¿Boca jugó bien? No. ¿Boca ganó bien? No. ¿Boca fue superior a River? No. Pero la verdad inocultable del fútbol sentenció que Boca derrotó 2-1 a River en el Monumental. Y el resultado en muchísimas oportunidades alcanza para imponer una prepotencia discursiva muy difícil de licuar. Prepotencia con muy pocos argumentos.
Antes del partido se repetía lo que suele repetirse en contextos similares: que Boca llegaba mejor, más pleno, más potente, más ganador, más suelto, más liviano y otras aseveraciones parecidas. Y que River después del naufragio en la semifinal de la Copa Libertadores frente a Lanús, iba a mostrar una imagen insegura, débil, claudicante, insolvente.
Ni Boca mostró durante los 90 minutos ser un equipo pleno y ambicioso ni River denunció en el desarrollo que el 4-2 que le había regalado Lanús en la noche del martes 31 de octubre lo había dejado al borde del nocaut.
¿Qué fue a buscar Boca al Monumental? Decir el triunfo suena bien, considerando la chapa final del Superclásico. Pero la realidad es que este Boca que venía goleando hasta con un aire de superioridad y autosuficiencia evidente, no expresó en la cancha una convicción reconocible. Se hizo la película de la desesperación suicida de River para encarar el Superclásico. Y pensó mucho más en el contraataque que en asumir una postura ofensiva desde el arranque. Postura que nunca manifestó.
Fue a especular Boca al Monumental. Que no significa meterse atrás. O aguantar el partido refugiado en el fondo. Fue a especular (y a soñar) con las espaldas descubiertas de River para los piques eléctricos e inconclusos de Pavón y para alimentar con una pelota profunda la impresionante racha goleadora de Benedetto, que terminó jugando en un tono decididamente discreto, insinuando más de lo que concretó.
Le salió el menú completo a Boca. No por el funcionamiento. No por lo que demostró defendiendo, recuperando y atacando. No por sus respuestas individuales, aunque Pablo Pérez se haya destacado para descargar con precisión, como ya lo viene repitiendo en cada una de sus actuaciones, hasta convertirse en el jugador de Boca con mejor lectura e interpretación del equipo.
Ni por asomo Boca fue más que River. Pero golpeó en los momentos justos con el colombiano Cardona (injustamente expulsado por ese pésimo árbitro que es Néstor Pitana, que por otra parte le anuló un gol lícito a River que hubiera decretado el 2-2) con un tiro libre que pareció una hermosa remake de aquellos golazos que metía Riquelme y con un derechazo al primer palo del uruguayo, Nández, que volvió a dejar al desnudo la falta de jerarquía del arquero Lux, otra vez en el foco de algunos desaciertos determinantes.
Que eran sus fortalezas colectivas. Quedó en claro que no se vieron. Ni aún cuando tuvo un jugador más que River durante 24 minutos, por la expulsión de Nacho Fernández, por tirarle un planchazo al pecho a Cardona.
Que River va a recordar por largo tiempo su semana trágica no le quedan dudas a nadie. En pocos días se le multiplicaron las situaciones adversas. Y los imponderables siempre irrepetibles del fútbol le vaciaron los bolsillos contra Lanús y después frente a Boca.
No se puede plantear que le faltaron agallas, temple, carácter, rebeldía o algo parecido. Si le faltó algo en particular fue un arquero más confiable y mayor eficacia ofensiva. El precio que pagó fue enorme. Eliminado de la Copa Libertadores y a 12 puntos de Boca en el campeonato cuando apenas se disputaron 8 fechas, el paisaje se reconfiguró en una clásica postal del desconsuelo.
Boca, mientras tanto, gana hasta cuando no juega bien. Es un mérito. Pero estos méritos circunstanciales hay que saber calibrarlos. Sobre todo para no confundirse. Y no confundir a las audiencias.
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