya desde el colegio primario, soñaba serlo. Lo único que me exigían mis viejos era que hiciera el secundario. Lo terminé a duras penas, arañando. Otro momento clave, fue cuando me casé y nacieron mis hijos, que me modificaron como ser humano.
¿Se reconoce una persona con firmes convicciones?
-Sí, pero hay cosas que modificás porque la vida te va cambiando. Por ejemplo, yo decía que jamás me iba a meter en redes sociales, pero si no fuese por ellas no me hubiese reencontrado con compañeros del secundario y con amigos que viven en el exterior. Ser consecuente con ciertas convicciones es excelente, pero ser terco no sirve para nada.
¿Qué importancia le da a la mirada de los otros?
-Muchísima, más aún en un oficio como el mío en el que siempre estás expuesto.
¿Le pesa ser jefe de familia?
-No. Yo no le esquivo a la responsabilidad. Hoy tengo que laburar el doble porque todo está difícil pero, por suerte, trabajo en lo que me gusta y para los que amo.
¿Es usted un buen administrador?
-Soy muy desorganizado, excepto con mis horarios y con el dinero. Mi papá tenía almacén y carnicería y los proveedores le decían “Héctor le bajo la mercadería, págueme la semana que viene” y él les respondía: “No, plata en mano, culo en tierra”. Yo tampoco quiero deudas. De hecho, cuando compré mi departamento lo pagué al contado. Soy muy bueno para administrar el dinero.
¿Medita mucho las decisiones que toma?
-Sí. No me tiro a la marchanta. Si me ofrecen un trabajo, pienso de qué se trata y con quién lo voy a hacer. Si bien no soy Darín, para tirar manteca al techo, intento pasarla lo mejor posible.
¿Es políticamente correcto?
-Yo me llevo bien con todos, porque intento estar en los elencos con gente afín y buscar puntos en común con los que no conozco para pasarla bien. La prioridad es el proyecto, la guita viene sola.
¿Y es así?
-Sí, porque cuando aposté al dinero, no la pasé bien.
¿Le teme más a la inseguridad laboral, a la afectiva, a la económica o a la personal?
-Me preocupa la inseguridad cotidiana que vivimos en la calle. Tomo todos los recaudos. Yo nací en San Martín, a donde vuelvo seguido, antes veía a los dueños de los chalets en el jardín regando las plantas, ahora veo sólo jaulas, toda la gente presa en sus casas. Me da mucha tristeza ver así a nuestro país.
¿Qué hace irreconciliable la relación con un amigo?
-Una mentira, una traición. Gracias a Dios, nunca me sucedió, porque para mi después de traición y la mentira no hay vuelta atrás.
¿Qué corregiría de usted?
-La ansiedad y el analizar todo tanto, porque eso me amarga, sobre todo cuando discuten por cosas que, a la larga, van a pasar. Siempre intento mediar, pero cuando no lo consigo, me pongo muy mal. Me gustaría cambiar para no sufrir tanto.
¿Cómo le resulta vivir aquí?
-Muy difícil. Estoy desesperanzado. No creo que la unión sea posible. Existen como dos bandos y es muy duro no estar en ninguno de los dos, porque te tildan de kirchnerista o de macrista. Yo tengo sentido común y veo lo bueno y lo malo de cada uno. No estoy cerrado.
Políticamente se define...
-Como un ciudadano independiente. La única vez que gané una elección fue en 1983, cuando lo voté a Alfonsín. Llegué a estar casi arrepentido. A la distancia, pienso que fue lo mejor que teníamos en ese momento, incluso con sus errores. Recuerdo que él decía: “No voten personas, voten ideas” y hoy estamos votando personas, que son falibles, y votando frases, no ideas.
A los personajes públicos, ¿hay una lupa gigante observándolos?
-Sin duda. A los colegas que se pronuncian a favor de una ideología, les dan con un caño. Me parece perfecto que cada uno defienda sus convicciones, pero creo que cuando un espectador se sienta en el teatro, muchas veces, no ve al actor sino al ciudadano kirchnerista o macrista. Eso es una carga muy grande, porque el colega debe laburar el doble para gustar. Es más, en ocasiones, cuando se arman los elencos, dicen: “Este no nos conviene, porque la gente lo detesta”. Eso es horrible. Por eso creo, que las cuestiones ideológicas es mejor hablarlas en familia.
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