No hubo margen para las sorpresas en el Camp Nou. Boca pagó el precio que pagan los equipos con debilidades estructurales. Barcelona, a media máquina, marcó diferencias insalvables. La técnica y el conocimiento.

Clarito como el agua fue el análisis futbolístico de Guillermo Barros Schelotto después del cómodo 3-0 del Barcelona sobre Boca: “Nosotros podemos competir desde la rebeldía y la personalidad y sacar algunas conclusiones positivas, pero ellos tienen jugadores increíbles y contra la técnica no se puede hacer nada”.

Guillermo dijo lo que nadie que frecuente el fútbol puede desconocer: exaltó la gran técnica de los jugadores del Barça y desde allí estableció las diferencias en el resultado y en el desarrollo de un partido casi sin equivalencias.

Lo que no dijo Guillermo es que si a la técnica no se le suma conocimiento del juego como lo expresa el Barcelona desde hace muchos años, quizás las distancias entre unos y otros no sean tan notables.

El tema es tener técnica más el aporte indispensable del conocimiento. Esa sociedad virtuosa determina rumbos. Porque revela la inteligencia aplicada del fútbol. Es entender el juego. En ese territorio que solo interpretan los equipos que saben los secretos del toque, de la circulación, de la elaboración y de la capacidad para combinar los tiempos con los espacios, el Barça, sin esforzarse, le dio a Boca una lección formidable.

Y Boca, por otra parte, recibió un baño de realismo, más allá de las justificaciones que pueda o quiera esgrimir. Fue Boca el que quedó expuesto, pero pudo haber sido cualquier equipo del fútbol argentino. Porque la rebeldía y la personalidad a la que invocó el entrenador xeneize como marco para competir contra Barcelona, no alcanza para lograr cierto equilibrio formal durante un partido.

Quizás alcanza para jugar algunos minutos lejos del propio arco. Pero cuando el Barça se decidió a tomar la iniciativa y a ganar la posesión de la pelota con sentido de la profundidad ofensiva, las resistencias originales se desvanecieron.

Le había ocurrido a River en la final del Mundial de Clubes de 2015 cuando Barcelona le hizo precio bajando el martillo en un 3-0 que terminó siendo piadoso. Tampoco alcanzó cierta idea inicial de River de presionar a los volantes blaugranas. Casi en el arranque del segundo tiempos ya estaba todo resuelto.

¿Qué delatan estos cruces de equipos argentinos considerados en nuestro país pesos pesados frente al fútbol circular y vertical del Barça? Entre otras cosas que en el ambiente del fútbol argentino se vende muchísimo humo. Y en esa venta indiscriminada de humo, se sobrecalifica a los equipos y a los técnicos. Se les sube la cotización para incentivar el show. Y de ahí a confundirse hay un solo paso.

Una primera lectura es que los entrenadores argentinos continúan más enfocados en las urgencias que les impone el presente que en prepararse para construir un modelo futbolístico. Un modelo no es un sistema táctico. No es ser más o menos ofensivo. No es recuperar rápido la pelota y sorprender en campo rival. Tener un modelo es ser ideológico para jugar al fútbol. El Barça es ideológico. Allí radica su gran fortaleza. Juega a partir de su ideología. Podrá ganar bien o perder mal, pero no es una hoja en la tormenta, porque no lo aquejan los males de la debilidad estructural que, por ejemplo, padecen los equipos argentinos.

Esa marca registrada que refleja su ideología es la que lo distingue. Lo que lo hace diferente. Es reconocerse ante un espejo. Es, en definitiva, la música que alumbra su conocimiento. No es jugar por jugar. Es jugar para desarrollar un plan que incluso trasciende lo estratégico. Es jugar convencido. En general, los equipos argentinos no denuncian firmes convicciones. Van y vienen. Y en este punto las responsabilidades de los técnicos son intransferibles.

Boca se subordinó ante el Barcelona por su debilidad estructural. Por eso y por la calidad del adversario, cayó sin atenuantes. Y el precio que pagó fue indiscutible.

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