La insólita caída con goleada por 3-0 contra Ecuador dejó expuesto, una vez más, el desorden del fútbol argentino. Los chicos quedan expuestos ante las falencias dirigenciales y la falta de proyectos.

Decir que la crisis del fútbol juvenil comenzó con el desarmado del tejido implementado por Néstor Pekerman y Hugo Tocalli es un lugar común. Y una realidad. Desde que se alejaron de la órbita de la AFA, las categorías menores cayeron por un precipicio: más allá de la derrota en cuartos de final en el Mundial 2011, no volvieron a mostrar una línea de juego, de trabajo. Ni siquiera aparecieron jugadores con proyección de mayores.

Este plantel vacío de talento, sin rebeldía, con jugadores que no tienen recorrido en primera división, es la representación perfecta del desinterés institucional por los juveniles. Los dirigentes del fútbol argentino piensan que los futbolistas florecen solos. Que del fértil terreno argentino brota talento como brota el trigo o la soja. Claudio Úbeda, un inexperto en la materia, demuestra que no, que no es así: que sin trabajo y sin planificación, no hay resultados, ni camino, ni elementos para rescatar.

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¿Qué culpa tiene Lautaro Martínez, un chico con algunos minutos en Racing y muy buenas características, de tener que ser el responsable de alimentar de goles a un equipo incapaz de generar situaciones de gol? ¿Por qué cargar sobre Santiago Ascacibar, el único con credenciales válidas, la obligación de sostener defensivamente a un conjunto frágil como una copa de vino?

Del plantel armado por Úbeda, el hombre que consiguió un cargo sin pergaminos que lo avalen para conseguirlo, para lograr una plaza para el Mundial de Corea del Sur, solamente un jugador pertenece a River, histórico proveedor de las selecciones nacionales. Boca, Racing y San Lorenzo aportaron tres jugadores cada uno. Independiente, que este año marca el ritmo en el campeonato de reserva, solamente sumó a Ezequiel Barco, una joya menor de edad que llegó con laureles y hoy, abrumado por la responsabilidad de ser la figura, espera en el banco de suplentes. El resto son chicos de clubes de segundo y tercer orden.

De los once titulares que anoche cayeron apabullados contra Ecuador, solamente dos superan los veinte partidos en Primera: Braian Mansilla, entre Quilmes y Racing, llegó a los 21 —y es el único que convirtió un gol oficial—; y Ascacibar, titular indiscutido en Estudiantes, alcanza los 31. Facundo Cambeses, Lisandro Martínez, Marcelo Torres y Juan Foyth todavía no debutaron.

Más allá de la ausencia de columna vertebral en la AFA, hay otra realidad: los equipos apuestan cada vez menos a sus propias divisiones inferiores. Eligen reforzarse. Los chicos llegan a Primera más tarde, más asfixiados, más presionados. Como si llegaran accidentalmente, no como consecuencia de una planificación seria.

Este año se cumplen diez años del último éxito mundial en juveniles. Desde entonces, ninguna camada consiguió proyectarse en bloque hasta la selección mayor. Desde entonces, el fútbol argentino naufraga en la nada. Otra vez, los que pagan serán los chicos.

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