
Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
La amistad es uno de los vínculos más valiosos que tenemos. No se hereda, no se impone, no se firma: se elige. Y quizás, por eso duele tanto cuando se tensa, se transforma o se pone en riesgo. Porque evidencian que el EGO (esa parte mía que eligió a esa persona) se puede equivocar.
Hay amistades que nacen para compartir la vida, y otras que, además, se animan a compartir proyectos, trabajos, sueños, negocios. Ahí, justo ahí, algo cambia. La amistad entra en juego. No porque esté mal. No porque sea un error, sino porque empieza a convivir con otros temas que no siempre sabemos manejar: dinero, decisiones, responsabilidades, tiempos, diferencias de criterio. Y muchas veces, sin darnos cuenta, empezamos a lastimarnos.
Este mes estoy comenzando un proyecto personal con dos socias, a quienes quiero y aprecio mucho. No son mis mejores amigas, pero son vínculos que quiero cuidar. Estuve y estoy observando muy de cerca lo que nos va pasando en este proceso, y por eso me inspiré a escribir esta nota. Nada es personal, pero aplica para todos.
Cuando el cariño no alcanza. Existe una idea muy instalada: “Si somos amigos, todo va a fluir”. Como si el afecto garantizara entendimiento automático, acuerdos sin fricción y armonía permanente. Pero la realidad es otra: El cariño no reemplaza las conversaciones difíciles y la confianza no elimina los desacuerdos.
Cuando no se habla claro, cuando se supone demasiado, cuando se espera que el otro adivine, el vínculo se empieza a cargar. Y lo que no se dice se convierte en molestia, en distancia, en reproche silencioso. No todo es personal (aunque lo sintamos así)
Uno de los mayores conflictos en las relaciones cercanas es tomarse todo de forma personal. Sentir que cada decisión del otro es un mensaje oculto, que cada diferencia es un ataque, que cada límite es falta de amor. Pero no siempre es así ( de hecho, casi nunca lo es) Las personas actúan desde lo que pueden, desde lo que saben, desde lo que aprendieron. Desde sus miedos, sus inseguridades, su historia. Muchas veces el otro no está “en contra”, simplemente está en otro lugar. Aprender a no tomarse todo como algo personal no es volverse frío. Es volverse más consciente. Es entender que no todo gira alrededor de uno, aunque duela aceptarlo.
El otro no es el enemigo. Cuando una amistad se tensa, la reacción habitual es buscar culpables. Pensar qué hizo mal el otro, qué dijo de más, qué no cumplió. Pero los vínculos también funcionan como espejos. Nos muestran partes nuestras que preferiríamos no ver: el miedo a no ser elegidos, a no ser reconocidos, a perder o a quedar afuera. El ego de cada uno se pone a la defensiva.
Muchas veces lo que duele no es lo que el otro hizo, sino lo que eso despertó dentro nuestro. Mirar los conflictos desde este lugar no los elimina, pero los vuelve más honestos. Nos devuelve responsabilidad. Y nos permite crecer.
Para la autora, confiar en el otro es una decisión diaria.
La confianza se elige todos los días. No hay relación que se sostenga sin confianza. Y confiar no es cerrar los ojos ni hacerse la distraída. Confiar es una decisión diaria. Confiar es elegir no vivir a la defensiva, es no esperar siempre lo peor. Por el contrario, es esperar lo mejor. Es no entrar a los vínculos imaginando traiciones o situaciones catastróficas que todavía no ocurrieron. Cuando esperamos que el otro falle, actuamos desde el miedo. Y el miedo contamina todo: la comunicación, las decisiones, el clima del vínculo. Cuando entramos imaginando escenarios negativos, los estamos creando. Confiar no significa no poner límites. Significa no vivir en alerta constante. Significa hablar cuando algo no está claro, en lugar de acumular sospechas.
Hablar a tiempo salva vínculos. Muchas amistades no se rompen por grandes conflictos, sino por pequeñas cosas que se fueron guardando “para no molestar”. No decir lo que incomoda para no generar tensión suele generar exactamente lo contrario. Lo no dicho se transforma en distancia y la distancia, con en tiempo, en ruptura.
Hablar no es pelear. Hablar es cuidar. Y esto es algo que tenemos que aprender a reprogramar como adultos en nuestro cerebro. Decir “esto me molesta”, “esto no lo entendí”, “esto necesito”, a tiempo y con respeto, puede evitar heridas profundas.
Separar los roles para no confundir el vínculo. Cuando la amistad se mezcla con el trabajo, uno de los mayores desafíos es no confundir los planos. Una amiga puede ser socia. Pero una socia no siempre puede actuar como amiga. Una decisión laboral no es una evaluación del cariño. Un desacuerdo no invalida el vínculo. Aprender a separar roles ordena la relación. Y un vínculo ordenado tiene más chances de durar.
Romina Atencio
Elegir cómo interpretar lo que pasa. No siempre sabemos qué le pasa al otro. No siempre tenemos toda la información. Pero sí podemos elegir cómo interpretamos lo que ocurre. Ante una situación confusa, solemos ir directo a la peor versión: “no le importo”, “me quiere sacar”, “ya no valora”. Esa interpretación genera dolor… incluso antes de confirmar si es real. Elegir la mejor interpretación posible no es ser ingenua. Es elegir paz. Es esperar una conversación antes de sacar conclusiones. Cuando los caminos se separan. No todas las amistades que trabajan juntas están destinadas a durar para siempre. Y eso no las vuelve un fracaso. Algunas personas llegan para acompañarnos un tramo. Otras, para enseñarnos algo. Soltar un vínculo desde el respeto y sin rencor también es una forma de amor. A veces, cuidar la amistad implica dejar de trabajar juntas. O aceptar que ese ciclo cumplió su función.
A vincularnos mejor también se aprende. Nadie nos enseñó a relacionarnos de esta manera. Aprendimos como pudimos. Por eso hoy estamos revisando vínculos, formas de comunicarnos, expectativas. La amistad puesta en juego no es una amenaza. Es una oportunidad. Para crecer, para madurar emocionalmente, para construir relaciones más honestas. Porque cuando elegimos no tomarlo todo de manera personal, cuando construimos desde la confianza y cuando alineamos pensamiento, emoción y acción, el universo responde en la misma frecuencia. Y todo - incluso los desafíos- encuentra su lugar.