Una de las principales banderas de la nueva dirigencia fue la de cerrar varias canillas por las que salía dinero del club: barra brava, intermediarios y hasta periodistas. Para muchos fue una mala noticia la llegada de Cantero y, de a poco, le hicieron sentir el rigor: los barras, con marchas en la sede y hostigamiento desde el primer partido amistoso de aquel verano; algunas ex figuras del club, como Menotti, con una inhibición para reclamar lo que no le había pagado la gestión anterior; y los intermediarios, trabando todos los pases que encaró Independiente: el ejemplo más claro fue el de Ignacio Piatti, apalabrado por Cantero seis meses antes de su asunción y ofrecido a todos (incluso a Racing) cuando llegó el momento de repatriarlo. La AFA tampoco le respetó el cachet (como a River) de la televisión.
Pero Cantero también colaboró con el prematuro desgaste de su imagen y, en medio de contrataciones con altísimos contratos para afrontar el desafío deportivo más duro de la historia, ni Cristian Díaz, ni el Tolo Gallego, ni Brindisi, lograron enderezar el rumbo de un equipo que perdió la categoría sin entereza ni rebeldía. Con esa daga clavada en el corazón de la conducción de Cantero, la debacle económica -que incluyó una asamblea tumultuosa con sillazos y agresiones de todo en imágenes vergonzosas que dieron la vuelta al mundo- la herida cobró carácter mortal.
La llegada de De Felippe y resultados que apuntalaron la chance de ascenso calmaron a una multitud que, poco después, y con el regreso de los desencantos en la cancha más atrasos en los sueldos, renuncias y empleados que clausuraban el estadio, volvió a la carga con el pedido de la cabeza del presidente que finalmente rodó por la escalera del fracaso y la inoperancia.
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