El fútbol está en receso, pero difícilmente vuelva cuando está previsto en el calendario 2017. No se trata de un paro o medida de fuerza: es un colapso financiero que padecen la mayoría de los clubes profesionales. Sus administraciones -nefastas o cuestionables en algunos casos y genuinas o potables en otros-, sufren la consecuencia de atar sus presupuestos a una única variable: los ingresos por derecho de televisación. La última cuota de 2016 no está disponible, la primera de cada año, no la cobran porque no hay transmisiones, y el Gobierno quiere romper el contrato vigente y no existe un tercero que se haga dueño de la pantalla luego. No hay plata.
Futbolistas y empleados tiene sindicatos distintos: uno planea una acción como la que a mediados de año puso en jaque a Quilmes, Argentinos y Gimnasia, entre otros, y el otro no se contactó con los deportistas a los que representa. Si Sergio Marchi, titular de Futbolistas Argentinos Agremiados se pusiera al frente sus representados, aquellos jugadores que arrastran al menos tres meses sin sueldo, podrían declararse libres. Si se preocupase por quienes tienen un retraso de uno o dos, intimaría a los clubes para lograr un plan de pagos.
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"Yo tengo que pagarle a 2.000 empleados. Necesito del dinero que nos adeudan. Si no vendo jugadores, me tengo que ir a mi casa porque colapsa el club", razona Raúl Gámez, titular de Vélez. "No se trata de parar o no el fútbol: yo no veo a mi plantel subiendo al micro para hacer pretemporada ni me daría la cara para exigirlo. Si los jugadores deciden no competir hasta no cobrar, están en todo su derecho", se anticipa el vice de otro club bonaerense, para graficar la situación. Sin respuestas ni plata, el fútbol argentino sigue cavando al fondo, porque siempre se puede hundir un poco más.
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