En su etapa de jugador, Guillermo Barros Schelotto fue también considerado un hábil simulador y creador de ciertos microclimas. Ahora en la función de entrenador ese perfil que el ambiente del fútbol argentino reivindica como un especialista de la picardía y la chicana, lo expone como un protagonista ventajero. En la derrota de Boca ante Argentinos Juniors le pidió al árbitro y a sus asistentes que expulsaran a un rival cruzando su propio límite

Transcurría el segundo tiempo en La Paternal. Argentinos Juniors vencía a Boca 2-0 con absoluta justicia y claridad, superando en todos los planos la frágil resistencia xeneize. Guillermo Barros Schelotto, como ya es su costumbre, no paraba de reclamarle al cuarto árbitro faltas, posiciones adelantadas y todo lo que él considera que le es útil para que su equipo saque alguna ventajita más chica o más grande. Y no tiene problemas en cruzar los límites en nombre de ciertas utilidades.

El último lunes por la noche los cruzó una vez más cuando con vehemencia pidió que expulsaran a un adversario por una supuesto codazo a Cardona que no existió, ya que el volante colombiano simuló arrojándose al piso tomándose la cara con ambas manos en una teatralización lamentable.

El técnico de Boca, también un intérprete muy reconocido de la simulación cuando jugaba al fútbol, suele no tener contradicciones a la hora de pedir y exigir lo que sabe que no corresponde. Y en su función específica de entrenador pide absolutamente todo, hasta atormentar desde su sobreactuación a los árbitros y asistentes en una pantomima increíble pero real.

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Tiene una particularidad Guillermo: no insulta, no agravia, no putea para no ser pasible de una expulsión. Pero gesticula con ampulosidad, grita, se victimiza, tribunea y acude con demasiada frecuencia a las ironías con el propósito de descalificar. Presiona, en definitiva. Crea climas. Pretende influir con sus actitudes y palabras en la subjetividad de los encargados de dirigir el partido. Juega a su manera. Pero no juega con armas limpias. Porque no son armas limpias pedir con un énfasis muy marcado que le saquen la tarjeta roja a un rival que no hizo nada incorrecto, naturalizando la típica actitud del ventajero profesional.

Es un pésimo ejemplo lo que Guillermo ya muestra como una parte inocultable de su perfil como técnico. Que no es el único protagonista que lo hace, no lo pone a resguardo. Que en Europa también hay técnicos que utilizan estrategias parecidas (José Mourinho y el Cholo Simeone, por ejemplo), tampoco lo salva de la crítica. Que el fútbol despierta pasiones muy difíciles de manejar es una justificación ingenua y trivial que no alcanza para tapar nada que sea importante.

El que conduce como conduce Guillermo a un plantel no debería acudir en ninguna circunstancia a conductas antideportivas para mejorar y optimizar las chances de su equipo. La sana ambición de ganar no equivale a venderles buzones a los árbitros en nombre de picardías dialécticas y canchereadas variopintas que le tributan a un imaginario folklore del fútbol.

Es joven Guillermo y por supuesto está a tiempo de cambiar. De mejorar. De crecer. Y de sumarle mayor autocontrol y menos humo a sus formas de ver un partido desde el banco. Para ganar no es necesario hacer un acting. Sus admirados Carlos Timoteo Griguol y el Flaco Menotti nunca lo hicieron. Y mal no les fue.

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