Carlos Bianchi sostenía que después de ganar algo importante el desafío inmediato era "reconfirmar" en la próxima competencia. Era volver a intentar ganar, despojándose de cierta placidez intelectual y física que impide escribir otra historia. Era no dormirse. No conformarse. No creer que ya es suficiente.
El Flaco Menotti lo describió con absoluta certeza refiriéndose a ese Barcelona majestuoso que después de la salida de Pep Guardiola en junio de 2012, comenzó a ofrecer un perfil más vulnerable y más errático.
Explicó
Menotti en las
páginas de DIARIO POPULAR del 29 de julio de 2013 esas circunstancias, apenas había sido contratado como técnico
Gerardo Martino: "Hay que volver a refrescar y alimentar todos los conceptos, porque si se aflojan algunas exigencias vitales para el funcionamiento del equipo, los jugadores disminuyen los rendimientos. Esto es así".
La preguntamos si estas conductas de los jugadores son habituales. La respuesta de Menotti fue demoledora: "Sí. Por eso Guardiola los tenía cagando a todos. Es que para mantener ese ritmo de presión bien arriba y movilidad permanente para tocar y descargar hasta encontrar los espacios, si no los tenía cagando, no lo mantenían. Guardiola supo conservar esas búsquedas con un nivel de juego extraordinario".
A pesar de haberse quedado con la Recopa ante San Lorenzo en el amanecer de 2015, Gallardo observó que el equipo ofrecía respuestas más laxas y menos vibrantes para interpretar el juego. La consecuencia es que River presionó menos, achicó con menos convicción los espacios, jugó en una cancha más larga y le permitió a los rivales eventuales mayores libertades para atacarlo y comprometerlo. El arquero Marcelo Barovero es un buen testigo de las dificultades con que se fue encontrando River, más allá del recordado 5-0 que le ofrendó Boca en una noche de brujas.
Entre tantas otras cosas, Menotti reivindicó de Guardiola la fuerte convicción para no ablandarse y no dar margen ni posibilidades para que el equipo se afloje. Y una pregunta que trasciende a Guardiola: ¿los jugadores suelen bajar las revoluciones si no son exigidos constantemente? En general, sí. Los grupos que vienen de dar una vuelta olímpica, suelen frenar su crecimiento si no cuentan con estímulos y motivaciones que ellos, en muchas oportunidades, no construyen por carencias propias o por la necesidades económicas de los clubes de renovar sus planteles.
En River, esta última opción no tiene asidero. El plantel es el mismo. El técnico, también. Y las expectativas apuntan a conquistar por tercera vez la Copa Libertadores. Frente a este panorama, que incluyó la lectura crítica del Muñeco Gallardo antes del partido contra Belgrano, el rendimiento del equipo estaba puesto bajo la lupa.
Y ganó River 2-1 en el crepúsculo del encuentro, jugando como lo venía haciendo: en un nivel discreto. Lejos del funcionamiento que había mostrado hace apenas unos meses. Y lejos de ese River que arrollaba a sus adversarios por ritmo, presión y dinámica en sus movimientos. La realidad es que el equipo no es el mismo que la rompió en las primeras 13 fechas del campeonato anterior. Perdió frescura y ambición.
Le queda la idea que promueve Gallardo. Pero a esa idea que rescataba un fútbol tan determinado como agresivo le surgieron dudas. Porque dudan los jugadores. Porque perdieron ferocidad en el pressing. Porque se adivinan respuestas con menos compromiso colectivo. Porque no es taxativo River como lo era antes. No va a los bifes ahogando a los adversarios en campo ajeno. Se decide menos. Y juega menos, en definitiva, por encima de la victoria en Córdoba.
Es un River neutro. Otro River. Aunque Gallardo se resista a bajar un cambio. Pero el equipo ya los bajó.
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