Quedó la victoria ante Chile como paraguas protector. Pero el valioso triunfo no tapó la pobreza de una actuación decepcionante. La Selección no mostró individualidades ni un mínimo funcionamiento. La presencia de Messi no alcanzó para disimular las carencias colectivas que Bauza, insólitamente, desestimó. Las deudas que el equipo no logra saldar.

¿Desde qué perspectiva hay que analizar el insufrible 1-0 de Argentina sobre Chile? ¿Desde el valioso resultado obtenido? ¿Desde el juego que durante los 90 minutos no pudo desarrollar la Selección? ¿Desde el plano de los rendimientos individuales? ¿Desde el funcionamiento que no mostró nunca? Los interrogantes de ninguna manera son menores. Ni forzados. Son interrogantes con un peso propio muy influyente de cara al presente y sobre todo al futuro.

“No me importan las formas, importa ganar”, dijo Edgardo Bauza en los días previos al partido. Ahora, con el hecho consumado, aquellas palabras del entrenador revelaron algo importante: quedó en claro que aquella negación de las formas para arribar a una victoria muy necesaria parecieron un potente anticipo de lo que después sucedió. Porque lo que sucedió en el Monumental enfocado en la pobrísima producción de Argentina no da ningún margen para entusiasmar a nadie.

Padeció el partido la Selección como se padecen las circunstancias más adversas. Porque fue adverso el desarrollo casi en todas las facetas. Menos, en una fundamental: la chapa final, el 1-0. En ese rubro matemático radica con exclusividad el aporte destacado del equipo. Y nada más. No existieron otros relieves. No se vieron otras fortalezas. No se adivinaron otras virtudes. No se manifestó lo que el fútbol de todos los tiempos siempre valora: el sabor del encuentro con la pelota.

La realidad que estalló a los ojos de cualquier observador es que no jugó la Selección con la pelota. La despreció. La rifó. No la cuidó nunca. La bartoleó siempre.

La realidad que estalló a los ojos de cualquier observador es que no jugó la Selección con la pelota. La despreció. La rifó. No la cuidó nunca. La bartoleó siempre.

Como si la pelota quemara en cada intento de control, salvo en alguna que otra excepción que no cambió la tendencia. ¿A qué jugó la Selección o a que pretendió jugar la Selección? Tener una respuesta digna de apreciarse es un atrevimiento o una aventura intelectual insospechada. No hay respuesta posible ni certera. No lo debe saber el Patón Bauza (aunque haya calificado la producción del equipo como “brillante”) ni tampoco los jugadores. Si se atreven a dar una explicación estratégica para diluir la confusión es porque ya nos tapó el agua.

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Repetir que conquistar una victoria era imprescindible para trepar en la tabla de posiciones y respirar un poquito más aliviado de cara a la recta final de las Eliminatorias (a Argentina le queda Bolivia en La Paz el martes 28, Uruguay en Montevideo, Venezuela y Perú en Buenos Aires y Ecuador en Quito), no deja de ser una lectura tan precaria como insuficiente.

Las imágenes del partido deberían ser concluyentes. Así no hay chances. Aunque hoy Argentina disfrute de un tercer puesto en la tabla. No hay chances de aferrarse a algo confiable. ¿Cuántos años hace que Messi, Agüero, Higuaín y Di María vienen jugando juntos? Siete u ocho años por lo menos. Pero en la cancha no se nota. No hay ninguna sociedad. No hay ninguna elaboración. Ahora con Bauza menos que nunca. Todo parece una apuesta al voluntarismo. Al pelotazo estéril. A la falla del rival. Pero no hay participación colectiva.

Y hasta Messi queda otra vez expuesto. Porque en definitiva el equipo queda expuesto. Messi, en este feroz laberinto, tampoco sabe que bondi tomar. Porque no es líder aunque quiera serlo. No es líder para pedir la pelota cuando el equipo no interpreta que es lo que hay que hacer. Por ejemplo, cuando lo asfixian en la salida. Messi no hace lo que tendría que hacer un jugador totalmente comprometido con el equipo: retroceder, pedirla, armar desde la misma línea de Mascherano y Biglia. En la gran dificultad aparecer en los lugares donde más lo precisa el equipo. Y no esperar la pelota superada la frontera del medio campo. Ese nivel de generosidad e influencia en todos los movimientos de la Selección, Messi no los incorpora, porque además está acostumbrado a que esas urgencias y dificultades estructurales el Barcelona, en general, no las tiene.

En la Selección esas urgencias, en cambio, vienen creciendo. Porque se advierte que las posibilidades de crecimiento de algunos jugadores (Romero, Rojo, Mascherano, Biglia, Higuaín, Di María, Agüero, por citar algunos casos) son demasiado improbables. Se sostiene Argentina en lo que todavía le queda. En las resistencias futbolísticas que expresa. En algunos arrestos individuales que le sirven para ganar un partido muy complejo. Pero no le sobra nada. Y todo lo que no le sobra no lo puede tapar con funcionamiento. Esa deuda es gigante. Y viene de lejos, aunque con el Tata Martino jugaba claramente mejor.

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Chile, sin grandezas ni producciones relevantes (Alexis Sánchez fue su jugador más desequilibrante), dejó al desnudo la mediocridad galopante de Argentina. Su ausencia de elaboración. Su déficit para manejar la pelota. Su perfil de inoperancia para hacerse dueño del encuentro. Con y sin la pelota. Con o sin Messi.

Es cierto, ganó y esta medalla no se la puede sacar nadie. Ganó cuando la acosaban todos los fantasmas. Pero se olvidó de jugar. O no supo jugar. Y el fútbol, más allá de todos los versos imaginados, sigue cultivando la memoria del juego. La que nadie desconoce. Por eso el triunfo frente a Chile también tuvo el perfume de una decepción.

Por Eduardo Verona

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