El buen momento que atrapa Esteban Andrada en Boca parece servir para instalar que estamos en presencia de un arquerazo, cuando las evidencias todavía son muy pocas, la regularidad plasmada en el tiempo, muy escasa y la duda es si su actual nivel es compatible con una racha.

Parecen fabricarse arquerazos todos los días en el fútbol argentino. Esta es la sensación que prevalece. Como si existiera la necesidad imperiosa de producir en serie arqueros extraordinarios que rápidamente se desvanecen y revelan que no son tan buenos como cualquiera podía imaginarse. Algo así como arqueros en racha.

Ahora es el tiempo de rosas del arquero de Boca, Esteban Andrada, como en el primer semestre de 2018 fue el tiempo dorado del arquero de River, Franco Armani, hasta que el Mundial de Rusia marcó un quiebre y de allí en más su rendimiento decayó.

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De aquel fenómeno anterior a Rusia 2018 que fue comparado con el mejor Pato Fillol de la historia, hoy no quedan demasiadas evidencias. No porque Armani sea un arquero mediocre. No lo es. Es un buen arquero. Y según las ocasiones muy bueno. Pero queda claro que no es un monstruo como el ambiente del fútbol argentino anticipaba desde la urgencia y el show mediático.

“Estoy en el mejor momento de mi carrera”, dijo Andrada después del 3-0 en La Bombonera ante Deportes Tolima. Nadie duda que debe ser verdad lo que comentó el uno de Boca, por estas horas considerado como el arquero que venía necesitando Boca hace años.

Los apuros siempre imprudentes para encontrar en Andrada a un elegido son los apuros que terminan aportando a la confusión y el oportunismo. Es cierto, está teniendo buenos rendimientos Andrada en Boca, lo que le permitió ser convocado a la Selección de Lionel Scaloni. El da señales positivas y los hinchas le devuelven con su apoyo esas producciones. Pero de ahí a proclamar que Andrada ya se instaló como una figura central y absolutamente irreemplazable en la estructura del equipo que conduce Gustavo Alfaro, es un mensaje con muy poco contenido.

A propósito de continuidades y niveles, Fillol nos acercó en otro momento una opinión que valoramos: “Para medir bien a un arquero hay que seguirlo por lo menos durante un año. No alcanza con verlo algunos partidos o varios partidos para tener una impresión total de sus capacidades. En cambio si se lo observa una temporada entera se pueden ver muchísimas cosas que en otras circunstancias se pasan por alto”.

La observación de Fillol no se refería a alguien en particular. Hablaba de todos los arqueros. Y de los distintos episodios que suelen vivir los arqueros. A favor y en contra. En definitiva, el Pato hacía foco en algo vital para medir la verdadera y auténtica dimensión de un arquero: la regularidad.

La regularidad es el promedio general. Es la base constitutiva de un jugador. Es su piso y es su techo. Es el centro de su rendimiento. Y esto es lo que ubica a cada arquero en un lugar determinado del presente y de la historia.

Armani, sin dudas, denunció después del Mundial que no es la versión moderna de Fillol. Que tuvo atajadas impresionantes en la etapa previa a Rusia 2018, pero en su camino posterior no logró mantener ese nivel excelente. Andrada, por su parte, viene creciendo. Cuando interviene, resuelve, a pesar de que deje algunas pelotas vivas. Pero plantear por sus participaciones en algunos encuentros que es un fenómeno solo puede ser útil para llenar los espacios.

¿Qué es, entonces? Un arquero de 28 años que está pasando por un buen momento. Si esos momentos perduran, recién ahí podría acceder a otra calificación superior. Y no antes.

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