El banderín solferino está en alto; hay un fuera de juego. Pero, en este caso, no hablamos de una jugada puntual ni de un partido en especial. Se trata de un recurso para graficar la delgadez de la línea por la que caminan los árbitros y sus asistentes a la hora de realizar su trabajo en una sociedad que tarda muy poco en transformar la pasión en locura. Cuando eso ocurre, esta actividad cobra el grado de oficio de alto riesgo y ofrece episodios que desnaturalizan la esencia del juego. Diego Abal vive la semana más traumática de su carrera arbitral. Con custodia personal y su vida personal convulsionada, su error en un partido de fútbol lo convirtió en víctima de la desmedida ansiedad de los hinchas de San Lorenzo y de los excesos de quienes ignoraron su mayor carga de responsabilidad. En este caso se trata de San Lorenzo, pero no hace mucho, cuando River pisó el mismo terreno que el miedo hace resbaladizo, Sergio Pezzotta pasó por momentos igualmente desagradables. E incluso, aún sin tratarse de un descenso en juego, Gabriel Brazzenas debió soportar la tortura de las amenazas después de la frustración de los hinchas de Huracán en la final que perdieron con Vélez.
Le quemaron el auto El fútbol argentino está lleno de episodios lamentables que, evidentemente, no han sentado precedentes para apuntalar la prevención. Algunas historias trascienden, otras -por vergüenza o por no tener pruebas- quedan en el olvido, como le ocurrió al asistente internacional Ernesto Taibi, a quien le prendieron fuego el auto en la puerta de su casa: “Fue después de un Boca-River en La Bombonera, cuando le indiqué a Castrilli que tenía que expulsar a Márcico por un gesto. No vi quién fue, y por eso no lo hice público, pero coincidió con un montón de llamadas telefónicas amenazantes”. En 1983, Juan Carlos Loustau la pasó muy mal en Tucumán cuando los hinchas de San Martín lo emboscaron camino al aeropuerto para agredirlo ferozmente. También esa década, cuando Angel Sánchez era juez de línea, la inseguridad en torneos de ascenso o regionales, era aún peor que estos días. “La peor que me tocó pasar -recuerda Sánchez- fue en Luján; el árbitro era Félix Molina que fue agredido durante el partido en el que Acassuso le ganaba 1 a 0 a Luján. Quedó desmayado en el piso y empezaron a entrar hinchas a la cancha. El clima era tan pesado que tuvimos que convencer a los jugadores de Acassuso de que se dejaran ganar porque si no nos mataban a todos. Y terminamos un partido ficticio en el que ganó 2 a 1 Luján que, después del informe recibió una lluvia de sanciones y suspensiones para los jugadores y la cancha”. También como juez de línea, en este caso de Miguel Ramírez, Sánchez sufrió una emboscada en Mendoza, después de un Huracán de San Rafael-Estudiantes de San Luis por un Regional. “La policía nos abandonó en el camino -recuerda el ex árbitro internacional, quien dirigió el Mundial de Corea Japón 2002- y nos hicieron una emboscada en la que nos destrozaron el auto. Incluso sonó un balazo, y me agaché y me corté con los vidrios. Cuando vieron sangre se asustaron y se fueron”.
¡Casi lo ahorcan! A la hora de hacer memoria, es el ex árbitro internacional Angel Norberto Coerezza el que rememora: “En el año ‘46, después de un Newell’s-San Lorenzo, estuvieron a punto de ahorcar al árbitro Osvaldo Coscio. Después del partido en el que había anulado un gol a Newell’s, los hinchas locales le dieron una paliza bárbara en Parque de la Independencia y cuando se preparaban para colgarlo de un árbol -ya le había puesto la soga al cuello- llegó un soldado que estaba haciendo las conscripción y le salvó la vida”. Historias llenas de vergüenza que hace rato nos tendrían que haber hecho reflexionar. Lejos de eso, se siguen sumando postales bochornosas en una actividad que ha dejado al viejo grito de “referí bombero” en el cajón de los juguetes.
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