En un partido donde Patronato sólo hizo un gol (Nicolás Bertochi, 37’) y se dedicó a de, Quilmes ostentó la pelota durante el noventa por ciento del partido, atacó el área de la visita en forma constante pero la falta de ideas hizo que, en lugar de amenazar la seguridad del equipo entrerriano, sólo amontonara envíos aéreos.
Buscó como nunca lo había hecho, por intensidad, pero con la misma falta de argumentos de siempre.
Durante el primer acto, el equipo de Díaz asistió una y otra vez al arco de Bértoli. Con la conducción trasera de Calello y con la referencia ineludible de Andrada, El Decano fue a buscar el resultado desde el minuto cero. Claro, con dos limitaciones y un peligro latente. Cada uno de los ataques se notó sin mucha capacidad de creación, con poca organización y sin referencias cuando Andrada era el que lo conducía.
Además, los avances fueron conceptualmente mal ejecutados: cuando el centrodelantero era el que abría la pelota a las bandas, inmediatamente se elevaba el centro, sin nadie en el área. Los laterales llegaban hasta el córner con la pelota dominada, pero tanto los extremos como los volantes los observaban como esperando que ellos mismo resuelvan.
Así, llovieron uno tras otro los centros sin destino que sólo encontraban a los centrales de Patronato. Y en esos encuentros comenzó a gestarse el primer desequilibrio del partido.
A los 37 minutos, luego de haber avisado en reiteradas oportunidades y tras haber generado más de un apuro para el arquero cordobés del Cervecero, Bertochi llegó a posición de definición con pelota dominada y sin mayores hostigamientos. Así, entre las piernas de un Rigamonti que se desesperaba por cerrar el ángulo de tiro, llegó el grito de once jugadores que enmudecieron a un Centenario que ya había cambiado aliento por insultos.
Con la desesperación que suele exhibir un equipo que está a cinco minutos de perder un partido, así salió Quilmes al complemento. Y con los mismos elementos, el mismo rival y la misma estrategia, el resultado era el mismo: devolución tras devolución de los centrales visitantes.
Pero lo que cambió todo fue la expulsión de Marcos Maidana en Patronato. Los dirigidos por Díaz comenzaron a ir una y otra vez, pero con más espacios. Y lo primero que encontró, antes que los espacios, fue la pegada de Ramírez, que en tres oportunidades puso a Bértoli de rodillas por la intensidad del envío.
Tras una accidentada jugada en la que la buena fe de Furios bien puede ponerse en dudas, Orihuela debió abandonar el campo y debió ser trasladado a una clínica cercana. Con ese clima y once minutos de adición, el frenesí de Quilmes se multiplicó hasta parecer histeria.