Algunos directores de cine utilizan el recurso de comenzar la película con el final. Los primeros cinco minutos son impactantes, pero para comprenderlos del todo es necesario ver toda el film donde suceden las cuestiones fundamentales que explican ese comienzo, que en realidad es el final.
Lo de ayer, aunque sea el comienzo de una nueva etapa en transmisiones televisivas y un producto -el fútbol- que ahora es Superliga, es el final de otra película: una en la que Marcelo Tinelli intentó un rol protagónico y terminó renunciando al actor de reparto que le tocó.
Un largometraje que no escatimó escenas bélicas, de confrontaciones de dialéctica picante paros de categorías, intervenciones de FIFA, dos gobiernos pujando por la pantalla y despojándose de ella, contratos rotos sobre los trozos del anterior y un legado de Julio Grondona que se interpretó para darle curso a una AFA arrasada que dejó ser una gallina de huevos de oro, por una que empollaba discordia.
Las luces, pantallas gigantes, papelitos brillantes y show garantizado es, finalmente, el corolario de todo aquello que durante más de dos años y tras la muerte de Don Julio, se disputaron sus huérfanos.
Los legítimos y los que se arrojaban su palabra. La presentación de ayer no hubiese sido posible sin que los dirigentes que educó el grondonismo -por semejantes o distantes-, acordarán una tregua.
La misma que llevó a Claudio Tapia a la presidencia, gestó la independencia de la Primera División convertida en una Superliga de presentación ampulosa como la de ayer, en la que el primero en hablar sobre el escenario fue Chiqui Tapia, el que mejor interpretó el manual nunca escrito por Gron
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