Entre lunes y martes, los diarios se dedicaron —nos dedicamos— a analizar al DIM, el rival de River en el debut de la Copa Libertadores. Describían a un equipo sólido, con un juego contundente y fluido: el equipo del momento, una especie de Mónaco latino. Cómodo líder en el campeonato colombiano, fuerte como la Muralla China en el Atanasio Girardot de Medellín, vivía una realidad asimétrica a la de River. Cinco minutos de furia millonaria alcanzaron para derrumbar todas las palabras escritas y dichas durante los últimos días. En la Copa Libertadores —o en esta Copa Libertadores— las predicciones son frases escritas en la arena.
Atlético Paranaense da vergüenza en el Campeonato Paranense. Es un gigante de la región pero está noveno en un torneo de 12 equipos, la mayoría del ascenso de Brasil. La figura es Lucho González, un volante que a los 36 años parecía ser lo que es: una versión doce años más vieja del volante que la rompió en River en 2004. Hace un año y medio, Lucho volvía a River para jugar la etapa decisiva de la Copa Libertadores. Duró un año en el plantel de Marcelo Gallardo. Lento, como si estuviese en otra época, no se adaptó al fútbol argentino y emigró a la ligereza del fútbol brasileño. Atlético Paranense visitó el Nuevo Gasómetro para medirse con el que es, para muchos, uno de los tres mejores planteles del fútbol argentino. Lucho González cabeceó una pelota llovida en el área y gritó el único gol del partido. Los brasileños pusieron a Diego Aguirre en la borda. Después de dos encuentros, el Ciclón suma cero. Su clasificación empieza a depender de voluntades ajenas.
Con la Universidad Católica ocurre algo similar. Acumula seis puntos en seis partidos de la liga de Chile. Su plantel es un rejunte de jugadores que en el fútbol argentino eran de tercera línea: Santiago Silva, Diego Buonanotte, José Fuenzalida, Ricardo Noir, Enzo Kalinski. Anoche superaron por 1-0 al Flamengo, el cuco de la Libertadores, el equipo que se armó con la idea fija de aniquilar la sequía de 36 años sin éxitos internacionales. El conjunto que había aplastado como un insecto a San Lorenzo en el Maracaná.
En el campeonato venezolano, Zulia es un actor de reparto. Nacional, en Uruguay, es la mitad del país: tres Copas Libertadores y una historia con gloria acumulada como provisiones en un búnker de guerra. Zulia había perdido 4-0 con Chapecoense como local en su debut. Nacional había superado por 1-0 a Lanús —los Ricky Sarkany del fútbol argentino— en la Fortaleza. Zulia, anoche, le ganó 1-0 a Nacional en Montevideo. No hay lógica posible.
También anoche, Palmeiras necesitó llegar al tiempo de descuento para imponerse contra Jorge Wilstermann, un irrelevante equipo de una liga irrelevante como la boliviana que había aniquilado a Peñarol -la otra mitad de Uruguay- por 6-2.
En la Champions League están los mejores equipos del mundo. Los futbolistas más importantes del planeta brillan en Europa. Por momentos —especialmente en las instancias decisivas— brindan espectáculos memorables. Pero la emoción de lo inesperado, la sensación de sentarse en el sillón y no saber qué va a pasar durante un partido, la adrenalina de mirar una obra en donde todo puede ocurrir, es el menú del día de la Copa Libertadores. Es, sin duda, el mejor torneo del mundo.
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