Los octavos de final de la Copa Libertadores del 2015 volvieron a tener un cruce superclásico tal como había sucedido en la Sudamericana del 2014. Otra vez pasó el Millo, pero esta vez fue en las oficinas de la Conmebol, tras la locura generada por un socio de Boca que todo el mundo conoció como "el Panadero", quien tiró gas pimienta en la manga de salida para que todo acabara en escándalo.

Algo se respiraba en el clima de la Bombonera esa noche pesada y caliente. River había ganado 1-0 la ida en el Monumental y aún destellaban las luces de la eliminación del 2014 por Sudamericana. “No nos van a eliminar acá en nuestra cancha”, era el corrillo en la Boca. El primer tiempo pintaba para que eso que la mayoría de los presente no quería que sucediera, otra salida del torneo a manos del eterno rival. River era más desde el juego y Boca un manojo de nervios que no sabía cómo dar vuelta la serie.

Entonces unos socios de Boca, que habían planeado un susto para amedrentar a los jugadores de River lo llevaron a cabo ante la falta de control y la vista ciega de las autoridades policiales y de seguridad. Metieron a la cabecera baja de la popular local un aparato para lanzar gas pimienta en la manga a la salida para el segundo tiempo. El famoso Panadero -Adrián Napolitano- socio e integrante de una agrupación del club, activó lo que supuso sería una “leve amenaza”. El fogonazo se vio en todo el estadio y de golpe la manga fue un caos de gritos y corridas.

Nadie sabía que había pasado y esa manga no se incendió de pura casualidad. La acción para meter miedo se les fue de mano y estuvo a punto de ser una tragedia. A los pocos minutos el campo de juego era un hervidero y mientras los jugadores de Boca quedaron presos de su gente y sin la más mínima actitud de solidaridad con sus pares de River que salieron de la manga con ojos ardidos y el cuerpo con marcas de quemazones. El partido ya había dejado de ser importante.

Matías Patanián y Rodolfo D’Onofrio bajaron al campo en otro hecho inédito. “Lo volvería hacer” diría el presidente. “No sabíamos que le pasaba a nuestro jugadores teníamos que estar ahí” agregaba el vice. En el medio de todo el Vasco Arruabarrena se desencajaba con D’Onofrio y lo quería pelear, el árbitro Herrera hablaba con los jugadores lastimados y el veedor de la Conmebol Roger Bello deambulaba por el césped buscando señal en el celular para hablar con la sede en Asunción y que le digan qué hacer con el partido. Todo era una gran locura y sobre todo mucha incertidumbre.

Mientras tanto, Leonardo Ponzio, Matías Kranevitter, Lionel Vangioni, Ramiro Funes Mori, Jonathan Maidana, Sebastián Driussi y Fernando Cavenaghi eran atendidos por los médicos y los jugadores de Boca en el otro sector del campo hacían movimientos como si el partido se fuese a jugar.

Fue una eternidad el tiempo que tardaron en decidir qué hacer. Nadie tomaba la determinación. Setenta minutos después de que pasó la agresión el juez suspendió del clásico. Luego de allí los jugadores se fueron a un centro de atención para certificar lo sucedido y esa madrugada el cuerpo legal del club viajó a Asunción para presentar los documentos de lo que había pasado. Las imágenes ya habían detectado al agresor y a las pocas horas le dieron el partido ganado a River y clausurarían la Bombonera.

Esa noche además de quebró la relación personal que tenían Angelici y D’Onofrio y no fue casual que luego la pelea también se trasladase a la AFA. Nadie imaginaría que el destino lo volvería a poner en tres cruces más; en la Supercopa Argentina en Mendoza, en la escandalosa final de la Libertadores que al final River ganó en Madrid y en la eliminación que de nuevo River le propinó en la edición del 2019.

De todos modos, aquella del gas pimienta fue un escándalo que recorrió el mundo y que le causó a Boca un mal que aunque sea incomprobable en términos empíricos se notó su influencia en las posteriores 3 eliminaciones directas que consiguió el equipo de Gallardo. Aquel “intento de susto” acabó siendo un karma que convirtió a la víctima en héroe.

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