Casi había cocinado su clasificación Boca en La Bombonera con aquellos dos goles agónicos de Benedetto. Pero faltaba el sello en San Pablo para terminar de cruzarse frente a River por la final de la Copa Libertadores.
Y no hubo sorpresas. Salvo en el primer cuarto de hora del segundo tiempo cuando se puso 2-1 arriba, Palmeiras demostró que es un equipo mediocre. Por no decir directamente que es un equipo del montón, que además tuvo que padecer al árbitro colombiano Wilmar Roldán, muy sensible a pitar a favor de Boca, en sintonía con esa abstracción configurada como el VAR, nuevo juguete del fútbol mundial.
A propósito del VAR: si antes de su existencia los arbitrajes en Copa Libertadores (por ejemplo) estaban sospechados, ahora con el VAR protagonizando el desarrollo de los partidos, la sospecha adquiere una dimensión superior. Si el VAR le sumó algo al fútbol fue confusión y resoluciones y silencios tan sugestivos como cuestionables que en esta Copa Libertadores revelaron una precariedad conceptual asombrosa.
Dejando de lado la modalidad del VAR, reivindicada por los tecnócratas del fútbol, el pasaje de Boca por semifinales fue más simple de lo que en principio el ambiente del fútbol argentino esperaba. Sin jugar bien ni de local ni de visitante, Boca con algunas apariciones decisivas de Benedetto, resolvió una complejidad más teórica que práctica.
Con muy pocos minutos en la cancha, tanto en Buenos Aires como en San Pablo, el autor de tres de los cuatro goles que Boca le convirtió a Palmeiras en los dos encuentros, fue un factor determinante para desnudar la precariedad colectiva del conjunto brasileño que conduce desde el 26 de julio de este año el inefable Felipe Scolari, un técnico sobrecalificado por la prensa.
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Boca no sufrió el partido. Lo controló, excepto esos 15 minutos que citamos. Y lo controló sin demasiados argumentos. Así se puso en ventaja con un centro manso del colombiano Villa que Wanchope Abila, en soledad, conectó en el área chica clavando el 1-0. Y así estampó el 2-2 final Benedetto casi sin oposición con un derechazo al palo más lejano de ese discreto arquero que es Weverton.
La virtud de Boca fue aprovechar esos instantes favorables que siempre tiene. Y que siempre aprovecha con un nivel de contundencia admirable. Porque lo que no se le puede negar a Boca es su capacidad para definir las posibilidades que se le presenta. Esa potencia ofensiva innegable, que no suele ser fruto de una construcción o de una elaboración colectiva, es sin dudas su mayor capital futbolístico.
Y volvió a expresarlo ante Palmeiras cuando encontró algunas dificultades. En el fondo y en zona de volantes, Boca es un equipo inestable, inseguro. Que no ofrece mínimas garantías. Porque no cubre con eficacia los espacios. Y se expone hasta sin necesidad. Se expone para que en esta oportunidad el vapuleado Agustín Rossi haya dejado una buena impresión con un par de intervenciones valiosas.
Boca se llevó lo que vino a buscar aplicado al perfil que ya parece su marca registrada. Un perfil de equipo inspirado en la ejecutividad implacable de sus delanteros. Esta vez iluminó el camino en el arranque Wanchope Abila y repitió Benedetto. Hablar entonces de la presencia convincente de Boca o de un funcionamiento que hace mucho tiempo que no encuentra, no deja de ser una silueta falsa.
Boca no se destaca en esos rubros. Y de hecho no lo hizo en Brasil. No precisó jugar como un muy buen equipo (por otra parte no lo es) para clausurar las expectativas iniciales del Palmeiras, subordinado a sus propias limitaciones.
Llegar a la final y recibir primero a River en La Bombonera para jugar luego la revancha en el Monumental, es un desafío que Boca por estos días prefería evitar. Por supuesto nadie de su círculo rojo lo va a admitir. Porque estas cosas no se admiten. Pero esta es la sensación que prevalece. No porque River sea favorito. Sino porque Boca viene padeciendo a River.
Como siempre, todo tendrá que resolverse en la cancha. Eso sí: con buenos arbitrajes y con la figura de un VAR que no incendie ninguna pradera.
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