El presidente de Racing, Víctor Blanco, fue muy imprudente a la hora de hablar públicamente sobre la conducta privada del jugador Ricardo Centurión. Protegerlo no es negar todo, pero tampoco es abrir todas las puertas y ventanas.

A los 25 años, Ricardo Centurión estuvo y está en la zona de fuego. Y por momentos se quema. No porque tenga deseos explícitos de quemarse. Nadie quiere quemarse. Habría que expresar por si alguien todavía no se enteró que el ambiente del fútbol no está ajeno a los climas en los que desenvuelve la sociedad.

Y esos climas no suelen ser saludables. Centurión es un muchacho como tantos otros que vivió en situación de alta vulnerabilidad. No porque quiso, sino porque desde muy pibe se quedó afuera de lo que el mundo desarrollado denomina zona de confort. Se quedó afuera, en definitiva, de lo que la sociedad capitalista reivindica como un emergente de la productividad y la eficiencia.

¿Qué decía el mensaje que borró Centurión de sus redes sociales?

Y no la pasó bien. Por el contrario; la pasó muy mal. Igual que su familia. El fútbol, como lo suscribe la historia más lejana y más próxima, le tiró un salvavidas. Como se los tiró a tantos otros en situaciones iguales o parecidas. Y él se aferró a esa posibilidad. Para vivir mejor. Para tener lo que no tenía. Y para ser visibilizado.

El empresario hotelero y presidente de Racing, Víctor Blanco, comentó públicamente hace unos días que Centurión tiene problemas de alcoholismo: “Tomó demasiado y no fue a un entrenamiento como debía. Las adicciones son adicciones y hay que ser responsable. Si tomas o te acostas tarde al otro día no rendís”. Y minutos antes de la victoria por 2-0 de Racing sobre Vélez, señaló con una aire de falsa inocencia: “Yo ya di vuelta la página”.

Lo que planteó la semana pasada Blanco no era desconocido. Era un secreto a voces. Pero Blanco fue tan crudo como directo, más allá de su imprudencia. Y expuso lo que padece Centurión sin ninguna charla previa. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué invadió una cuestión que pertenece al ámbito privado del mediapunta de Racing? Porque Blanco debe sentir que sus palabras (¿reveladoras?), en general, van a ser bien recibidas por la sociedad. Y que él cuenta y explica lo que hoy el ambiente del fútbol viene demandando.

En estas circunstancias, Blanco interpreta el rol del hombre que tiene capacidades operativas para tirar debajo de un camión a un empleado calificado del club con la mayor naturalidad. Como si Centurión fuese un subordinado al que se puede exponer y maltratar. O alguien inferior en su escala de valores.

Por supuesto que esto no significa que Centurión no tenga que asumir responsabilidades y conductas profesionales. Lo debería hacer para no tener que rendir cuentas frente a los medios que buscan editar su participación en situaciones que lo comprometen.

El perfil exhibicionista de la sociedad es también el perfil exhibicionista de Centurión en imágenes viejas o nuevas que se viralizan en las redes y se resignifican según las prioridades de los conductores y panelistas. El exhibicionismo revela la necesidad existencial de estar. De dejarse ver. De pertenecer a algún lugar. Y de ser aceptado en esos lugares como un habitante del universo mediatizado.

Salir de ahí, correrse de ahí, meter una pausa larga, sería rechazar las reglas no escritas del exhibicionismo vacío. Centurión viene transitando por ese tumulto. Y acelera mucho más de lo que frena. Por eso se lo ve tanto. Y en muchísimas oportunidades lejos del fútbol. Y quizás demasiado cerca del conflicto.

Va a ser muy difícil que estos episodios que remiten a la confusión, no se repitan. Parece una película que interpretaron en otros tiempos otros protagonistas muy destacados del fútbol. Protegerlo no es negar todo. Pero tampoco es abrir las puertas y las ventanas para que entren hasta los hipócritas que dicen que se bañan en agua bendita.

Lo que no admite dudas es que Centurión quedó estigmatizado. Y que las luces que lo enfocan ya eligieron que su perfil más rentable para las audiencias funciona más allá del fútbol. Es su vida privada. La suya, no la de otros. Y Centurión parece ser un rehén de ese diseño.

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