En tiempos de fútbol en muchos casos subordinado a miradas tecnocráticas, el entrenador de Tigre propone con el buen juego que denuncia su equipo un viaje a la simpleza inteligente sin complejidades ni versos tácticistas    

El pasado sábado, apenas terminó el partido por octavos de final de la Copa de la Superliga en el que Tigre venció a Unión 3-1 en Santa Fe, Néstor Gorosito exclamó frente a un periodista que lo entrevistaba: “El entrenador es secundario. Lo más importante son siempre los jugadores”.

Esas palabras del técnico de Tigre no fueron inocentes. No podrían serlo. Reflejan su pensamiento futbolístico. Su idea. Gorosito no pone el carro delante de los caballos. Su mirada enfoca la prioridad. Y la prioridad pasa por los jugadores, sin subestimar el rol que él ahora ejerce. Pero en primer plano están los jugadores. No el entrenador como suelen creer no pocos entrenadores de aquí y del exterior, que interpretan que sus aportes teóricos son más valiosos, decisivos e influyentes que lo que pueden ofrecer los protagonistas.

Quizás por eso mismo, Gorosito hace poco más de un mes, hizo una lectura muy potente sin mencionar ningún nombres propio aunque son fáciles de identificar: “No necesito un drone para saber que le están ganando la espalda al cuatro. Algunos lo hacen porque sin estos métodos no hubieran dirigido nunca. Obviamente algunas cámaras mejoran, pero no hay que hacer todo público y subir fotos a cada rato. La mayoría de los técnicos trabajamos de la misma forma. Algunos lo exponen para hacerse conocidos. Yo veo y analizo videos en mi casa para que las prácticas se enriquezcan. No lo hago para que los periodistas digan 'mirá como trabaja Pipo'”.

El buen fútbol que viene revelando el descendido Tigre desde que Gorosito asumió hace tres meses (dejando de lado la caída en la Copa Argentina frente a Estudiantes de Caseros en la que actuó con suplentes, jugó 11 partidos, ganó 7, empató 3 y perdió solo uno), resignificó el presente del equipo de Victoria.

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Da gusto verlo jugar a Tigre. No porque sea una suma de aciertos incontestables. O una orquesta hecha a la medida de la excelencia. Pero Tigre, dentro de sus limitaciones, hizo una apuesta muy atractiva y convincente: jugar sin miedos. Jugar a la pelota, como acostumbra a señalar Gorosito, quizás reivindicando, sin proponérselo, una actitud despojada de mentiras y falsas complejidades que Pipo identifica con los drones futboleros enviando señales de modernidad aplicada. Los drones que, por ejemplo, promovió Ariel Holan cuando arribó a Independiente en enero de 2017 con aires de gran renovador del paisaje del fútbol.

Esa chapa de entrenador sofisticado que interpreta el fútbol desde un software no deja de ser una gran puesta en escena. Y un show tecnológico para algo que no lo requiere. Seguramente Gorosito mira videos como lo hacen todos y como él mismo lo admite. Pero no vende esa imagen. No cultiva el perfil del hombre del fútbol transformado en un nerd para ganarse la adhesión de amplios sectores del ambiente del fútbol argentino, sensibles a las sobreactuaciones.

No es que sea básico Gorosito para entender el juego que él supo jugar muy bien. En todo caso no es rehén de los versos tan extendidos. Su gran mérito en Tigre fue juntar en la cancha a los buenos jugadores que integran el plantel. Y proponer que a la idea de posesión le sumaran agresividad ofensiva. Lo hicieron. Tigre en los 11 partidos que dirigió Gorosito convirtió 22 goles y le anotaron 14.

Es cierto, es permeable en el fondo, pero es consecuencia de aquella manta corta que el brasileño Tim (técnico de aquel estupendo San Lorenzo campeón invicto del Metro 68) utilizó como metáfora explicando sin explicar que cuando uno se tapa la cabeza, se destapa los pies o viceversa.

Tigre eligió correr riesgos en el fondo. Riesgos que podría pagar muy caro en cuartos de final ante Racing. Pero su volumen de juego equilibra ese riesgo. A esta postura y convicción colectiva obedece el crecimiento futbolístico y la sorpresa muy agradable que viene expresando Tigre, más allá del descenso consumado que trascendió a Gorosito.

El apoyo de la gente de Tigre al equipo y al cuerpo técnico en la adversidad que significa la pérdida de categoría no es un respaldo a ninguna gesta heroica. Es el resultado y la retribución efectiva de lo que les ofrece el equipo en el campo de juego.

Y es singular. Porque en los papeles escritos de la última Superliga, Tigre ya perdió. Sin embargo, Pipo Gorosito, sin grandilocuencias, abrió otro escenario. “Los entrenadores son secundarios. Lo más importante son siempre los jugadores”, dijo en Santa Fe. La frase pareció un mensaje. Y hasta quizás un pequeño tributo al fútbol de todos los días.

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